Viernes Santo: Francisco presidió la celebración de la Pasión

Este 10 de abril, Viernes Santo, el Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, que en esta ocasión estuvo vacía a causa de la pandemia del coronavirus.

FUENTE: ACIPRENSA

El Papa solo estuvo acompañado del maestro de celebraciones pontificias, Mons. Guido Marini, los acólitos, un reducido coro y algunos funcionarios del Vaticano.

En la Basílica desprovista de ornamentos e iluminada tenuemente en consonancia con la sobriedad de la ceremonia en la que no se celebró la Eucaristía, el Santo Padre, vestido de púrpura en recuerdo de la sangre de Cristo derramada en la Cruz, se postró en el suelo delante del altar para orar durante unos minutos.

Tras los minutos de oración silenciosa, el Pontífice se puso de nuevo de pie para la liturgia de la Palabra en la que se leyó un pasaje del libro de Isaías (52,13 – 53,12), se recitó el salmo 31, se leyó la Carta a los hebreos 4:14-16, y 5: 7-9; y el Evangelio de San Juan que relata la Pasión de Cristo.

En la oración universal de los fieles, el Papa elevó una especial petición por los enfermos de coronavirus: “Dios omnipotente y eterno, singular protector de la enfermedad humana, mira compasivo la aflicción de tus hijos que padecen esta epidemia; alivia el dolor de los enfermos, da fuerza a quienes los cuidan, acoge en tu paz a los que han muerto y, por todo el tiempo que dura esta tribulación, haz que todos puedan encontrar alivio en tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén”.

Después se realizó la adoración de la cruz, aclamada tres veces en latín con las palabras “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarlo!”.

En esta ocasión, la adoración se realizó con el crucifijo milagroso de San Marcelo, que ayudó a vencer la peste hace varios siglos y ante el cual el Papa rezó el viernes 27 de marzo por el fin de la pandemia.

Al igual que otros años, el predicador de la Casa Pontificia, P. Rainiero Cantalamessa, pronunció la homilía. Esta vez su prédica llevó por título “Tengo proyectos de paz, no de aflicción”.

A continuación el texto completo de su reflexión:

Tengo proyectos de paz, no de aflicción

San Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes la leen. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da.

Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos.

Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5).

Pero hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí.

¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.

Y no solo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo» .

Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano

¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar.

La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia».

Ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!

Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.

Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus!

«Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11). Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?

¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios «sufre», como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».

¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita.

Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios».

* * *
El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio».

Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado.

Como nos ha exhortado el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.

De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).

Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego.

Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad.

* * *

La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).

¿Acaso a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración, casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido [6] . Es él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).

Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo.

«Como Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.

«Después de tres días resucitaré», predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. !Más cristiana!

El Papa en Domingo de Ramos: “redescubramos que la vida no sirve, si no se sirve”

El Pontífice preside la celebración Eucarística del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor y nos invita a no traicionar ni abandonar lo que de verdad importa. A los jóvenes les invita a tomar como ejemplo a los verdaderos héroes de hoy y jugarse la vida como ellos sirviendo a los demás.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano
Fuente: VATICAN NEWS

El Papa Francisco asegura que Dios nos salvó “sirviéndonos” y nos sirvió “dando su vida por nosotros” porque “Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio”. Con esta aclaración, el Papa ha comenzado esta mañana su homilía durante la Santa Misa del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, en este domingo 5 de abril. El Pontífice ha explicado además que el Señor nos sirvió hasta el punto de “experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono”.

La traición. Hagamos un examen de conciencia

“Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. Fue traicionado por la gente que lo aclamaba y que después gritó: «Sea crucificado»”. El Papa Francisco nos pone delante de esta imagen para que pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida: “Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada” dice el Papa, pues “nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido”. Francisco explica que esto nos sucede porque “nacimos para amar y ser amados” y es por ello que lo más doloroso es “la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado”.

Ante esto, el Santo Padre invita hoy a que nos examinemos interiormente: “Si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas”. Además – dice el Papa – “el Señor sabe que somos muy débiles e inconstantes, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas” y por eso  “nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: “Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús””.

El abandono. En este tiempo de pandemia Dios no nos deja solos

El Papa explica después que en el Evangelio de hoy, Jesús en la cruz dice una frase, sólo una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». “Es una frase dura” asegura el Papa, pues Jesús sufrió el abandono de los suyos, que habían huido, pero  – puntualiza – “le quedaba el Padre”. “Ahora, en el abismo de la soledad, por primera vez lo llama con el nombre genérico de “Dios”. Y le grita «con voz potente» el “¿por qué?” más lacerante: “¿Por qué, también Tú, me has abandonado?””.

Francisco detalla que Jesús experimento este abandono precisamente para servirnos una vez más: “Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí y por ti”.

Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan y con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón “Jesús nos dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”” asegura el Papa.

¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono?

“Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa”. El Papa explica que estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás y mientras el resto “pasa” – dice – “el amor permanece”. En este sentido, el Pontífice ha hecho referencia a la actual situación que vivimos a nivel mundial debido a la crisis sanitaria por coronavirus, asegurando que es un drama “que nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve”. De este modo, pide que estos días santos en casa “nos pongamos ante el Crucificado y pidamos la gracia de vivir para servir”, también que “contactemos al que sufre, al que está solo y necesitado”.

Mensaje a los jóvenes: “Sentíos llamados a jugaros la vida”

Hoy, a nivel diocesano, se celebra en todo el mundo la XXXV Jornada Mundial de la Juventud. Es por ello que el Papa ha querido enviar a los protagonistas de este día un mensaje: “Queridos jóvenes: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás”. El Papa ha pedido a los jóvenes que se sientan llamados a jugarse la vida: No tengáis miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis!”.

Texto completo de la Homilia

Oremos junto al Papa Francisco

Este viernes 27 de marzo de 2020, 14.00 hs. de Argentina, desde el atrio de la Basílica de San Pedro, rezaremos con el papa Francisco y recibirán su bendición urbi et orbe, con indulgencia plenaria todos los que participen a través de los distintos medios de comunicación.

En Mendoza se retransmitirá a través de las redes sociales de Pastoral de Comunicadores y a través de la web de la Arquidiócesis: www.arquimendoza.org.ar

La transmisión se podrá seguir a través de los siguientes medios:
www.youtube.com/user/vaticanes
Canal Orbe 21: www.canalorbe21.com
Direct TV: Canal 351

Padre Nuestro con el Papa

Esta invitación nos llega de parte de la Comisión de Medios de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal Argentina, para este próximo miércoles 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación, en relación con el pedido del Santo Padre Francisco:

“El Papa Francisco invitó a todos los cristianos de las distintas confesiones a rezar juntos el Padre Nuestro el miércoles 25 de marzo, día en que recordamos el anuncio a la Virgen María de la Encarnación del Verbo. Unidos a las 12.00 AM de Roma (08:00 de Argentina) rezaremos juntos en este momento de prueba en que la humanidad tiembla por la amenaza de la pandemia.

Ese mismo día de la Anunciación del Señor a las 12.00 del mediodía de Argentina, invitamos a que suenen las campanas de las Iglesias y también recemos la oración que Jesús nos enseñó y responder y hacer sentir nuestra cercanía con las personas más solas y exhaustas.”

Asimismo, nuestro Padre Obispo, Mons. Marcelo Colombo, nos anima a extender esta invitación a otros cristianos y personas de buena voluntad, para que pueda ponerse de manifiesto la extraordinaria fuerza de la oración de los creyentes.

El Papa reza por las familias encerradas en casa

Hoy, durante la misa matutina, Francisco oró una vez más por las familias, obligadas a quedarse en casa por la emergencia del coronavirus. En su homilía instó a rezar con humildad, sin la presunción de sentirse justos.

Fuente: VATICAN NEWS

El Papa presidió nuevamente hoy la misa matutina transmitida en vivo desde la Casa Santa Marta, como lo hace en este momento de emergencia debido a la pandemia del coronavirus. Introduciendo la celebración eucarística, dirigió sus pensamientos a las familias.

Hoy me gustaría recordar a las familias que no pueden salir de la casa. Tal vez el único horizonte que tienen es el balcón. Y ahí dentro, la familia, con los niños, los chicos, los padres… Para que puedan encontrar una forma de comunicarse bien entre ellos, para construir relaciones de amor en la familia, y para superar la angustia de este tiempo juntos, en familia. Rezamos por la paz de las familias hoy, en esta crisis, y por la creatividad.

Comentando las lecturas del día, tomadas del Libro del Profeta Oseas (Os 6, 1-6) y del Evangelio en el que Jesús relata la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18, 9-14), Francisco exhorta a volver a la oración, una oración humilde, sin la presunción de los que se consideran más justos que los demás.

A continuación, el texto de la homilía según una transcripción nuestra:

Esa Palabra del Señor que escuchamos ayer: «Vuelve, vuelve a casa» (cf. Os 14, 2); en el mismo libro del profeta Oseas encontramos también la respuesta: «Vengan, volvamos al Señor» (Os 6, 1). Es la respuesta cuando ese «vuelve a casa» toca el corazón: «Volvamos al Señor: Él nos ha desgarrado y nos curará». Nos ha golpeado y nos vendará. […] Apresurémonos a conocer al Señor, su venida es tan segura como el amanecer» (Os 6:1,3). La confianza en el Señor es segura: «Vendrá a nosotros como la lluvia del otoño, como la lluvia de la primavera que fecunda la tierra» (v. 3). Y con esta esperanza el pueblo comienza el viaje de regreso al Señor. Y una de las maneras, de las formas de encontrar al Señor es la oración. Oremos al Señor, volvamos a Él.

En el Evangelio (cf. Lc 18:9-14) Jesús nos enseña a orar. Hay dos hombres, uno presuntuoso que va a rezar, pero para decir que es bueno, como si le dijera a Dios: «Mira, soy tan bueno: si necesitas algo, dímelo, yo resolveré tu problema». Así se dirige hacia Dios. Presunción. Tal vez hacía todo lo que decía la Ley, lo dice: «Ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos por todo lo que tengo». (v. 12) … «Soy bueno». Esto también nos recuerda a otros dos hombres. Nos recuerda al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, cuando le dice a su padre: «Yo, que soy tan bueno, no tengo la fiesta, y éste, que es un desgraciado, le haces la fiesta…». Presuntuoso (cf. Lc 15:29-30). El otro, cuya historia hemos escuchado en estos días, es la de aquel hombre rico, un hombre sin nombre, pero que era rico, incapaz de hacerse un nombre, pero era rico, no le importaba la miseria de los demás (cf. Lc 16, 19-21). Son estos los que tienen seguridad en sí mismos o en el dinero o el poder.

Luego está el otro, el publicano. Que no va delante del altar, no, se queda lejos. «Deteniéndose a distancia, ni siquiera se atrevió a levantar los ojos al cielo, pero se golpeó el pecho diciendo: «Oh Dios, ten piedad de mí, un pecador»» (Lc 18:13). Esto nos lleva también al recuerdo del hijo pródigo: se dio cuenta de los pecados que había cometido, de las cosas malas que había hecho; él también se golpeó el pecho: «Volveré a mi padre y [le diré]: padre, he pecado». Humillación (cf. Lc 15:17-19). Nos recuerda a ese otro hombre, el mendigo Lázaro, a la puerta del rico, que vivió su miseria ante la presunción de ese señor (cf. Lc 16, 20-21). Siempre esta combinación de personas en el Evangelio.

En este caso, el Señor nos enseña a rezar, a acercarnos al Señor: con humildad. Hay una hermosa imagen en el himno litúrgico de la fiesta de San Juan Bautista. Dice que el pueblo se acercó al Jordán para recibir el bautismo, «alma y pies desnudos»: rezar con el alma desnuda, sin maquillaje, sin disfrazar sus virtudes. Él, lo leemos al principio de la misa, perdona todos los pecados, pero necesita que le muestre los pecados, con mi desnudez. Rezar así, desnudo, con el corazón desnudo, sin tapujos, sin siquiera tener fe en lo que he aprendido sobre la oración… Rezar, tú y yo, cara a cara, el alma desnuda. Esto es lo que el Señor nos enseña. En cambio, cuando vamos al Señor un poco demasiado seguros de nosotros mismos, caemos en la presunción de que este [fariseo] o el hijo mayor o ese hombre rico a quien no le faltaba nada. Tendremos nuestra confianza en otra parte. «Yo voy al encuentro del Señor…, quiero ir allí, para ser educado… y le de tú a tú, prácticamente…». Este no es el camino. El camino es rebajarse, el rebajarse. El camino es la realidad. Y el único hombre aquí, en esta parábola, que entendió la realidad, fue el publicano: «Tú eres Dios y yo soy un cantero».  Esa es la realidad. Pero yo digo que soy un pecador no con la  boca: con el corazón. Sentirse pecador.

No olvidemos lo que el Señor nos enseña: justificarse es soberbia, es un orgullo, es exaltarse a sí mismo. Es disfrazarse de lo que no soy. Y las miserias permanecen dentro. El fariseo se justificaba a sí mismo. Es necesario confesar los pecados directamente, sin justificarlos, sin decir: «Pero, no, yo hice esto, pero no fue mi culpa…». El alma desnuda. El alma desnuda.

Que el Señor nos enseñe a entender esto, esta actitud para comenzar la oración. Cuando empecemos a rezar con nuestras justificaciones, con nuestras certezas, no será una oración: será hablar con el espejo. En cambio, cuando empezamos la oración con la verdadera realidad – «Soy un pecador, soy un pecador» – es un buen paso adelante para dejarnos mirar por el Señor nos mire. Que Jesús nos enseñe esto.

También hoy, Francisco terminó la celebración con la adoración y la bendición eucarística, invitándonos a hacer la comunión espiritual.

A continuación, la oración recitada por el Papa:

Jesús mío, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo por encima de todas las cosas y te deseo en mi alma. Ya que no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como ya has venido, te abrazo y me uno todo a ti. No dejes que me separe jamás de ti.

Francisco reza por los reclusos e invita a la Comunión espiritual

Este 19 de marzo, en la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta, el Santo Padre elevó una oración especial por las personas que encuentran recluidas en las cárceles y en la Solemnidad de San José recordó la importancia de la adoración, invitando a los fieles a la Comunión espiritual.

Fuente: Vatican News

En la Solemnidad de San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal y además, en el Séptimo aniversario del inicio de su Ministerio Petrino, El Papa Francisco celebró la Misa matutina en la capilla de la Casa Santa Marta, la misma que fue transmitida en vivo. Al introducir la celebración Eucarística, dirige su oración por todos los detenidos en este momento de emergencia caracterizado por tantas restricciones debido a la pandemia del coronavirus:

“Recemos hoy por los hermanos y hermanas que están en las cárceles: ellos sufren mucho, por la incertidumbre de lo que sucederá dentro de la cárcel, y también pensando en sus familias, cómo están, si alguien está enfermo, si falta algo. Estamos cerca de los detenidos, hoy, que sufren tanto en este momento de incertidumbre y dolor”.

En su homilía, comentando el Evangelio del día, que habla de San José, hombre justo, es decir, hombre fiel, capaz de entrar en el misterio de Dios, el Pontífice recordó la importancia de la oración de adoración.

A continuación el texto de la homilía según nuestra transcripción y al mismo tiempo te invitamos a seguir la Santa Misa (video integral) desde nuestro canal de Youtube:

El Evangelio (Mt 1:16.18-21.24) nos dice que José era «justo», es decir, un hombre de fe, que vivía la fe. Un hombre que puede ser enumerado en la lista de todas esas personas de fe que hemos recordado hoy en el oficio de las lecturas (cf. Carta a los Hebreos, cap. 11); esas personas que vivieron la fe como fundamento de lo que se espera, como garantía de lo que no se ve, y como prueba de lo que no se ve.

José es un hombre de fe: por eso era «justo». No sólo porque creía, sino también porque vivía esta fe. Un hombre «justo». Fue elegido para educar a un hombre que era un verdadero hombre pero que también era Dios: se necesitaba un hombre-Dios para educar a un hombre así, pero no había. El Señor eligió a un hombre «justo», un hombre de fe. Un hombre capaz de ser un hombre y también capaz de hablar con Dios, de entrar en el misterio de Dios. Y esta fue la vida de José. Vivir su profesión, su vida de hombre y entrar en el misterio. Un hombre capaz de hablar con el misterio, de interactuar con el misterio de Dios. No era un soñador. Entró en el misterio. Con la misma naturalidad con la que llevó a cabo su oficio, con esta precisión de su oficio: fue capaz de ajustar un ángulo milimétrico en la madera, sabía cómo hacerlo; fue capaz de bajar, de reducir un milímetro de la madera, de la superficie de una madera. Cierto, era preciso. Pero también era capaz de entrar en el misterio que no él podía controlar.

Esta es la santidad de José: llevar adelante su vida, su oficio con rectitud, con profesionalidad; y de momento, entrar en el misterio. Cuando el Evangelio nos habla de los sueños de José, nos hace entender esto: entrar en el misterio.

Pienso en la Iglesia hoy, en esta Solemnidad de San José. Nuestros fieles, nuestros Obispos, nuestros sacerdotes, nuestros consagrados y consagradas, los papas: ¿son capaces de entrar en el misterio? ¿O es necesario que se regulen de acuerdo con las prescripciones que los defienden de lo que no pueden controlar? Cuando la Iglesia pierde la posibilidad de entrar en el misterio, pierde la capacidad de adorar. La oración de adoración sólo puede darse cuando uno entra en el misterio de Dios.

Pidamos al Señor la gracia de que la Iglesia viva en la concreción de la vida cotidiana y también en la «concreción» – entre comillas – del misterio. Si no puede hacerlo, será una Iglesia a mitad, será una asociación piadosa, llevada adelante por prescripciones pero sin el sentido de la adoración. Entrar en el misterio no es soñar; entrar en el misterio es precisamente esto: adorar. Entrar en el misterio hoy es hacer lo que haremos en el futuro, cuando lleguemos a la presencia de Dios: adorar.

Que el Señor dé a la Iglesia esta gracia.

Antes de concluir la Misa, el Papa exhortó a la Comunión espiritual en este difícil momento debido a la pandemia del coronavirus, que provocó la suspensión de las Misas en Italia con la participación de los fieles para evitar cualquier contagio. El Papa Francisco terminó la celebración con la adoración y la bendición Eucarística.

“Invito a todos los que están lejos y siguen la misa por televisión a hacer la comunión espiritual”.

A tus pies, oh Jesús mío, me postro y te ofrezco el arrepentimiento de mi corazón contrito que se abandona en su nada y en Tu santa presencia. Te adoro en el sacramento de tu amor, deseo recibirte en la pobre morada que mi corazón te ofrece. En espera de la felicidad de la comunión sacramental, quiero tenerte en espíritu. Ven a mí, oh Jesús mío, que yo vaya hacia Tí. Que tu amor pueda inflamar todo mi ser, para la vida y para la muerte. Creo en Ti, espero en Ti, Te amo. Que así sea.

El Papa ora por los que murieron a causa del coronavirus

Este 18 de marzo, en la Misa en Santa Marta, el Santo Padre elevó una oración especial por los trabajadores de salud que murieron ayudando a los pacientes con coronavirus. En su homilía, recordó que Dios está siempre cerca de nosotros y en este difícil momento nos pide que estemos cerca unos de otros.

Fuente: Vatican News

En la Misa matutina celebrada y transmitida en vivo desde la Capilla de la Casa Santa Marta, el Papa Francisco manifestó su cercanía a todas las personas que están sufriendo esta pandemia del coronavirus. Hoy, el Pontífice la intención de oración la ha querido dedicar a todos aquellos que han perdido la vida a causa de esta enfermedad:

“Recemos hoy por los difuntos, aquellos que a causa del virus han perdido la vida; de manera especial, me gustaría que rezáramos por los trabajadores de salud que han muerto en estos días. Han donado sus vidas al servicio de los enfermos”.

En su homilía, comentando las lecturas que presenta la liturgia este miércoles de la III Semana de Cuaresma, el Papa Francisco recordó que, nuestro Dios, es un Dios cercano a su pueblo y en este momento difícil nos pide que estemos cerca unos de otros.

A continuación el texto de la homilía según nuestra transcripción y al mismo tiempo te invitamos a seguir la Santa Misa (video integral) desde nuestro canal de Youtube:

El tema de ambas lecturas de hoy es la Ley. La Ley que Dios da a su pueblo. La Ley que el Señor quiso darnos y que Jesús quiso llevar a la más alta perfección. Pero hay una cosa que llama la atención: la forma en que Dios da la Ley. Moisés dice: «Porque ¿qué gran nación tiene a sus dioses tan cerca de ella, como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros cada vez que lo invocamos? El Señor da la Ley a su pueblo con una actitud de cercanía. No se trata de prescripciones de un gobernante, que puede estar lejos, o de un dictador… No: es la cercanía; y nosotros sabemos por revelación que es una cercanía paternal, de un padre, que acompaña a su pueblo dándole el don de la Ley. El Dios cercano. «De hecho, ¿qué gran nación tiene a sus dioses tan cerca de ella, como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros cada vez que lo invocamos?».

Nuestro Dios es el Dios de la cercanía, es un Dios cercano, que camina con su pueblo. Esa imagen en el desierto, en el Éxodo, la nube, la columna de fuego para proteger al pueblo: Él camina con su pueblo. No es un Dios que deja las prescripciones escritas, «y sigue adelante». Hace las prescripciones, las escribe con sus propias manos en la piedra, se las da a Moisés, pero no deja las prescripciones y se va: camina, está cerca. «¿Qué nación tiene un Dios tan cercano?» Es la cercanía. El nuestro es un Dios de la cercanía.

Y la primera respuesta del hombre, en las primeras páginas de la Biblia, son dos actitudes de no proximidad. Nuestra respuesta siempre es alejarnos, nos alejamos de Dios. Él se acerca y nosotros nos distanciamos. En esas dos primeras páginas, la primera actitud de Adán con su esposa, es esconderse: se esconden de la cercanía de Dios, se avergüenzan, porque han pecado, y el pecado nos lleva a escondernos, a no querer la cercanía. Y muchas veces, se hace una teología sólo pensada «en el juez», y por eso me escondo: tengo miedo.

La segunda actitud, humana, a la propuesta de esta cercanía de Dios es matar. Mata al hermano. «No soy el guardián de mi hermano». Dos actitudes que borran toda proximidad. El hombre rechaza la cercanía de Dios, él quiere ser amo de las relaciones y la cercanía siempre trae consigo alguna debilidad. El «Dios cercano» se vuelve débil, y cuanto más cercano se hace, más débil parece. Cuando viene a nosotros, a habitar con nosotros, se hace hombre, uno de nosotros: se hace débil y trae la debilidad hasta la muerte y la muerte más cruel, la muerte de los asesinos, la muerte de los más grandes pecadores. La proximidad humilla a Dios. Se humilla para estar con nosotros, para caminar con nosotros, para ayudarnos.

El «Dios cercano» nos habla de humildad. No es un «gran Dios», no… No. Está cerca. Está en casa. Y lo vemos en Jesús, Dios hecho hombre, cercano hasta la muerte, con sus discípulos: los acompaña, les enseña, los corrige con amor… Pensemos, por ejemplo, en la cercanía de Jesús a los angustiados discípulos de Emaús: estaban angustiados, fueron derrotados y Él se acerca a ellos lentamente, para hacerles comprender el mensaje de vida, de la resurrección.

Nuestro Dios es cercano y nos pide que estemos cerca unos de otros, no que nos alejemos unos de otros. Y en este momento de crisis por la pandemia que estamos viviendo, esta cercanía nos pide que la manifestemos más, que la mostremos más. No podemos, quizás, acercarnos físicamente por miedo al contagio, pero sí, podemos despertar en nosotros una actitud de cercanía entre nosotros: con la oración, con la ayuda, muchas formas de cercanía. ¿Y por qué deberíamos estar cerca el uno del otro? Porque nuestro Dios está cerca, quiso acompañarnos en la vida. Es el Dios de la cercanía. Por eso no somos personas aisladas: estamos cerca, porque la herencia que hemos recibido del Señor es la cercanía, es decir, el gesto de cercanía.

Pidamos al Señor la gracia de estar cerca unos de otros; no nos escondamos unos de otros; no nos lavemos las manos de los problemas de los demás, como hizo Caín: no. Juntos. Proximidad. Cercanía. «Porque ¿qué gran nación tiene a sus dioses tan cerca de ella, como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros cada vez que lo invocamos?».

Papa Francisco rezó por los ancianos que están solos y con miedo

Que el Señor esté cerca dando fuerza a nuestras abuelas y abuelos. Francisco ofreció por esta intención la Misa matutina que se transmitió en vivo desde la capilla de la Casa de Santa Marta. E invitó a saber perdonar siempre y con el corazón.

Fuente: Vatican News

El corazón del Papa mira a todos y cada día a alguien de manera especial. Francisco dedicó la Misa de esta mañana en la capilla de la Casa de Santa Marta (VÍDEO INTEGRAL) a los ancianos que en tiempo de restricciones por el Coronavirus están entre los que sufren más que otros la distancia de sus seres queridos.

Querría que hoy rezáramos por los ancianos que sufren este momento de manera especial, con una soledad interior muy grande y a veces con mucho miedo. Roguemos al Señor para que esté cerca de nuestros abuelos, de nuestras abuelas, de todos los ancianos y les dé fuerza. Ellos nos dieron la sabiduría, la vida, la historia. También nosotros estamos cerca de ellos con la oración.

En su homilía, Francisco se inspiró en el Evangelio y en el tema del perdón que lleva a Pedro a preguntar a Jesús cuántas veces es lícito perdonar a los demás. No es fácil – reconoció el Papa – y recordó que hay «gente que vive condenando a la gente». Pero lo que Dios desea – afirmó – es «ser magnánimo» y  «perdonar, perdonar de corazón».

A continuación el texto de la homilía según una transcripción nuestra:

Jesús viene de hacer una catequesis sobre la unidad de los hermanos y la terminó con una hermosa palabra: «Les aseguro que si dos de ustedes, dos o tres, se ponen de acuerdo y piden una gracia, se les será concedida». La unidad, la amistad, la paz entre los hermanos atrae la benevolencia de Dios. Y Pedro hace la pregunta: «Sí, pero con las personas que nos ofenden, ¿qué debemos hacer? Si mi hermano comete culpas contra mí, me ofende, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Siete veces?». Y Jesús respondió con aquella palabra que significa, en su idioma, «siempre»: «Setenta veces siete». Siempre se debe perdonar. Y perdonar no es fácil. Porque nuestro corazón egoísta siempre está apegado al odio, a las venganzas, a los rencores. Todos hemos visto familias destruidas por odios familiares que pasan de una generación a otra. Hermanos que, frente al ataúd de uno de sus padres, no se saludan porque guardan viejos rencores. Parece que es más fuerte aferrarse al odio que al amor y éste es precisamente  – digámoslo así – el tesoro del diablo. Él se agazapa siempre entre nuestros rencores, entre nuestros odios y los hace crecer, los mantiene ahí para destruir. Destruir todo. Y muchas veces, por cosas pequeñas, destruye. Y también se destruye a este Dios que no vino a condenar, sino a perdonar. Este Dios que es capaz de festejar con un pecador que se acerca y olvida todo.

Cuando Dios nos perdona, olvida todo el mal que hemos hecho. Alguien dijo: «Es la enfermedad de Dios». No tiene memoria, es capaz de perder la memoria en estos casos. Dios pierde la memoria de las historias malas de tantos pecadores, de nuestros pecados. Nos perdona y sigue adelante. Sólo nos pide: «Es lo mismo: aprende a perdonar», no sigas con esta cruz infecunda del odio, del rencor, del «me la pagarás». Esta palabra no es cristiana ni humana. La generosidad de Jesús nos enseña que para entrar en el cielo debemos perdonar. Es más, nos dice: «¿Vas a Misa?» – «Sí» – «Pero cuando vas a Misa acuérdate de tu hermano que tiene algo contra ti, y reconcíliate primero; no vengas a mí con el amor hacia mí en una mano y el odio para con tu hermano en la otra. Coherencia del amor. Perdonar. Perdonar de corazón.

Hay gente que vive condenando a la gente, hablando mal de la gente, ensuciando constantemente a sus compañeros de trabajo, ensuciando a sus vecinos, a sus parientes, porque no perdonan algo que les han hecho, o no perdonan algo que no les gustó. Parece que la riqueza propia del diablo es ésta: sembrar amor al no-perdonar, vivir apegados al no-perdonar. Y el perdón es condición para entrar en el cielo.

La parábola que nos cuenta Jesús es muy clara: perdonar. Que el Señor nos enseñe esta sabiduría del perdón que no es fácil. Y hagamos una cosa: cuando vayamos a confesarnos, a recibir el sacramento de la reconciliación, primero pregúntenos: «¿Yo perdono?». Si siento que no perdono, no hagas de cuenta que pides perdón, porque no serás perdonado. Pedir perdón significa perdonar. Van juntos. No pueden separarse. Y aquellos que piden perdón para sí mismos como este señor, al que el patrón le perdona todo pero él no perdona a los demás, terminarán como este señor. «Así también mi Padre celestial lo hará con ustedes si no perdonan de corazón cada uno a su propio  hermano».

“Que el Señor nos ayude a comprender esto y a bajar la cabeza, a no ser soberbios, a ser magnánimos en el perdón. Al menos a perdonar «por interés». ¿Cómo es eso? Sí: perdonar, porque si no perdono, no seré perdonado. Al menos eso. Pero siempre el perdón”

Misión Joven Mendoza

Compartimos a continuación la nueva imagen de la Misión Joven Mendoza

Querida Iglesia de Mendoza, queridos jóvenes: con mucha alegría empezamos a caminar esta aventura, este hermoso desafío y gesto al que llamamos Misión Joven Mendoza.

Hoy no es un día más, hoy le damos inicio a la Cuaresma: un tiempo de conversión, penitencia y renovación llenísimo de gracias. Efectivamente Misión Joven Mendoza edición tras edición es oportunidad para que Dios derrame sobre nosotros su gracia, su amor y hable a nuestros corazones. De la mano de este tiempo les presentamos la imagen, la cara renovada de Misión Joven Mendoza que nos va a acompañar y que nos invita también a nosotros a renovarnos, a examinar nuestros corazones y permitir que Dios nos toque y nos transforme.

  • EL LEMA:
    “Alégrate, somos protagonistas” es el nuevo lema. Como sabemos, estamos transitando el año Mariano nacional, y María, nuestra Madre será quien nos acompañe e ilumine, como lo ha venido haciendo ediciones anteriores, pero con una presencia mucho más fuerte para nosotros. Reflexionamos a la luz de algunas lecturas: Las bodas de Caná, donde vemos a María caminando expectante con fe y escuchando la voz de su hijo Jesús, esperando todo de Él; y la Anunciación, donde el Ángel se le presenta a María: ¡Alégrate! El Señor está contigo, anunciándole la propuesta de ser madre, y a ella buscando corresponder de la mejor manera a la voluntad de Dios. Por otro lado, buscamos que como jóvenes nos sintamos parte, pertenecientes y sobre todo PROTAGONISTAS, como dice el Papa Francisco:” O son protagonistas, o no son nada; o van delante del tren o terminarán siendo un vagón de cola arrastrados por la marea. Protagonistas. Jóvenes en acción en una Iglesia sinodal…”
  • EL LOGO:
    El logo de la nueva edición incluye al lema de Misión Joven Mendoza el cual destaca como expresión “ALÉGRATE”. Resaltando en su parte superior una “corona” (que representa a María Reina) en modo de “like” (una suerte de símbolo de redes sociales), también actualizando los diseños a la época y al ahora de Dios que somos, como también nos dice el Papa Francisco a los jóvenes. La importancia se destaca en la corona que iza y levanta el “ALÉGRATE”. El azul es color Mariano por excelencia. Cielo visible. El manto de la Madre de Dios.

Presentada ya la nueva imagen le damos inicio a un camino que nos conduzca con entusiasmo, alegría y sintiéndonos protagonistas para vivir una nueva edición de Misión Joven Mendoza. Nos confiamos en este camino a Nuestra Madre del Rosario, en el año Mariano Nacional.

Eliminan secreto pontificio en abusos sexuales

Así el Papa Francisco pone a disposición de las autoridades investigadoras civiles los testimonios de los juicios canónicos.

Fuente: Vatican News

Dos documentos destinados a dejar huella: el Papa Francisco abolió el secreto pontificio en casos de violencia sexual y abuso de menores cometidos por clérigos, y también decidió cambiar la ley sobre el delito de pornografía infantil, haciendo caer dentro de los casos de delicta graviora -los delitos más graves- la posesión y difusión de imágenes pornográficas que involucren a menores de hasta 18 años de edad.

El primer y más importante documento es un rescripto firmado por el Cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, que informa que el pasado 4 de diciembre el Pontífice dispuso abolir el secreto pontificio sobre las denuncias, los procesos y las decisiones relativas a los delitos mencionados en el primer artículo del reciente motu proprio Vos estis lux mundi. Esos se refieren a los casos de violencia y de actos sexuales cometidos bajo amenaza o abuso de autoridad, casos de abuso de menores y de personas vulnerables, casos de pornografía infantil, casos de no denuncia y encubrimiento de los abusadores por parte de los obispos y superiores generales de los institutos religiosos.

La nueva instrucción especifica que la “la información se tratará de manera que se garantice su seguridad, integridad y confidencialidad” establecidas por el Código de Derecho Canónico para proteger “la buena reputación, la imagen y la privacidad” de las personas implicadas. Pero este “secreto de oficio”, tal y como se lee en la instrucción, “no obsta para el cumplimiento de las obligaciones establecidas en cada lugar por la legislación estatal”, incluidas las obligaciones de denuncia, “así como dar curso a las resoluciones ejecutivas de las autoridades judiciales civiles”. Además, a quienes realizan las denuncias, a las víctimas y a los testigos “no puede imponerse vínculo de silencio alguno” sobre los hechos.

Con un segundo rescripto, firmado por el mismo Parolin y por el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Luis Ladaria Ferrer, se dieron a conocer también las modificaciones de tres artículos del motu proprio Sacramentorum sanctitatis tutela (de 2001, ya modificado en 2010). Se establece que sea considerado como uno de los delitos más graves reservados para el juicio de la Congregación para la Doctrina de la Fe “la adquisición o posesión o divulgación, con un fin libidinoso, de imágenes pornográficas de menores de dieciocho años por parte de un clérigo, de cualquier manera y por cualquier medio”. Hasta ahora ese límite se fijaba en los 14 años.

Finalmente, en otro artículo, se permite que en los casos relativos a estos delitos más graves, el papel de “abogado y procurador” pueda ser desempeñado también por fieles laicos con un doctorado en Derecho Canónico y no solo por sacerdotes.    

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