HOMILÍA DE MONS. MARCELO COLOMBO DURANTE LA FIESTA DIOCESANA
Queridos hermanos,
Bienvenidos a esta fiesta de familia, de los peregrinos hijos e hijas de Dios que visitan a la Virgen en su casa del Challao para celebrar la fiesta de nuestra Madre del Rosario. Le traigo el saludo de Mons. Mazzitelli que, en razón de la fiesta de San Francisco en su diócesis, no puede acompañarnos como hubiera deseado.
La celebración que hoy nos reúne, como les digo, es una fiesta de familia y la vivimos en un contexto muy particular, a la espera de la visita del Papa. Podemos experimentar, como decía uno de los jóvenes recién, que estamos en la previa de la visita del Papa y por eso la alegría del pueblo que espera el encuentro con Pedro que viene a confirmarnos en la fe.
En la Palabra de Dios de hoy, Dios siempre es quien tiene la iniciativa. En la primera lectura, nos propone poner la mirada sobre esa comunidad de discípulos en oración a la espera del Espíritu Santo. Vienen de despedirse de Jesús que asciende al Padre. Nos dice el libro de los Hechos que subieron al primer piso y allí en oración, en íntima comunión espiritual, oraban sin cesar junto a María, la Madre de Jesús. El texto nos hace notar la necesidad que tenemos de tomarnos el tiempo de oración y de contemplación del ministerio de Dios, y también de hacerlo no solo de una manera personal, sino como comunidad. Pero también nos hace sentir la ausencia de uno en el grupo de los Doce a partir de la traición de Judas. Más tarde tendrán la oportunidad de nombrar su reemplazante para completar el número de los apóstoles, herederos de las doce tribus de Israel. Esa referencia nos hace pensar en el dolor de no estar totalmente unidos y cómo Jesús ha querido que fuéramos uno para que el mundo crea. La íntima comunión de los discípulos nos hace entonces pensar también en la importancia de trabajar fuertemente entre nosotros para que la comunidad se estreche en torno a Jesús y viva consciente del valor de la unidad en función de ese testimonio compartido.
En la Carta a los Efesios se nos invita a considerar la iniciativa de Dios, que antes de crear el mundo nos predestinó en Cristo, nos hizo sus hermanos y nos eligió no por ser puros, sino para que fuéramos puros por Él y por el amor que Él nos tiene. En esta Carta se destaca claramente la obra de Dios y cómo el hombre viene a ser como la culminación de su obra de amor y donde el universo está en profunda sintonía con el proyecto del Creador es una invitación permanente a un obrar que alaba a Dios para la glorificación de Dios y para nuestro propio bien.
Y finalmente, en el Evangelio, una vez más, la iniciativa de Dios es la que toma de sorpresa a María, esta joven que claramente se ve desbordada por el saludo. El ángel la llama llena de gracia, porque ya es poseedora de los dones de Dios, a fin de poder ser la Madre de su Hijo. En ese diálogo, esta joven sorprendida, perpleja, que hace preguntas, pero que se revela enormemente libre para amar y para decirle que sí a Dios, y concluye diciendo de sí misma que será la servidora del Señor. Y así la vamos a ver más tarde, ponerse en camino para ayudar a su prima Isabel. Una vez más, en el Evangelio, vemos entonces en ese diálogo de libertad, en la iniciativa de Dios, a María que le dice que sí. Y allí estamos nosotros, amados y elegidos por Dios, sostenidos en el sí de esta mujer que nos hace fuertes en ella, en su respuesta. Ella nos va a acompañar y ayudar a sostener nuestro propio sí a lo largo del camino de la vida.
Esta fiesta diocesana nos recuerda nuestro propio camino como pueblo de Dios, peregrino en Mendoza. Nos preparamos para recibir al Papa, Y lo hacemos en un camino sinodal de reflexión y discernimiento permanente em la necesidad de convertir los vínculos, las estructuras y las relaciones al interior de la Iglesia. Esta comunidad que ponemos en manos de la Virgen, está llamada a una espiritualidad profunda, que nos une al Padre y nos hace hermanos de Jesús y hermanos entre nosotros, es la comunidad que junto a toda la Iglesia argentina recibe al Papa León.
La invitación del lema “Bienvenidos todos” conecta con nuestra propuesta de una Iglesia misionera, una Iglesia que acoge, que recibe, que incluye, que integra, que sienta a su mesa a todos sus hijos. Es una Iglesia samaritana de los más pobres y los más frágiles
Esa Iglesia del “todos, todos, todos” del Papa Francisco que sale a buscar a buscar a los más alejado y necesitados de la misericordia de Dios y de la presencia de la Iglesia. Pensando en nuestra historia diocesana y la santidad en ella, imaginaba un “todos, todos, todos” del cielo a partir del recuerdo de personas y la recolección de testimonios de santidad de hijos e hijas de la Iglesia en Mendoza. Son como veinte aquellos quienes desde el Cielo rezan con nosotros. Ustedes saben que en estos años hemos recogido testimonios de santidad, recuerdos, narraciones, relatos sobre personas en la Iglesia en Mendoza. La lista incluye al primer obispo, Mons. Verdaguer, varios sacerdotes, varias religiosas, inclusive una mártir en África, jóvenes y un matrimonio que expresan el misterio de una llamada y una respuesta de amor. Ese “todos” del Cielo también tiene que alentar nuestro propio testimonio cristiano. Por eso, esta es una fiesta de esperanza que nos convoca y compromete. Queridos jóvenes, siéntanse convocados a la santidad y la comunión en esta Iglesia samaritana, servidora de los hombres.
Damos gracias por este regalo de la memoria de los que nos han precedido viviendo en la santidad y por el testimonio de tantos de ustedes que trabajan en las parroquias y en las áreas pastorales diocesanas, anunciando el Evangelio como catequistas, servidores de la caridad, misioneros en Puerto Maldonado o en Angola, como es el caso de Analía y las hermanas obreras catequistas.
Hoy más que nunca, queridos hermanos, bienvenidos todos. Vayan y anuncien.
+ Marcelo Daniel Colombo, padre obispo de Mendoza


