“Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo.” (Ezequiel 36,25)
Queridos hermanos y hermanas,
¡Muy feliz Pascua de Resurrección! La Pascua del Señor nos invita a unirnos fuertemente a Él y a su buena Noticia de esperanza y vida en plenitud. Él nos concede alegrarnos ahora con su victoria sobre el pecado y sobre la muerte, sobre toda forma de exclusión y división entre nosotros.
El itinerario cuaresmal nos hizo concentrar la mirada en Jesús, sus gestos y cercanía con los pecadores, los frágiles y los rotos del camino. Como el buen Samaritano, nos ayudó a ponernos de pie y a encaminarnos, con un corazón más aliviado, al encuentro de los hermanos.
La Semana Santa nos ofrece en su secuencia de celebraciones cargadas de sentido, la posibilidad de tomar nuestro propio lugar en la pasión del Señor. Cada año tenemos nuevos motivos para preguntarnos sobre nuestro seguimiento de Jesús; nuestra respuesta no puede ser ritual, sino el fruto de una reflexión interior animada por la vivencia comunitaria de este tiempo de Pascua, con Jesús dentro de ella ya que a veces vivimos la Pascua sin Cristo… y sólo Él da sentido a esta celebración que nos rescata de nuestros aislamientos, de nuestras muertes y sepulcros disimulados.
Vayamos con María Magdalena, con Pedro y con el Discípulo amado al encuentro de la gran Noticia de la Pascua y anunciemos también nosotros, como ellos, a nuestras familias y comunidades que el Señor no ha muerto, que Él vive.
Que nuestra Arquidiócesis de Mendoza, sus parroquias y comunidades, sus movimientos, colegios e instituciones, sean testigos de la Pascua de Cristo, el Viviente, el Testigo fiel.
«Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo» Ef. 2,4s
Circ. Nro. 17/2020
Queridos
hermanos,
Con la alegría de la Pascua, celebramos
que Jesús, el Señor, está vivo. Ha cargado sobre sus hombros nuestros pecados,
ha enfrentado a la muerte y le ha ganado. Y su triunfo es el nuestro, que hemos
sido ganados al precio de su sangre y sanados por su amor. Como María
Magdalena, como Pedro, como los demás discípulos, estamos invitados a
testimoniar esta Vida, la de Cristo resucitado.
En el año 2000, la Iglesia estableció que el segundo
domingo de Pascua se celebrara la fiesta de la Divina Misericordia. Para el
Papa Juan Pablo II, esta celebración es “(…)
una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la
benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género
humano en los años venideros” (Palabras espontáneas del Papa Juan Pablo II en
la Homilía en la Canonización de Santa Faustina, 30 de abril de 2000)
Desde entonces, las comunidades
cristianas tienen en gran estima esta fiesta y es la oportunidad de reflexionar
sobre la misericordia de Dios, manifestada en Jesucristo, nuestro Redentor. Así
también en Mendoza teníamos prevista y organizada una celebración
arquidiocesana, en Guaymallén, allí donde recordamos a la Virgen y el Año
Mariano Nacional de 1980. Quedará para el “regreso”, para cuando podamos ir
retomando las distintas actividades. Sabemos que será un camino largo y lleno
de nuevos desafíos a la concreta vivencia de nuestra fe, creativa y solidaria.
Sin embargo, quiero invitar a todos a
unirse en la Celebración de la Divina Misericordia, acompañándome en la Misa
televisada por Canal 7, este próximo domingo, a las 9 hs, la cual también se
trasmitirá por los medios digitales de la Arquidiócesis. Unidos al Señor
Misericordioso, queremos pedirle el cese de esta pandemia, el regreso de los
enfermos a sus hogares, la recuperación de la vida social y la reanimación de
la vida económica para el digno sustento de las familias.
Pero, además, quiero proponerles un gesto que se una a esta importante oración. Estamos transitando un momento delicado en la subsistencia de muchos hogares. Por eso les pido que ayuden a Cáritas. Al final de esta circular, les recuerdo los datos para comunicarse con esta importante institución eclesial.
La Misericordia de Dios se expresa en esa
imprescindible caridad fraterna porque estamos llamados a amar como Él nos amó.
En 2019, en esta Fiesta, el Papa Francisco nos enseñaba: Todos nosotros necesitamos de la misericordia, lo sabemos. Acerquémonos
a Jesús y toquemos sus llagas, en nuestros hermanos que sufren. Las heridas de Jesús son un
tesoro: de ellas brota la misericordia. Seamos valerosos y toquemos las llagas
de Jesús. Con estas llagas está delante del Padre y se las enseña, como si
dijera «Padre, éste es el precio, estas llagas son lo que yo he pagado por mis
hermanos». Con sus llagas Jesús intercede ante el Padre. Nos da la misericordia
si nos acercamos e intercede por nosotros. No olviden las llagas de Jesús.”
Los abrazo y bendigo en Jesús Misericordioso, el buen Pastor resucitado. Que nuestra Madre del Rosario nos siga ayudando a estar presentes en el mundo de los hermanos más pobres y necesitados. Afectuosamente,
+Padre Obispo Marcelo Daniel Colombo Mendoza, 15 de abril de 2020
¡Cristo ha resucitado! La alegría de la Pascua, el triunfo definitivo de nuestro Dios sobre la muerte y el pecado, nos llenan de alegría en estos tiempos difíciles que desafían a nuestra esperanza. Con estas palabras deseo llegar para saludarlos y desearles una muy feliz Pascua de Resurrección.
Estos días los hemos transcurrido con una extraordinaria cercanía. La lejanía física que nos imponía el aislamiento social, preventivo y obligatorio, desafiaba nuestras posibilidades de comunión. Pero el Señor nos ha reunido de muchas y nuevas maneras para hablarnos elocuentemente de una Iglesia viva, creativa y solidaria, con signos que expresan claramente que el mensaje de Cristo es siempre una Palabra nueva: las celebraciones familiares de Ramos y del triduo sacro, la actuación solidaria de nuestras pastorales “de trinchera” acompañando a los pobres, a los hermanos en situación de calle o privados de libertad y a los migrantes; los encuentros de oración y reflexión de las pastorales evangelizadoras de la familia, de la juventud, de las misiones; las celebraciones trasmitidas a través de las plataformas digitales, que nos obligaron a los sacerdotes a intentar nuevas formas de comunicación y a actualizarnos en la tecnología para seguir cerca de Uds. animando su vida de fe.
Atrás quedaron los fariseos, con sus polémicas y doctrinas; atrás quienes, llenos de un Dios sin misericordia, ni alegría, ni libertad, querían suprimirlo; atrás también, los poderosos que sólo querían cuidarse sus puestitos; atrás, la traición de Judas y las negaciones de Pedro… Ahora están ante nosotros la tumba vacía y las vendas y el sudario en el piso. ¡Cristo, nuestra esperanza está vivo! Su amor es más grande que todo cuanto quería alejarnos de Dios. Sus palabras resuenan ahora entre nosotros, urgiendo nuestra fidelidad a su amor: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.” (Juan 15, 4)
Los invito a seguir rezando por los enfermos de COVID19, los médicos, enfermeros y personal sanitario, por los servidores públicos en general, por nuestros voluntarios de Cáritas, la Pastoral de la Calle, la Pastoral de Migrantes, por nuestros sacerdotes capellanes de hospitales y todos cuantos colaboran en la Pastoral de la Salud.
Los invito a seguir participando de las distintas iniciativas que se vayan dando a favor de la evangelización, la celebración de los misterios de la fe y la animación de la caridad. El tiempo pascual será el contexto religioso que acompañará lo que resta de cuarentena. Cristo resucitado alentará nuestro andar, suscitará nuestro seguimiento confiado y fortalecerá la esperanza cada vez que ésta pueda decaer. Sigamos cuidándonos y cuidando a los demás. Será nuestro modo de permanecer en el amor de Dios. Los abrazo y bendigo en Jesús Resucitado, nuestro buen Pastor. Que la Virgen del Rosario nos acompañe en este tiempo tan particular.
En Mendoza, en la Pascua de Resurrección del año 2020. + Mons. Marcelo Daniel Colombo Arzobispo de Mendoza
Ayer celebramos el Domingo de Ramos
desde nuestras casas, muy unidos a toda la Iglesia que recibía en Jesús, a su
Mesías, al Salvador. Las celebraciones eucarísticas trasmitidas a través de los
medios de comunicación y las plataformas digitales, nos permitieron estar cerca
y junto al Señor. Pero, además… ¡Cuántos momentos de oración familiar,
compartidos virtualmente, animados por las
distintas iniciativas evangelizadoras de parroquias y comunidades, nos
revelaron la riqueza de la espiritualidad de nuestro pueblo que sabe encontrar
al Señor! Celebraciones sencillas de los padres junto a sus hijos, en torno a
la mesa, en el patio o el comedor de la casa, nos hablaban de la importancia de
la Iglesia doméstica
Dimos así comienzo a la Semana Santa,
donde nuestros corazones acompañarán a Cristo que se entrega para salvarnos.
Entre las dificultades que experimentamos a partir de este tiempo de
aislamiento social, preventivo y obligatorio, dispuesto por las autoridades,
está el normal acceso a los sacramentos, en particular la Reconciliación y la
Eucaristía. Si bien todos sabemos que se trata de una medida temporal, nos
impacta en nuestras celebraciones más sentidas. Más allá de la obligada
observancia de esta norma legal, los cristianos como parte de esta sociedad,
fundamos el cumplimiento de estas disposiciones, en el concreto seguimiento del
Señor que nos comunica evangélicamente su Mandamiento del Amor (Mateo 7,12).
Hemos debido diferir para cuando
podamos, la celebración de la Misa Crismal, máxima expresión de la estrecha
fraternidad sacramental que une el presbiterio al Obispo y en la cual tiene
lugar la bendición de los óleos y la consagración del santo Crisma, empleados
en la celebración de los sacramentos.
Hablándonos de este tiempo tan
particular, rezaba el Papa Francisco en su Oración del pasado 27 de marzo, en
el Atrio de la Basílica de San Pedro: “Nos llamas
a tomar este tiempo
de prueba como un momento de
elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para
elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es
necesario de lo que no lo es. Es el
tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.”
Deseo ayudar con algunos elementos de
reflexión, no sólo a los párrocos y pastores en general, sino, especialmente, a
los fieles atribulados naturalmente por la zozobra que nos provoca este tiempo
de Coronavirus y el aislamiento dispuesto para evitar su difusión. Me disculpo
anticipadamente por la necesaria extensión en razón de la importancia del tema.
Santa Teresita del Niño Jesús, en sus Últimas conversaciones (Cuaderno
amarillo, 5-6-1897) nos dejó este hermoso testimonio personal: “Sin duda es una gracia muy grande recibir
los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite, también está bien, todo es
gracia.”
Les escribo con la convicción de que pronto nos reencontraremos en las celebraciones comunitarias, vivas y participativas, alegres y felices ante el cese del mal.
Dios perdona siempre
Hace
algunos días, el 20 de marzo, en su Homilía de la Misa, el Papa Francisco
afrontaba la dificultad de no poder celebrar el sacramento
de la Reconciliación en este tiempo. Con la sencilla y clara pedagogía de un
catequista, el Santo Padre nos explicaba:
“Yo
sé que muchos de Uds., por Pascua, van a confesarse para reencontrarse con
Dios. Pero muchos me dirán hoy: “Padre, ¿dónde puedo
encontrar a un sacerdote, a un confesor, porque no se puede salir de casa? Y
quiero hacer las paces con el Señor, quiero que Él me abrace, que mi papá me
abrace… ¿Qué puedo hacer si no encuentro sacerdotes?”. Tú haz lo que dice el Catecismo (n. 1457). Es muy claro: si no
encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, es tu padre,
y dile la verdad:
“Señor he cometido esto, esto, esto…, perdóname”, y pídele perdón con todo el corazón, con el Acto de contrición y
prométele: “Después me confesaré, pero perdóname ahora”. Y enseguida volverás a la gracia de Dios. Tú
mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin
tener a mano un sacerdote. Piénsenlo: ¡es el momento! Y éste es el momento
justo, el momento oportuno. Un acto de contrición bien hecho, y así nuestra
alma se volverá blanca como la nieve.”
El Papa nos recuerda la más genuina
tradición de la Iglesia y nos está alentando a una Reconciliación plena con el
Señor, en el número 1457 del Catecismo de la Iglesia Católica:
«Quien
tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no comulgue el Cuerpo del
Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un
motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga
presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye
el propósito de confesarse cuanto antes».
En este tiempo de imposibilidad de
recibir la absolución sacramental, preparemos nuestro corazón para la Pascua,
reconociendo arrepentidos nuestros pecados y prometiéndole al Señor acercarnos
al sacramento de la Reconciliación apenas podamos. Y Dios nos abrazará con su
misericordia de Padre bueno.
Recibir espiritualmente el cuerpo y la sangre del Señor
En estos días en los que no podemos
tener la celebración de la Eucaristía con participación de fieles, los
sacerdotes experimentamos con dolor esa ausencia; están en nuestra oración y
ciertamente cuando comulgamos, los hacemos verdaderamente presentes ante el
Señor.
Pero también nuestros hermanos que
participan a través de los medios de comunicación y las redes sociales, pueden
recibir espiritualmente al Señor al momento de la comunión. Según nos enseña
Santo Tomás de Aquino, la comunión espiritual consiste en «un deseo ardiente de recibir a Nuestro Señor Jesucristo
sacramentalmente y en amoroso abrazo, como si se lo hubiera ya recibido» (Suma
Teológica IIIa, q 80).
San Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucaristia, en el n. 34, nos
dice que «es conveniente cultivar en el ánimo el deseo
constante del Sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la
«comunión espiritual», felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y
recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jesús
escribió: «Cuando […] no comulgareis y oyereis misa, podéis comulgar
espiritualmente, que es de grandísimo provecho […], que es mucho lo que se
imprime el amor así del Señor». (Camino
de perfección, c. 35, 1.)”
Benedicto XVI, en la exhortación apostólica post sinodal Sacramentum Caritatis, escrita precisamente a partir del Sínodo sobre la Eucaristía, en el n. 55 nos explica: “Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual.”
Recibimos la comunión espiritual con nuestras propias palabras, pero podemos también aprovechar cuanto nos ofrecen algunas oraciones de comunión espiritual que propone la Iglesia. Tenemos la conocida oración de San Alfonso María de Ligorio: “Creo,
Jesús mío, que estás
real y verdaderamente en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del altar. Te
amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero
no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi
corazón. Y como si ya te hubiese recibido, Te abrazo y me uno del todo a Ti.
Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén.”
En Santa Marta, cada mañana, el Papa
reza una bella oración que les transcribo: “A
tus pies, Jesús mío, me postro y te ofrezco el arrepentimiento de mi corazón
contrito que se abaja en su nada y en tu santa presencia. Te adoro en el
Sacramento de tu amor, la inefable Eucaristía. Deseo recibirte en la pobre
morada que te ofrece mi corazón. En espera de la felicidad de la comunión
sacramental, quiero poseerte en espíritu. Ven a mí, Jesús mío, que yo voy a ti.
Que tu amor inflame todo mi ser, en la vida y en la muerte. Creo en ti, espero
en ti, te amo. Así sea.”
Queridos
hermanos, en este difícil contexto que nos toca vivir,
inédito y absolutamente inesperado, la Iglesia nos invita a vivir con
intensidad y fervor estos días sagrados en que celebramos la Pasión y la
Resurrección del Señor. La plena reconciliación con Dios, a través de nuestro
arrepentimiento, y la recepción espiritual del Cuerpo y la Sangre de Cristo,
serán el alimento de nuestra vida sacramental de este tiempo. Sin embargo,
querría insistir en la importancia de vivir en plenitud nuestra fe, dando los
pasos de solidaridad necesaria. Hay distintas iniciativas de este ejercicio
concreto de la caridad cristiana, desarrolladas por nuestras Cáritas
parroquiales y diocesana; la Pastoral de la Calle y la Pastoral de Migrantes.
No debería faltarnos nunca en el horizonte vital concreto de nuestra plena
reconciliación con Dios y la comunión espiritual, aquella inquietud de San
Pablo, “¿Qué debo hacer Señor?” (Hechos
22, 10) retomada con la urgente disponibilidad misionera de San Francisco
Javier en una de sus recordadas cartas: “Aquí
estoy Señor, qué quieres que haga.”
Los abrazo y bendigo en Jesús, el buen
Pastor. Nuestra Madre del Rosario cuide nuestro seguimiento fiel y fecundo del
Señor Crucificado que nos da la Vida Nueva en su Pascua gloriosa.