Viernes Santo: Francisco presidió la celebración de la Pasión

Este 10 de abril, Viernes Santo, el Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, que en esta ocasión estuvo vacía a causa de la pandemia del coronavirus.

FUENTE: ACIPRENSA

El Papa solo estuvo acompañado del maestro de celebraciones pontificias, Mons. Guido Marini, los acólitos, un reducido coro y algunos funcionarios del Vaticano.

En la Basílica desprovista de ornamentos e iluminada tenuemente en consonancia con la sobriedad de la ceremonia en la que no se celebró la Eucaristía, el Santo Padre, vestido de púrpura en recuerdo de la sangre de Cristo derramada en la Cruz, se postró en el suelo delante del altar para orar durante unos minutos.

Tras los minutos de oración silenciosa, el Pontífice se puso de nuevo de pie para la liturgia de la Palabra en la que se leyó un pasaje del libro de Isaías (52,13 – 53,12), se recitó el salmo 31, se leyó la Carta a los hebreos 4:14-16, y 5: 7-9; y el Evangelio de San Juan que relata la Pasión de Cristo.

En la oración universal de los fieles, el Papa elevó una especial petición por los enfermos de coronavirus: “Dios omnipotente y eterno, singular protector de la enfermedad humana, mira compasivo la aflicción de tus hijos que padecen esta epidemia; alivia el dolor de los enfermos, da fuerza a quienes los cuidan, acoge en tu paz a los que han muerto y, por todo el tiempo que dura esta tribulación, haz que todos puedan encontrar alivio en tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén”.

Después se realizó la adoración de la cruz, aclamada tres veces en latín con las palabras “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarlo!”.

En esta ocasión, la adoración se realizó con el crucifijo milagroso de San Marcelo, que ayudó a vencer la peste hace varios siglos y ante el cual el Papa rezó el viernes 27 de marzo por el fin de la pandemia.

Al igual que otros años, el predicador de la Casa Pontificia, P. Rainiero Cantalamessa, pronunció la homilía. Esta vez su prédica llevó por título “Tengo proyectos de paz, no de aflicción”.

A continuación el texto completo de su reflexión:

Tengo proyectos de paz, no de aflicción

San Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes la leen. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da.

Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos.

Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5).

Pero hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí.

¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.

Y no solo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo» .

Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano

¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar.

La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia».

Ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!

Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.

Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus!

«Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11). Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?

¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios «sufre», como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».

¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita.

Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios».

* * *
El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio».

Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado.

Como nos ha exhortado el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.

De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).

Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego.

Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad.

* * *

La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).

¿Acaso a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración, casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido [6] . Es él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).

Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo.

«Como Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.

«Después de tres días resucitaré», predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. !Más cristiana!

Celebración de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor

Hoy a partir de las 15 hs. estará disponible en Youtube y Facebook la Celebración de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, presidida por Mons. Marcelo Colombo.

Para verla en youtube este es el link: https://youtu.be/eqwrTNE7xH0
No intentes verla antes de las 15 hs., porque no estará disponible todavía.

Para verla en Facebook, ingresa también a las 15 hs. a la página Pastoral de Comunicadores Mendoza y ahí podrás verla.

Acompañemos a Jesús en sus horas más difíciles, unámonos a Él y con nuestros hermanos sufrientes.

PASTORAL DE COMUNICADORES MENDOZA

El Papa a los sacerdotes: déjense lavar los pies

En la noche en el que el más grande se hace pequeño, (cfr. Jn 13, 3-5), el Pontífice improvisa la homilía de la Misa de la Cena del Señor, y da tres palabras claves, Eucaristía, servicio, unción, es decir «la realidad de esta celebración». Y se dirige a los sacerdotes, a quienes hoy lleva consigo al altar. «Sean grandes perdonadores», les dice.

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano
Fuente: VATICAN NEWS

El día en que la Iglesia conmemora la Última Cena celebrada por Jesús con sus doce discípulos en «la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11,23), durante la cual el Maestro instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio cristiano y que marca el inicio del Triduo Pascual, el Papa Francisco celebró la Santa Misa en la Basílica Vaticana. Una Misa inusual, debido a la pandemia en curso, que ve al Sumo Pontífice celebrarla en una basílica semivacía, tras haberla celebrado cinco años en el interior de una cárcel, tras haber lavado los pies de personas privadas de su libertad, de pobres y de refugiados. Este año, esos ritos no están presentes, debido al distanciamiento social pedido por las autoridades para prevenir los contagios. La comunión de la Iglesia es de todos modos latente: en los hogares convertidos en templos domésticos así como en las iglesias y en las comunidades religiosas, gracias también a los medios de comunicación social. 

Eucaristía, servicio, unción

En la noche en el que el más grande se hace pequeño, (cfr. Jn 13, 3-5), el Pontífice improvisa la homilía, y da tres palabras claves al iniciar, a partir de las cuales desarrollará la primera parte de su reflexión: Eucaristía, servicio, unción.

El Señor que quiere permanecer con nosotros en la Eucaristía, y nosotros nos convertimos siempre en sagrarios del Señor: llevamos al Señor con nosotros hasta el punto de que él mismo nos dice que si no comemos su cuerpo y bebemos su sangre, no entraremos en el Reino de los Cielos. Misterio, esto del pan y el vino, del Señor con nosotros, en nosotros, dentro de nosotros.

El servicio: ese gesto que es una condición para entrar en el Reino de los Cielos. Servir, sí, a todos. Pero el Señor, en ese intercambio de palabras que tuvo con Pedro, le hace entender que para entrar en el Reino de los Cielos debemos dejar que el Señor nos sirva, que sea el Siervo de Dios siervo de nosotros. Y esto es difícil de entender. Si no dejo que el Señor sea mi siervo, que el Señor me lave, me haga crecer, me perdone, no entraré en el Reino de los Cielos.

Y el sacerdocio. Hoy quisiera estar cerca de los sacerdotes, de todos los sacerdotes, desde el más reciente ordenado hasta el Papa: todos somos sacerdotes. Obispos, todos… Somos ungidos, ungidos por el Señor; ungidos para hacer la Eucaristía, ungidos para servir.

Los santos de al lado

El Papa no presidió esta mañana la Misa Crismal con los sacerdotes de Roma, pero espera poder celebrarla “antes de Pentecostés”, dice en la homilía, porque de lo contrario “debemos posponerla hasta el año que viene”. Sin embargo, añade, “no puedo dejar pasar esta Misa sin recordar a los sacerdotes”:

Sacerdotes que ofrecen sus vidas por el Señor, sacerdotes que son servidores.

En estos días – hace presente – más de 60 han muerto aquí, en Italia, en el cuidado de los enfermos en los hospitales. También con los médicos, las enfermeras: son los santos de al lado, sacerdotes que han dado su vida en el servicio.

Sacerdotes anónimos y buenos

Francisco piensa en particular en aquellos que están lejos, narra de haber recibido precisamente hoy la carta de un franciscano capellán de una prisión, que cuenta cómo vive esta Semana Santa con los presos. Y habla de los sacerdotes que van lejos para llevar el Evangelio, y mueren también a causa de la peste en ese lugar lejano, porque no estaban preparados, porque no tenían anticuerpos. Sacerdotes de los cuales “nadie conoce su nombre”. Y prosigue:

Los sacerdotes anónimos, los curas del campo que son párrocos en cuatro, cinco, siete pueblos, en las montañas, y van de uno a otro, que conocen a la gente… Una vez, uno de ellos me dijo que sabía el nombre de toda la gente de los pueblos. «¿En serio?» Le dije. Y dijo: «Incluso el nombre de los perros». Conocen toda la proximidad sacerdotal: bien. Buenos sacerdotes.

Sacerdotes calumniados y pecadores

En este día Francisco lleva a todos en su corazón, y los lleva “al altar”. Lleva a los sacerdotes calumniados que muchas veces no pueden ir a la calle porque les dicen cosas malas en referencia “al drama del descubrimiento de los sacerdotes que han hecho cosas malas”: “Algunos me dijeron que no pueden salir con el collar clerical porque los insultan, y ellos siguen”.

Lleva también al altar a los sacerdotes pecadores, “que junto con los obispos y al Papa pecador” no olvidan de “pedir perdón” y “aprenden a perdonar”.

No sean tercos como Pedro

Lleva consigo a los sacerdotes que sufren algunas crisis, que no saben qué hacer, que “están en la oscuridad”:

Hoy todos ustedes hermanos sacerdotes, están conmigo en el altar, ustedes, consagrados. Sólo les digo una cosa: no sean tercos como Pedro. Déjense lavar los pies. El Señor es su siervo, Él está cerca de ustedes para darles fuerza, para lavarles los pies.

Generosidad en el perdón

Concluyendo la homilía, el Pontífice exhorta a los sacerdotes a ser “grandes perdonadores”:

Perdonen. Corazón grande de generosidad en el perdón. Es la medida con la que seremos medidos. Como has perdonado, serás perdonado: la misma medida. No tengan miedo de perdonar. A veces tenemos dudas: miren a Cristo. Allí está el perdón para todos. Sean valientes. Incluso arriesgando en el perdonar, para consolar. Y si no pueden dar un perdón sacramental en ese momento, al menos den el consuelo de un hermano que acompaña y deja la puerta abierta para que vuelva.

Por último, la gratitud a Dios padre por la gracia del sacerdocio y el recordatorio a cada uno de ellos:

 Jesús los ama. Sólo pide que ustedes se dejen lavar los pies.

Santa Misa del Jueves Santo

Hoy a partir de las 20.30 hs. estará disponible en Youtube y Facebook la Santa Misa de este Jueves Santo, presidida por Mons. Marcelo Colombo.

Para verla en youtube este es el link: https://youtu.be/Z57VP80Td-A
No intentes verla antes de las 20.30, porque no estará disponible todavía.

Para verla en Facebook, ingresa también a las 20.30 hs. a la página Pastoral de Comunicadores Mendoza y ahí podrás verla.

Acompañemos a Jesús en sus horas más difíciles, unámonos a Él y con nuestros hermanos sufrientes.

PASTORAL DE COMUNICADORES MENDOZA

Celebramos nuestra fe en tiempos de coronavirus

Circ. Nro. 15/2020

Queridos hermanos,

Ayer celebramos el Domingo de Ramos desde nuestras casas, muy unidos a toda la Iglesia que recibía en Jesús, a su Mesías, al Salvador. Las celebraciones eucarísticas trasmitidas a través de los medios de comunicación y las plataformas digitales, nos permitieron estar cerca y junto al Señor. Pero, además… ¡Cuántos momentos de oración familiar, compartidos virtualmente, animados por las  distintas iniciativas evangelizadoras de parroquias y comunidades, nos revelaron la riqueza de la espiritualidad de nuestro pueblo que sabe encontrar al Señor! Celebraciones sencillas de los padres junto a sus hijos, en torno a la mesa, en el patio o el comedor de la casa, nos hablaban de la importancia de la Iglesia doméstica

Dimos así comienzo a la Semana Santa, donde nuestros corazones acompañarán a Cristo que se entrega para salvarnos. Entre las dificultades que experimentamos a partir de este tiempo de aislamiento social, preventivo y obligatorio, dispuesto por las autoridades, está el normal acceso a los sacramentos, en particular la Reconciliación y la Eucaristía. Si bien todos sabemos que se trata de una medida temporal, nos impacta en nuestras celebraciones más sentidas. Más allá de la obligada observancia de esta norma legal, los cristianos como parte de esta sociedad, fundamos el cumplimiento de estas disposiciones, en el concreto seguimiento del Señor que nos comunica evangélicamente su Mandamiento del Amor (Mateo 7,12).

Hemos debido diferir para cuando podamos, la celebración de la Misa Crismal, máxima expresión de la estrecha fraternidad sacramental que une el presbiterio al Obispo y en la cual tiene lugar la bendición de los óleos y la consagración del santo Crisma, empleados en la celebración de los sacramentos.

Hablándonos de este tiempo tan particular, rezaba el Papa Francisco en su Oración del pasado 27 de marzo, en el Atrio de la Basílica de San Pedro: “Nos  llamas  a tomar  este  tiempo  de  prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no  lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.”

Deseo ayudar con algunos elementos de reflexión, no sólo a los párrocos y pastores en general, sino, especialmente, a los fieles atribulados naturalmente por la zozobra que nos provoca este tiempo de Coronavirus y el aislamiento dispuesto para evitar su difusión. Me disculpo anticipadamente por la necesaria extensión en razón de la importancia del tema. Santa Teresita del Niño Jesús, en sus Últimas conversaciones (Cuaderno amarillo, 5-6-1897) nos dejó este hermoso testimonio personal: “Sin duda es una gracia muy grande recibir los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite, también está bien, todo es gracia.”

Les escribo con la convicción de que pronto nos reencontraremos en las celebraciones comunitarias, vivas y participativas, alegres y felices ante el cese del mal.

Dios perdona siempre

Hace algunos días, el 20 de marzo, en su Homilía de la Misa, el Papa Francisco

afrontaba la dificultad de no poder celebrar el sacramento de la Reconciliación en este tiempo. Con la sencilla y clara pedagogía de un catequista, el Santo Padre nos explicaba:

“Yo sé que muchos de Uds., por Pascua, van a confesarse para reencontrarse con Dios. Pero muchos me dirán hoy: “Padre, ¿dónde puedo encontrar a un sacerdote, a un confesor, porque no se puede salir de casa? Y quiero hacer las paces con el Señor, quiero que Él me abrace, que mi papá me abrace… ¿Qué puedo hacer si no encuentro sacerdotes?”. Tú haz lo que dice el Catecismo (n. 1457). Es muy claro: si no encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, es tu  padre,  y  dile  la  verdad: “Señor he cometido esto, esto, esto…, perdóname”, y pídele perdón con todo el corazón, con el Acto de contrición y prométele: “Después me confesaré, pero perdóname ahora”. Y enseguida volverás a la gracia de Dios. Tú mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin tener a mano un sacerdote. Piénsenlo: ¡es el momento! Y éste es el momento justo, el momento oportuno. Un acto de contrición bien hecho, y así nuestra alma se volverá blanca como la nieve.”

El Papa nos recuerda la más genuina tradición de la Iglesia y nos está alentando a una Reconciliación plena con el Señor, en el número 1457 del Catecismo de la Iglesia Católica:

«Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes».

En este tiempo de imposibilidad de recibir la absolución sacramental, preparemos nuestro corazón para la Pascua, reconociendo arrepentidos nuestros pecados y prometiéndole al Señor acercarnos al sacramento de la Reconciliación apenas podamos. Y Dios nos abrazará con su misericordia de Padre bueno.

Recibir espiritualmente el cuerpo y la sangre del Señor

En estos días en los que no podemos tener la celebración de la Eucaristía con participación de fieles, los sacerdotes experimentamos con dolor esa ausencia; están en nuestra oración y ciertamente cuando comulgamos, los hacemos verdaderamente presentes ante el Señor.

Pero también nuestros hermanos que participan a través de los medios de comunicación y las redes sociales, pueden recibir espiritualmente al Señor al momento de la comunión. Según nos enseña Santo Tomás de Aquino, la comunión espiritual consiste en «un deseo ardiente de recibir a Nuestro Señor Jesucristo sacramentalmente y en amoroso abrazo, como si se lo hubiera ya recibido» (Suma Teológica IIIa, q 80).

San Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucaristia, en el n. 34, nos dice que «es  conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la «comunión espiritual», felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jesús escribió: «Cuando […] no comulgareis y oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho […], que es mucho lo que se imprime el amor así del Señor». (Camino de perfección, c. 35, 1.)”

Benedicto XVI, en la exhortación apostólica post sinodal Sacramentum Caritatis, escrita precisamente a partir del Sínodo sobre la Eucaristía, en el n. 55 nos explica: “Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual.”

Recibimos la comunión espiritual con nuestras propias palabras, pero podemos también aprovechar cuanto nos ofrecen algunas oraciones de comunión espiritual que propone la Iglesia. Tenemos la conocida oración de San Alfonso María de Ligorio: “Creo,

Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, Te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén.”

En Santa Marta, cada mañana, el Papa reza una bella oración que les transcribo: “A tus pies, Jesús mío, me postro y te ofrezco el arrepentimiento de mi corazón contrito que se abaja en su nada y en tu santa presencia. Te adoro en el Sacramento de tu amor, la inefable Eucaristía. Deseo recibirte en la pobre morada que te ofrece mi corazón. En espera de la felicidad de la comunión sacramental, quiero poseerte en espíritu. Ven a mí, Jesús mío, que yo voy a ti. Que tu amor inflame todo mi ser, en la vida y en la muerte. Creo en ti, espero en ti, te amo. Así sea.”

Queridos hermanos, en este difícil contexto que nos toca vivir, inédito y absolutamente inesperado, la Iglesia nos invita a vivir con intensidad y fervor estos días sagrados en que celebramos la Pasión y la Resurrección del Señor. La plena reconciliación con Dios, a través de nuestro arrepentimiento, y la recepción espiritual del Cuerpo y la Sangre de Cristo, serán el alimento de nuestra vida sacramental de este tiempo. Sin embargo, querría insistir en la importancia de vivir en plenitud nuestra fe, dando los pasos de solidaridad necesaria. Hay distintas iniciativas de este ejercicio concreto de la caridad cristiana, desarrolladas por nuestras Cáritas parroquiales y diocesana; la Pastoral de la Calle y la Pastoral de Migrantes. No debería faltarnos nunca en el horizonte vital concreto de nuestra plena reconciliación con Dios y la comunión espiritual, aquella inquietud de San Pablo, “¿Qué debo hacer Señor?” (Hechos 22, 10) retomada con la urgente disponibilidad misionera de San Francisco Javier en una de sus recordadas cartas: “Aquí estoy Señor, qué quieres que haga.”

Los abrazo y bendigo en Jesús, el buen Pastor. Nuestra Madre del Rosario cuide nuestro seguimiento fiel y fecundo del Señor Crucificado que nos da la Vida Nueva en su Pascua gloriosa.

Mendoza, 6 de abril de 2020.

+Marcelo Daniel Colombo
Padre Obispo de Mendoza

El Papa en Domingo de Ramos: “redescubramos que la vida no sirve, si no se sirve”

El Pontífice preside la celebración Eucarística del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor y nos invita a no traicionar ni abandonar lo que de verdad importa. A los jóvenes les invita a tomar como ejemplo a los verdaderos héroes de hoy y jugarse la vida como ellos sirviendo a los demás.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano
Fuente: VATICAN NEWS

El Papa Francisco asegura que Dios nos salvó “sirviéndonos” y nos sirvió “dando su vida por nosotros” porque “Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio”. Con esta aclaración, el Papa ha comenzado esta mañana su homilía durante la Santa Misa del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, en este domingo 5 de abril. El Pontífice ha explicado además que el Señor nos sirvió hasta el punto de “experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono”.

La traición. Hagamos un examen de conciencia

“Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. Fue traicionado por la gente que lo aclamaba y que después gritó: «Sea crucificado»”. El Papa Francisco nos pone delante de esta imagen para que pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida: “Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada” dice el Papa, pues “nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido”. Francisco explica que esto nos sucede porque “nacimos para amar y ser amados” y es por ello que lo más doloroso es “la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado”.

Ante esto, el Santo Padre invita hoy a que nos examinemos interiormente: “Si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas”. Además – dice el Papa – “el Señor sabe que somos muy débiles e inconstantes, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas” y por eso  “nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: “Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús””.

El abandono. En este tiempo de pandemia Dios no nos deja solos

El Papa explica después que en el Evangelio de hoy, Jesús en la cruz dice una frase, sólo una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». “Es una frase dura” asegura el Papa, pues Jesús sufrió el abandono de los suyos, que habían huido, pero  – puntualiza – “le quedaba el Padre”. “Ahora, en el abismo de la soledad, por primera vez lo llama con el nombre genérico de “Dios”. Y le grita «con voz potente» el “¿por qué?” más lacerante: “¿Por qué, también Tú, me has abandonado?””.

Francisco detalla que Jesús experimento este abandono precisamente para servirnos una vez más: “Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí y por ti”.

Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan y con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón “Jesús nos dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”” asegura el Papa.

¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono?

“Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa”. El Papa explica que estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás y mientras el resto “pasa” – dice – “el amor permanece”. En este sentido, el Pontífice ha hecho referencia a la actual situación que vivimos a nivel mundial debido a la crisis sanitaria por coronavirus, asegurando que es un drama “que nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve”. De este modo, pide que estos días santos en casa “nos pongamos ante el Crucificado y pidamos la gracia de vivir para servir”, también que “contactemos al que sufre, al que está solo y necesitado”.

Mensaje a los jóvenes: “Sentíos llamados a jugaros la vida”

Hoy, a nivel diocesano, se celebra en todo el mundo la XXXV Jornada Mundial de la Juventud. Es por ello que el Papa ha querido enviar a los protagonistas de este día un mensaje: “Queridos jóvenes: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás”. El Papa ha pedido a los jóvenes que se sientan llamados a jugarse la vida: No tengáis miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis!”.

Texto completo de la Homilia

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