Circ. N° 19/2020: Mensaje en la Segunda Semana De Pascua
Queridos hermanos,
En este segundo
Domingo de Pascua deseo llegar a Uds. para expresarles mi afecto y mi cercanía
en estas circunstancias concretas que atravesamos. En el Evangelio que hoy
escuchamos, la aparición del Señor Resucitado a los apóstoles, aislados y
asustados, para darles aliento y esperanza, para iluminarlos en la misión que
los esperaba, nos compromete y ayuda a entender desde la fe, esta inesperada y
difícil etapa de nuestras vidas.
Hoy nos aislamos
por obediencia a disposiciones sanitarias que urgen nuestra vivencia personal
del mandamiento del amor del Señor. Nos cuidamos, cuidando a los demás. Nos
asustan las cifras que llegan de infectados y muertos de todas partes del
mundo, las características de la pandemia que arrasa con la vida de tantos
pueblos y la perspectiva de que este período de aislamiento social, preventivo
y obligatorio se alargue tanto.
“¡Paz a Uds.!” nos dice Jesús y como a
Tomás, nos muestra las heridas en sus manos y el lanzazo en su costado, para
hacernos notar que ha vencido a la muerte y su nueva vida anticipa nuestra
propia resurrección. Ante el dolor, ante el miedo, ante la incertidumbre, el
Señor nos invita a vivir en su paz y a dejarnos abrazar por su misericordia.
Nos conforta y nos anima con una mirada más larga que esos temores y perplejidades
que hoy nos abruman.
En esta oportunidad, deseo presentarles
una meditación del Santo Padre, “Un plan para resucitar”, en la que nos invita
a vivir este tiempo con responsabilidad. “(…)
pudimos en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la
corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A
diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos
testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y
sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión.”
No dejan de llegarnos consultas sobre la
comunión y la reconciliación. Me gustaría recordarles la Circular Nro. 16 donde
les expliqué el significado profundamente eclesial, sostenido en la más genuina
tradición de la Iglesia y confirmado por el magisterio pontificio, de la
contrición perfecta y la comunión espiritual. No dejo de pensar en cuánto nos
falta para crecer en la comprensión de lo que estamos viviendo y qué importante
es la obediencia a las disposiciones no solamente legales sino, sobre todo legítimas,
de la autoridad, fundadas en el cuidado del bien común, en este caso de la
salud y la vida de todos. “Cada acción
individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias
para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las
autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo
quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la
pandemia.” (Papa Francisco, Un plan
para resucitar)
Los sacerdotes
estamos profundamente conmovidos. En primer lugar, por no poder tener el acceso
natural, el encuentro directo con nuestro pueblo. Ninguno de nosotros pudo
imaginar esto alguna vez. Pero también, como parte de esta Humanidad que sufre,
que se enferma, que muere, no podríamos permanecer nunca indiferentes o ajenos.
La
caridad pastoral nos exige, además del máximo respeto a las disposiciones
sanitarias, atender con cuidado aquellas situaciones dramáticas que requieren
nuestro servicio ministerial. Agradezco a los sacerdotes la respuesta fiel a lo
dispuesto en estas circunstancias.
A los que piden
con insistencia que “los obispos abran las Iglesias”, les recuerdo que estas
disposiciones las ha tomado el Gobierno Nacional en uso de sus atribuciones
constitucionales. La imposibilidad de tener las iglesias abiertas o realizar
celebraciones comunitarias buscan evitar la propagación del virus. Pero nadie
nos prohíbe creer, ni leer la Palabra de Dios, ni rezar, ni ser solidarios, ni
unirnos a aquellas iniciativas de caridad propias de la Iglesia ni contribuir
al sostenimiento de nuestras parroquias e instituciones. A esos hermanos, les
pido que dediquen sus energías a ayudar más que nunca a las necesidades de
nuestros hermanos más pobres, especialmente a través de Cáritas, pero también
de la Pastoral de la Calle, la Pastoral de Migrantes y la Pastoral de la Salud.
Concurran con alimentos no perecederos, alcohol en gel, jabón, dentífrico, ropa
limpia y arreglada; éstos son nuestra oración de amor, nuestra comunión
espiritual traducida en solidaridad y nuestra contrición perfecta por nuestras
faltas de sobriedad y de espíritu evangélico en el uso de los bienes.
Quiero una vez
más, destacar la respuesta creativa, generosa, apasionadamente evangélica de
pastores y fieles de nuestras parroquias, profundamente unidos en celebraciones
e importantes momentos catequísticos en la modalidad virtual que tanto nos
ayuda a hacer la experiencia de sostenernos y alentarnos. Desde la pastoral
juvenil arquidiocesana se han organizado en este tiempo, pequeñas comunidades
virtuales para leer y compartir semanalmente la Palabra de Dios, desde los
distintos rincones de nuestra Arquidiócesis. Con este sencillo ejemplo, me
gustaría hacerles notar cuánta vida está sembrando el Señor entre nosotros,
cómo seguimos siendo Iglesia en salida a partir de estas iniciativas
evangelizadoras.
Agradezco a nuestros voluntarios de
Cáritas y de las pastorales ya mencionadas. Estas semanas han puesto a prueba
nuestra presencia significativa en medio del dolor. Nos dice el Papa en su
meditación: “Vimos la unción
derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas,
limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios,
sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a
entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la
situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la
piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que
sentían que podían y tenían que dar.”
Además de la
extendida actividad en red de Cáritas, en estos días nuestra Pastoral de
Migrantes afrontó la preocupante situación de abandono de numerosos
trabajadores golondrinas en la terminal de Guaymallén. Provenientes de las
provincias y países limítrofes, una vez terminado su trabajo, fueron dejados a
su suerte por varios días. La Pastoral de Migrantes ha asistido con alimentos,
ropa limpia, duchas y ayuda en algunos casos para los pasajes de estos
hermanos, muchas veces sorprendidos en su buena fe por los abusadores de siempre.
Unos diez micros pudieron regresar a sus provincias y países de origen. Todavía
quedan algunos trabajadores en fincas por tareas pendientes. Ojalá pronto
puedan volver a sus hogares, con el sustento ganado honestamente con su
trabajo. Pido a sus empleadores, muchos de ellos cristianos, y quiero pensar,
todos argentinos de buena voluntad, que ayuden a sus trabajadores, a asegurarse
con anticipación la viabilidad del regreso a sus hogares.
En este momento, pesado como las piedras del sepulcro del Señor,
doloroso y difícil de sobrellevar en soledad, el Papa nos pide pensar en los
tiempos que vienen. Porque la pandemia pasará y la vida retomará su curso,
aunque en condiciones distintas. Francisco nos hace preguntas que
constituyen un verdadero deber de conciencia
para el creyente: “¿Seremos capaces de
actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay
alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio
cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder?
¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la
pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que
posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad
internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio
ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia
seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los
anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad.” (Papa Francisco, “Un plan
para resucitar”)
Hoy hace un mes,
el Presidente de la Nación comunicaba el comienzo de la cuarentena, cuya fecha
precisa de cese aún desconocemos. Podemos imaginar que para retomar la vida
ordinaria que llevábamos, todo será lento y paulatino en función de evitar más
contagios. De lo que sí estamos seguros es que sólo podremos salir juntos de
esta difícil situación. El Papa nos alienta a percibir la necesaria unidad del
género humano ante esta prueba de nuestra fragilidad y a potenciar todas las
iniciativas que hagan converger a los hombres en la búsqueda de soluciones
donde esté el contemplado el bien de todos.
Y en este camino de la Humanidad, los
creyentes más que nadie, debemos ser testigos de la Vida que nos viene de Dios
y animar entre nosotros y ante todos los hombres, aquella esperanza que no
defrauda porque está puesta en el Señor, que siempre quiere nuestro bien. Así
nos decía hoy la Primera Carta de Pedro en la segunda lectura de la Misa: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo que,
en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a
una esperanza viva.” (1Pe 1,3)”. Y continuaba alentándonos el
autor sagrado: “(…) la fe de ustedes, una
vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado
por el fuego.” (1Pe 1,7).
Los abrazo y bendigo en Jesús, rostro de
la misericordia del Padre. Que nuestra Madre bendita del Rosario nos ayude a
entender esta hora del género humano y a hacer todo lo que Jesús nos diga.
Mendoza, 19 de abril de 2020.-
+Padre Obispo Marcelo Daniel Colombo