Compartimos la Homilía de nuestro Padre y Pastor con ocasión de celebrarse la Fiesta Diocesana 2020, el domingo 4 de octubre.
Con alma y pies de peregrinos
venimos a esta Casa de la Madre de Dios, en la Basílica de Nuestra Señora del
Rosario de la ciudad de Mendoza. Muchos hermanos nos acompañan desde sus casas,
con la oración en familia, a través de las plataformas virtuales.
En la primera lectura (Hch. 1,
12-14), hemos escuchado un brevísimo texto del libro de los Hechos de los
Apóstoles, que nos sitúa en un contexto muy particular, entre la Ascensión del
Señor y Pentecostés, con proyecciones para la vida de la Iglesia que está
naciendo.
Podemos ver dos elementos altamente significativos: la presencia de María y su unión con los discípulos de su Hijo en la plegaria. La Virgen está presente en medio de la comunidad, como Madre de Jesús, “perseverando en la oración”. Es la madre que sostiene, que anima, que hace presente a su Hijo en la plegaria común, en la oración, mientras esperan y anhelan el Espíritu prometido. La Madre del Señor es nuestra Madre, y también hoy quiere estar junto a nosotros cuando en la incertidumbre, la desesperanza, la preocupación, rezamos y queremos responder de todo corazón a la llamada de Dios.
Como acompañó a la Iglesia
naciente, quiere estar hoy junto a sus hijos. Esa presencia perseverante de
María en la plegaria, interpela nuestra propia oración, nuestra búsqueda de
Dios y de su Reino, nuestra cercanía al Evangelio de la fraternidad entre los
hombres. En este tiempo de dolor de la Humanidad, cuando pedimos el Espíritu
Santo para iluminar nuestras vidas, Ella anima nuestros corazones decaídos.
“Pues
es con la oración como se vence la soledad, la tentación, la sospecha y se abre
el corazón a la comunión. La presencia de las mujeres y de María, la madre de
Jesús, intensifica esa experiencia: fueron las primeras en aprender del Maestro
a manifestar la fidelidad del amor y la fuerza de la comunión que vence todo
temor” (Papa Francisco, Catequesis
sobre el Libro de los Hechos, 29 de mayo 2019)
En el libro del Apocalipsis leemos que el Arca de la
Alianza es una persona viva y concreta: la Virgen María. En el Antiguo
Testamento, el arca conservaba las dos tablas de la ley de Moisés, que
expresaban la alianza de Dios con su pueblo. Pero desde el sí de María en la
Anunciación, sabemos que la Alianza de Dios con nosotros no habita en un
mueble, vive en una persona, en un corazón: En María, la que ha llevado en su
seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador.
Para nosotros, “María
es el arca de la alianza, porque ha acogido en sí a Jesús; ha acogido en sí a
la Palabra viviente, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de
Dios; ha acogido en sí al que es la nueva y eterna alianza, culminada con el
ofrecimiento de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos por
María. Ella es “arca de la alianza”,
arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios ha querido
expresar de manera definitiva en Cristo para toda la humanidad.” (Papa Benedicto, Homilía en la Asunción, 2011)
En el Evangelio, el saludo del ángel Gabriel nos
llena de alegría: “Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo.” Es un saludo que serena porque nos habla de
la presencia de Dios en María, y nos interpela porque anticipa un compromiso
mayor: “Concebirás y darás a luz un hijo,
y le pondrás por nombre Jesús; Él será grande y será llamado Hijo del
Altísimo.”
Apenas comprende desde la fe, el llamado de Dios,
María responde sin hacerse esperar: «Yo
soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra». Su
disponibilidad a la Obra de Dios es plena y confiada. El Sí de María a la
voluntad de Dios expresará en adelante su total identificación con la
invitación de Dios a un nuevo tiempo, al tiempo anhelado para su Pueblo.
En estas duras circunstancias que vivimos, aceptar
la voluntad de Dios sigue siendo el gran desafío. Descubrir su presencia en los
acontecimientos cotidianos, su llamada en las urgencias de la vida diaria, su
voz en el silencio del dolor físico y espiritual, como en las atronadoras
informaciones que nos afligen, son exigencias del discernimiento creyente en el
camino de nuestra respuesta de amor, madura y generosa.
Decir serenos y confiados, “Hágase tu voluntad”, es
nuestra meta, nuestro deseo de vivir fielmente, desde el amor, esta condición
de Hijos que nos hermana en el Señor.
Por eso, celebremos a nuestra Madre del Rosario,
patrona de Mendoza, queriendo tener como Ella, el corazón abierto y disponible
a la voluntad de Dios. María es el Arca de la Alianza, portadora en su vientre
del signo indeleble con que el Padre nos ha amado, su propio Hijo, El que
expresa con su entrega, la Alianza definitiva de Dios con los hombres. Cuidando
la Alianza en nuestro corazón frágil e inconstante y animando la oración del
pueblo creyente, está la Madre del Rosario; Ella permanece en oración junto a
nosotros. Y nunca nos defrauda.
No olvidamos la presencia de María en nuestro camino
sinodal apenas comenzado, en continuidad con la intensa vida de encuentros de
oración y discernimiento pastoral de esta Arquidiócesis en el pasado. Si la
pandemia y sus consecuencias sanitarias nos han apartado circunstancialmente de
la presencialidad e inmediatez de nuestras reuniones, no decae nuestra vocación
de seguir creciendo como Iglesia cercana y en comunión.
Si el distanciamiento o el aislamiento nos privaban
del abrazo y los encuentros, la lógica de la comunión y la cercanía nos
invitaban a procurar seguir comunicándonos con mayor creatividad procurando no
dejar a nadie fuera de la invitación de Dios a ser Iglesia de la alegría del
Evangelio. Le traigo a la Virgen estos casi siete meses de intenso trabajo
pastoral, vividos por nuestra comunidad eclesial con mucha generosidad, más aún
en la imposibilidad de vernos como siempre:
- Las celebraciones y encuentros bien preparados, de cursos y charlas procuraron a través de las redes sociales y las plataformas digitales, llegar a tantos hermanos y hermanas, para seguir anunciando la Palabra, animar la devoción eucarística, profundizar la solidaridad de los creyentes. Queríamos sostener la vigencia de un vínculo fraterno que nos une más allá de la ausencia física, para seguir más juntos que nunca. Por eso deseo agradecer a sacerdotes y fieles la creatividad de su entrega.
- El voluntariado juvenil animó y anima la solidaridad como expresión de una Iglesia que es misericordia y ternura de Dios para sus hijos. Nuestros jóvenes relevaron a tantos adultos mayores y ancianos que nutrían el servicio de Cáritas Mendoza y las Cáritas parroquiales, tomando la posta en la distribución de alimentos y la realización de la colecta nacional.
- La conciencia ciudadana nos permitió hacernos presentes como Iglesia en la colaboración con la atención de problemas y urgencias de la sociedad mendocina: la aplicación de la vacuna antigripal en ancianos y grupos de riesgo, tuvo lugar mayormente en espacios de la Iglesia; así también, la recepción de mercaderías y encomiendas destinadas a los presos, tiene en nuestras parroquias puntos de recolección para evitar la circulación del virus en los establecimientos carcelarios.
- Desde el 12 de junio tuvimos la posibilidad de
celebrar la Eucaristía. Más allá de las restricciones posteriores, esto
significó el regreso de las misas con grupos de treinta personas. Allí la laboriosidad
de tantos fieles, permitió adaptar los templos e iglesias a las medidas
dispuestas. He visto la seriedad con que se cumplen las disposiciones del
protocolo y esto anima a seguir esperando que pronto tengamos más personas en
las celebraciones.
Esta celebración tan significativa para nuestra
comunidad eclesial recoge también lo que hemos querido recordar con memoria
agradecida en esta tarde: la celebración del Congreso Mariano Nacional,
cuarenta años atrás aquí en Mendoza, y el centenario del nacimiento de Mons.
Rubiolo que fuera buen pastor de esta Iglesia mendocina.
Aquel acontecimiento de carácter nacional permitió a
nuestra Iglesia mendocina constituirse en anfitriona de un siempre necesario
homenaje a la Madre del Señor. En tiempos difíciles de la comunidad nacional,
Ella nos invitaba a redescubrirnos hermanos y a trabajar fuertemente por el
bien común. Peregrina siempre presente en el corazón de los creyentes, María
nos llevaba de su mano materna, al encuentro de Cristo, su Hijo, con “la promesa de victoria, nuestro triunfo
sobre el mal” (Himno Congreso Mariano Nacional 1980)
En la evocación de Mons. Rubiolo, me gustaría
recordarlo con sus propias palabras en el 50° aniversario de su ordenación
sacerdotal, su “magnificat” personal, sencillo y sereno ante la obra de Dios en
su vida.
“A semejanza de
Nuestra Madre y Patrona yo también siento la necesidad de cantar la grandeza
del Señor y proclamar su misericordia. Todo, absolutamente todo, en mi ya larga
vida, ha sido y es un DON de Dios, un Regalo de su infinito amor. Con toda
verdad puedo afirmar que «soy obra de sus manos». A pesar de mis
faltas de fidelidad a las gracias recibidas a pesar de mi «pequeñez
espiritual», «obró en mí grandes cosas el Todopoderoso». Al
celebrar cincuenta años de vida sacerdotal, no puedo menos de entonar un himno
de acción de gracias por todos los favores que Dios me ha dispensado; como
también por los momentos de dolor y de cruz, ya que ellos me ayudaron y me
ayudan a vivir el Misterio Pascual de un modo más profundo y personal.”
Quiero poner en manos de la Virgen, nuestro
Seminario Arquidiocesano, a nuestros formadores, a los jóvenes seminaristas y
sus familias y comunidades de origen, para que Ella los acompañe en el
seguimiento del Señor; que nuestros seminaristas siempre tengan en sus vidas
como meta, el servicio generoso a los hermanos, en la alegría de anunciar el
Evangelio y entregarse con todo su corazón, con toda su alma, con todo su
Espíritu, al Reino de Dios y su justicia.
La Iglesia mendocina de ayer, de hoy, de siempre, a
los pies de su Madre, la Virgen del Rosario, renueva su compromiso de ser una
Iglesia cercana, fraternal y misionera. Ella siempre nos indicará el mejor
camino para llegar a Jesús.
+Marcelo Daniel Colombo,
arzobispo de Mendoza