En estos días, numerosas comunidades cristianas bajo el patrocinio de la Virgen del Valle, están celebrando novenas y preparan su fiesta, mientras recorren el camino de la pascua. Este año tiene una particular significación por cumplirse los cuatrocientos años del hallazgo de su imagen y hubiéramos estado juntos, como Iglesia argentina, en Catamarca, si no lo hubiera impedido la actual coyuntura sanitaria que nos tiene en cuarentena.
Sin embargo, el fervor mariano de nuestro pueblo nos invita a participar de esta fiesta de nuestra Madre y fortalecernos en su ternura que siempre nos consuela y esperanza.
La CEA solicitó a la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos poder celebrar en todas las diócesis del país la memoria de la bienaventurada Virgen María del Valle, pedido que fue acogido favorablemente. En consecuencia, este año podremos celebrar con el grado de memoria obligatoria la misa de la bienaventurada Virgen María del Valle en toda la Argentina sustituyendo la Fiesta de San Marcos.
Les acompaño distintos materiales litúrgicos que nos envía la hermana Diócesis de Catamarca para ayudarnos a preparar la celebración de mañana.
Los abrazo y bendigo en Jesús resucitado mientras los encomiendo a la protección de nuestra Madre del Valle.
Mendoza, 24 de abril de 2020 +Padre Obispo Marcelo Daniel Colombo
Circ. N° 19/2020: Mensaje en la Segunda Semana De Pascua
Queridos hermanos,
En este segundo
Domingo de Pascua deseo llegar a Uds. para expresarles mi afecto y mi cercanía
en estas circunstancias concretas que atravesamos. En el Evangelio que hoy
escuchamos, la aparición del Señor Resucitado a los apóstoles, aislados y
asustados, para darles aliento y esperanza, para iluminarlos en la misión que
los esperaba, nos compromete y ayuda a entender desde la fe, esta inesperada y
difícil etapa de nuestras vidas.
Hoy nos aislamos
por obediencia a disposiciones sanitarias que urgen nuestra vivencia personal
del mandamiento del amor del Señor. Nos cuidamos, cuidando a los demás. Nos
asustan las cifras que llegan de infectados y muertos de todas partes del
mundo, las características de la pandemia que arrasa con la vida de tantos
pueblos y la perspectiva de que este período de aislamiento social, preventivo
y obligatorio se alargue tanto.
“¡Paz a Uds.!” nos dice Jesús y como a
Tomás, nos muestra las heridas en sus manos y el lanzazo en su costado, para
hacernos notar que ha vencido a la muerte y su nueva vida anticipa nuestra
propia resurrección. Ante el dolor, ante el miedo, ante la incertidumbre, el
Señor nos invita a vivir en su paz y a dejarnos abrazar por su misericordia.
Nos conforta y nos anima con una mirada más larga que esos temores y perplejidades
que hoy nos abruman.
En esta oportunidad, deseo presentarles
una meditación del Santo Padre, “Un plan para resucitar”, en la que nos invita
a vivir este tiempo con responsabilidad. “(…)
pudimos en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la
corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A
diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos
testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y
sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión.”
No dejan de llegarnos consultas sobre la
comunión y la reconciliación. Me gustaría recordarles la Circular Nro. 16 donde
les expliqué el significado profundamente eclesial, sostenido en la más genuina
tradición de la Iglesia y confirmado por el magisterio pontificio, de la
contrición perfecta y la comunión espiritual. No dejo de pensar en cuánto nos
falta para crecer en la comprensión de lo que estamos viviendo y qué importante
es la obediencia a las disposiciones no solamente legales sino, sobre todo legítimas,
de la autoridad, fundadas en el cuidado del bien común, en este caso de la
salud y la vida de todos. “Cada acción
individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias
para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las
autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo
quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la
pandemia.” (Papa Francisco, Un plan
para resucitar)
Los sacerdotes
estamos profundamente conmovidos. En primer lugar, por no poder tener el acceso
natural, el encuentro directo con nuestro pueblo. Ninguno de nosotros pudo
imaginar esto alguna vez. Pero también, como parte de esta Humanidad que sufre,
que se enferma, que muere, no podríamos permanecer nunca indiferentes o ajenos.
La
caridad pastoral nos exige, además del máximo respeto a las disposiciones
sanitarias, atender con cuidado aquellas situaciones dramáticas que requieren
nuestro servicio ministerial. Agradezco a los sacerdotes la respuesta fiel a lo
dispuesto en estas circunstancias.
A los que piden
con insistencia que “los obispos abran las Iglesias”, les recuerdo que estas
disposiciones las ha tomado el Gobierno Nacional en uso de sus atribuciones
constitucionales. La imposibilidad de tener las iglesias abiertas o realizar
celebraciones comunitarias buscan evitar la propagación del virus. Pero nadie
nos prohíbe creer, ni leer la Palabra de Dios, ni rezar, ni ser solidarios, ni
unirnos a aquellas iniciativas de caridad propias de la Iglesia ni contribuir
al sostenimiento de nuestras parroquias e instituciones. A esos hermanos, les
pido que dediquen sus energías a ayudar más que nunca a las necesidades de
nuestros hermanos más pobres, especialmente a través de Cáritas, pero también
de la Pastoral de la Calle, la Pastoral de Migrantes y la Pastoral de la Salud.
Concurran con alimentos no perecederos, alcohol en gel, jabón, dentífrico, ropa
limpia y arreglada; éstos son nuestra oración de amor, nuestra comunión
espiritual traducida en solidaridad y nuestra contrición perfecta por nuestras
faltas de sobriedad y de espíritu evangélico en el uso de los bienes.
Quiero una vez
más, destacar la respuesta creativa, generosa, apasionadamente evangélica de
pastores y fieles de nuestras parroquias, profundamente unidos en celebraciones
e importantes momentos catequísticos en la modalidad virtual que tanto nos
ayuda a hacer la experiencia de sostenernos y alentarnos. Desde la pastoral
juvenil arquidiocesana se han organizado en este tiempo, pequeñas comunidades
virtuales para leer y compartir semanalmente la Palabra de Dios, desde los
distintos rincones de nuestra Arquidiócesis. Con este sencillo ejemplo, me
gustaría hacerles notar cuánta vida está sembrando el Señor entre nosotros,
cómo seguimos siendo Iglesia en salida a partir de estas iniciativas
evangelizadoras.
Agradezco a nuestros voluntarios de
Cáritas y de las pastorales ya mencionadas. Estas semanas han puesto a prueba
nuestra presencia significativa en medio del dolor. Nos dice el Papa en su
meditación: “Vimos la unción
derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas,
limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios,
sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a
entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la
situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la
piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que
sentían que podían y tenían que dar.”
Además de la
extendida actividad en red de Cáritas, en estos días nuestra Pastoral de
Migrantes afrontó la preocupante situación de abandono de numerosos
trabajadores golondrinas en la terminal de Guaymallén. Provenientes de las
provincias y países limítrofes, una vez terminado su trabajo, fueron dejados a
su suerte por varios días. La Pastoral de Migrantes ha asistido con alimentos,
ropa limpia, duchas y ayuda en algunos casos para los pasajes de estos
hermanos, muchas veces sorprendidos en su buena fe por los abusadores de siempre.
Unos diez micros pudieron regresar a sus provincias y países de origen. Todavía
quedan algunos trabajadores en fincas por tareas pendientes. Ojalá pronto
puedan volver a sus hogares, con el sustento ganado honestamente con su
trabajo. Pido a sus empleadores, muchos de ellos cristianos, y quiero pensar,
todos argentinos de buena voluntad, que ayuden a sus trabajadores, a asegurarse
con anticipación la viabilidad del regreso a sus hogares.
En este momento, pesado como las piedras del sepulcro del Señor,
doloroso y difícil de sobrellevar en soledad, el Papa nos pide pensar en los
tiempos que vienen. Porque la pandemia pasará y la vida retomará su curso,
aunque en condiciones distintas. Francisco nos hace preguntas que
constituyen un verdadero deber de conciencia
para el creyente: “¿Seremos capaces de
actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay
alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio
cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder?
¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la
pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que
posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad
internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio
ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia
seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los
anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad.” (Papa Francisco, “Un plan
para resucitar”)
Hoy hace un mes,
el Presidente de la Nación comunicaba el comienzo de la cuarentena, cuya fecha
precisa de cese aún desconocemos. Podemos imaginar que para retomar la vida
ordinaria que llevábamos, todo será lento y paulatino en función de evitar más
contagios. De lo que sí estamos seguros es que sólo podremos salir juntos de
esta difícil situación. El Papa nos alienta a percibir la necesaria unidad del
género humano ante esta prueba de nuestra fragilidad y a potenciar todas las
iniciativas que hagan converger a los hombres en la búsqueda de soluciones
donde esté el contemplado el bien de todos.
Y en este camino de la Humanidad, los
creyentes más que nadie, debemos ser testigos de la Vida que nos viene de Dios
y animar entre nosotros y ante todos los hombres, aquella esperanza que no
defrauda porque está puesta en el Señor, que siempre quiere nuestro bien. Así
nos decía hoy la Primera Carta de Pedro en la segunda lectura de la Misa: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo que,
en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a
una esperanza viva.” (1Pe 1,3)”. Y continuaba alentándonos el
autor sagrado: “(…) la fe de ustedes, una
vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado
por el fuego.” (1Pe 1,7).
Los abrazo y bendigo en Jesús, rostro de
la misericordia del Padre. Que nuestra Madre bendita del Rosario nos ayude a
entender esta hora del género humano y a hacer todo lo que Jesús nos diga.
Mendoza, 19 de abril de 2020.- +Padre Obispo Marcelo Daniel Colombo
En el siguiente enlace se podrá ver, a partir de las 9 hs., la Santa Misa en el Domingo de la Divina Misericordia. También puede verse, a esta misma hora, por Canal 7.
En el contexto de la Pascua, la Iglesia en la Argentina celebra del 19 al 25 de abril, la Semana de los Pueblos Indígenas. Aquí en Mendoza, queremos acompañar a Cristo acercándonos a la vida de estos Pueblos que, a lo largo de su historia milenaria, viven su Vía Crucis y ansían su Resurrección, animados por el mismo Señor resucitado.
El lema propuesto para este año por el Equipo Nacional de Pastoral Aborigen, “SOMOS VIDA EN EL TERRITORIO”, es un verdadero programa para recordarnos una problemática siempre actual y apremiante de la realidad social mendocina. Las comunidades huarpes, extendidas sobre todo en la región del Secano lavallino, afectadas por la inequidad territorial y la negación práctica del derecho al agua, siguen esperando el otorgamiento del título de propiedad comunitaria del territorio y el agua sana, para vivir y crecer fuertes en el respeto de su propia identidad.
Poéticamente, estos Pueblos nos comparten su pensamiento: “De la tierra nos viene el alimento, de ella brotan las yerbitas que nos curan, de ella brota el agua que nos da la vida, ella es la Madre de los árboles y de las piedras y de la humanidad y de todos los seres … La tierra, esta Casa Grande de todos los pueblos de la humanidad, está siendo amenazada, desacralizada y convertida en mercancía… se la daña, contaminando las aguas y los vientos, arrasando bosques, selvas, montañas y a la misma humanidad.” (En busca de la Tierra sin Males, Declaración final del 4to. Encuentro Latinoamericano de Teología India, Asunción mayo 2002).
Anunciar al Resucitado, nos exige a los cristianos, cuidar la vida creada y regalada por Dios, es decir trabajar decidida y apasionadamente por respetar la tierra y promover auténticamente la plena dignidad humana.
Mendoza, 16 de abril de 2020.- + Padre Obispo Marcelo Daniel Colombo
«Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo» Ef. 2,4s
Circ. Nro. 17/2020
Queridos
hermanos,
Con la alegría de la Pascua, celebramos
que Jesús, el Señor, está vivo. Ha cargado sobre sus hombros nuestros pecados,
ha enfrentado a la muerte y le ha ganado. Y su triunfo es el nuestro, que hemos
sido ganados al precio de su sangre y sanados por su amor. Como María
Magdalena, como Pedro, como los demás discípulos, estamos invitados a
testimoniar esta Vida, la de Cristo resucitado.
En el año 2000, la Iglesia estableció que el segundo
domingo de Pascua se celebrara la fiesta de la Divina Misericordia. Para el
Papa Juan Pablo II, esta celebración es “(…)
una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la
benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género
humano en los años venideros” (Palabras espontáneas del Papa Juan Pablo II en
la Homilía en la Canonización de Santa Faustina, 30 de abril de 2000)
Desde entonces, las comunidades
cristianas tienen en gran estima esta fiesta y es la oportunidad de reflexionar
sobre la misericordia de Dios, manifestada en Jesucristo, nuestro Redentor. Así
también en Mendoza teníamos prevista y organizada una celebración
arquidiocesana, en Guaymallén, allí donde recordamos a la Virgen y el Año
Mariano Nacional de 1980. Quedará para el “regreso”, para cuando podamos ir
retomando las distintas actividades. Sabemos que será un camino largo y lleno
de nuevos desafíos a la concreta vivencia de nuestra fe, creativa y solidaria.
Sin embargo, quiero invitar a todos a
unirse en la Celebración de la Divina Misericordia, acompañándome en la Misa
televisada por Canal 7, este próximo domingo, a las 9 hs, la cual también se
trasmitirá por los medios digitales de la Arquidiócesis. Unidos al Señor
Misericordioso, queremos pedirle el cese de esta pandemia, el regreso de los
enfermos a sus hogares, la recuperación de la vida social y la reanimación de
la vida económica para el digno sustento de las familias.
Pero, además, quiero proponerles un gesto que se una a esta importante oración. Estamos transitando un momento delicado en la subsistencia de muchos hogares. Por eso les pido que ayuden a Cáritas. Al final de esta circular, les recuerdo los datos para comunicarse con esta importante institución eclesial.
La Misericordia de Dios se expresa en esa
imprescindible caridad fraterna porque estamos llamados a amar como Él nos amó.
En 2019, en esta Fiesta, el Papa Francisco nos enseñaba: Todos nosotros necesitamos de la misericordia, lo sabemos. Acerquémonos
a Jesús y toquemos sus llagas, en nuestros hermanos que sufren. Las heridas de Jesús son un
tesoro: de ellas brota la misericordia. Seamos valerosos y toquemos las llagas
de Jesús. Con estas llagas está delante del Padre y se las enseña, como si
dijera «Padre, éste es el precio, estas llagas son lo que yo he pagado por mis
hermanos». Con sus llagas Jesús intercede ante el Padre. Nos da la misericordia
si nos acercamos e intercede por nosotros. No olviden las llagas de Jesús.”
Los abrazo y bendigo en Jesús Misericordioso, el buen Pastor resucitado. Que nuestra Madre del Rosario nos siga ayudando a estar presentes en el mundo de los hermanos más pobres y necesitados. Afectuosamente,
+Padre Obispo Marcelo Daniel Colombo Mendoza, 15 de abril de 2020
Ayer celebramos el Domingo de Ramos
desde nuestras casas, muy unidos a toda la Iglesia que recibía en Jesús, a su
Mesías, al Salvador. Las celebraciones eucarísticas trasmitidas a través de los
medios de comunicación y las plataformas digitales, nos permitieron estar cerca
y junto al Señor. Pero, además… ¡Cuántos momentos de oración familiar,
compartidos virtualmente, animados por las
distintas iniciativas evangelizadoras de parroquias y comunidades, nos
revelaron la riqueza de la espiritualidad de nuestro pueblo que sabe encontrar
al Señor! Celebraciones sencillas de los padres junto a sus hijos, en torno a
la mesa, en el patio o el comedor de la casa, nos hablaban de la importancia de
la Iglesia doméstica
Dimos así comienzo a la Semana Santa,
donde nuestros corazones acompañarán a Cristo que se entrega para salvarnos.
Entre las dificultades que experimentamos a partir de este tiempo de
aislamiento social, preventivo y obligatorio, dispuesto por las autoridades,
está el normal acceso a los sacramentos, en particular la Reconciliación y la
Eucaristía. Si bien todos sabemos que se trata de una medida temporal, nos
impacta en nuestras celebraciones más sentidas. Más allá de la obligada
observancia de esta norma legal, los cristianos como parte de esta sociedad,
fundamos el cumplimiento de estas disposiciones, en el concreto seguimiento del
Señor que nos comunica evangélicamente su Mandamiento del Amor (Mateo 7,12).
Hemos debido diferir para cuando
podamos, la celebración de la Misa Crismal, máxima expresión de la estrecha
fraternidad sacramental que une el presbiterio al Obispo y en la cual tiene
lugar la bendición de los óleos y la consagración del santo Crisma, empleados
en la celebración de los sacramentos.
Hablándonos de este tiempo tan
particular, rezaba el Papa Francisco en su Oración del pasado 27 de marzo, en
el Atrio de la Basílica de San Pedro: “Nos llamas
a tomar este tiempo
de prueba como un momento de
elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para
elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es
necesario de lo que no lo es. Es el
tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.”
Deseo ayudar con algunos elementos de
reflexión, no sólo a los párrocos y pastores en general, sino, especialmente, a
los fieles atribulados naturalmente por la zozobra que nos provoca este tiempo
de Coronavirus y el aislamiento dispuesto para evitar su difusión. Me disculpo
anticipadamente por la necesaria extensión en razón de la importancia del tema.
Santa Teresita del Niño Jesús, en sus Últimas conversaciones (Cuaderno
amarillo, 5-6-1897) nos dejó este hermoso testimonio personal: “Sin duda es una gracia muy grande recibir
los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite, también está bien, todo es
gracia.”
Les escribo con la convicción de que pronto nos reencontraremos en las celebraciones comunitarias, vivas y participativas, alegres y felices ante el cese del mal.
Dios perdona siempre
Hace
algunos días, el 20 de marzo, en su Homilía de la Misa, el Papa Francisco
afrontaba la dificultad de no poder celebrar el sacramento
de la Reconciliación en este tiempo. Con la sencilla y clara pedagogía de un
catequista, el Santo Padre nos explicaba:
“Yo
sé que muchos de Uds., por Pascua, van a confesarse para reencontrarse con
Dios. Pero muchos me dirán hoy: “Padre, ¿dónde puedo
encontrar a un sacerdote, a un confesor, porque no se puede salir de casa? Y
quiero hacer las paces con el Señor, quiero que Él me abrace, que mi papá me
abrace… ¿Qué puedo hacer si no encuentro sacerdotes?”. Tú haz lo que dice el Catecismo (n. 1457). Es muy claro: si no
encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, es tu padre,
y dile la verdad:
“Señor he cometido esto, esto, esto…, perdóname”, y pídele perdón con todo el corazón, con el Acto de contrición y
prométele: “Después me confesaré, pero perdóname ahora”. Y enseguida volverás a la gracia de Dios. Tú
mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin
tener a mano un sacerdote. Piénsenlo: ¡es el momento! Y éste es el momento
justo, el momento oportuno. Un acto de contrición bien hecho, y así nuestra
alma se volverá blanca como la nieve.”
El Papa nos recuerda la más genuina
tradición de la Iglesia y nos está alentando a una Reconciliación plena con el
Señor, en el número 1457 del Catecismo de la Iglesia Católica:
«Quien
tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no comulgue el Cuerpo del
Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un
motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga
presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye
el propósito de confesarse cuanto antes».
En este tiempo de imposibilidad de
recibir la absolución sacramental, preparemos nuestro corazón para la Pascua,
reconociendo arrepentidos nuestros pecados y prometiéndole al Señor acercarnos
al sacramento de la Reconciliación apenas podamos. Y Dios nos abrazará con su
misericordia de Padre bueno.
Recibir espiritualmente el cuerpo y la sangre del Señor
En estos días en los que no podemos
tener la celebración de la Eucaristía con participación de fieles, los
sacerdotes experimentamos con dolor esa ausencia; están en nuestra oración y
ciertamente cuando comulgamos, los hacemos verdaderamente presentes ante el
Señor.
Pero también nuestros hermanos que
participan a través de los medios de comunicación y las redes sociales, pueden
recibir espiritualmente al Señor al momento de la comunión. Según nos enseña
Santo Tomás de Aquino, la comunión espiritual consiste en «un deseo ardiente de recibir a Nuestro Señor Jesucristo
sacramentalmente y en amoroso abrazo, como si se lo hubiera ya recibido» (Suma
Teológica IIIa, q 80).
San Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucaristia, en el n. 34, nos
dice que «es conveniente cultivar en el ánimo el deseo
constante del Sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la
«comunión espiritual», felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y
recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jesús
escribió: «Cuando […] no comulgareis y oyereis misa, podéis comulgar
espiritualmente, que es de grandísimo provecho […], que es mucho lo que se
imprime el amor así del Señor». (Camino
de perfección, c. 35, 1.)”
Benedicto XVI, en la exhortación apostólica post sinodal Sacramentum Caritatis, escrita precisamente a partir del Sínodo sobre la Eucaristía, en el n. 55 nos explica: “Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual.”
Recibimos la comunión espiritual con nuestras propias palabras, pero podemos también aprovechar cuanto nos ofrecen algunas oraciones de comunión espiritual que propone la Iglesia. Tenemos la conocida oración de San Alfonso María de Ligorio: “Creo,
Jesús mío, que estás
real y verdaderamente en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del altar. Te
amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero
no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi
corazón. Y como si ya te hubiese recibido, Te abrazo y me uno del todo a Ti.
Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén.”
En Santa Marta, cada mañana, el Papa
reza una bella oración que les transcribo: “A
tus pies, Jesús mío, me postro y te ofrezco el arrepentimiento de mi corazón
contrito que se abaja en su nada y en tu santa presencia. Te adoro en el
Sacramento de tu amor, la inefable Eucaristía. Deseo recibirte en la pobre
morada que te ofrece mi corazón. En espera de la felicidad de la comunión
sacramental, quiero poseerte en espíritu. Ven a mí, Jesús mío, que yo voy a ti.
Que tu amor inflame todo mi ser, en la vida y en la muerte. Creo en ti, espero
en ti, te amo. Así sea.”
Queridos
hermanos, en este difícil contexto que nos toca vivir,
inédito y absolutamente inesperado, la Iglesia nos invita a vivir con
intensidad y fervor estos días sagrados en que celebramos la Pasión y la
Resurrección del Señor. La plena reconciliación con Dios, a través de nuestro
arrepentimiento, y la recepción espiritual del Cuerpo y la Sangre de Cristo,
serán el alimento de nuestra vida sacramental de este tiempo. Sin embargo,
querría insistir en la importancia de vivir en plenitud nuestra fe, dando los
pasos de solidaridad necesaria. Hay distintas iniciativas de este ejercicio
concreto de la caridad cristiana, desarrolladas por nuestras Cáritas
parroquiales y diocesana; la Pastoral de la Calle y la Pastoral de Migrantes.
No debería faltarnos nunca en el horizonte vital concreto de nuestra plena
reconciliación con Dios y la comunión espiritual, aquella inquietud de San
Pablo, “¿Qué debo hacer Señor?” (Hechos
22, 10) retomada con la urgente disponibilidad misionera de San Francisco
Javier en una de sus recordadas cartas: “Aquí
estoy Señor, qué quieres que haga.”
Los abrazo y bendigo en Jesús, el buen
Pastor. Nuestra Madre del Rosario cuide nuestro seguimiento fiel y fecundo del
Señor Crucificado que nos da la Vida Nueva en su Pascua gloriosa.
A continuación podés seguir en este link la Santa Misa del Domingo de Ramos, celebrada por Mons. Marcelo Colombo, padre obispo de la Arquidiócesis de Mendoza: