UNA PEQUEÑA VIÑA DESTINADA A DAR MUCHO FRUTO

La arquidiócesis de Mendoza tiene 61 817 km² y extiende su jurisdicción sobre los fieles católicos de rito latino residentes en la provincia de Mendoza en los 15 departamentos de: CapitalGodoy CruzGuaymallénJunínLa PazLas HerasLavalleLuján de CuyoMaipúRivadaviaSan CarlosSan MartínSanta RosaTunuyán y Tupungato.

La sede se encuentra en la ciudad de Mendoza, en donde se halla la Catedral de Nuestra Señora de Loreto.

El inicio de su historia tiene como hito el 20 de abril de 1934, cuando el papa Pío XI erigió la diócesis de Mendoza por la bula Nobilis Argentinæ Nationis, designando a Mons. José Aníbal Verdaguer su primer obispo. Aquellos primeros tiempos verdaderamente fundacionales, permitieron a sus miembros vivir como sarmientos de la verdadera vid, enraizados en un ambiente desafiante que dio a esta cepa características únicas.

Mons. José Aníbal Verdaguer (1935-1940), hijo de esta tierra mendocina, murió a los pocos años de haber empezado a desplegar la viña diocesana en sus primeros brotes. Al momento de su nacimiento, si bien contaba con pocos sacerdotes, Mendoza ya tenía un floreciente laicado comprometido en una Acción católica nacida pocos años antes para procurar que esta parcela eclesial pudiera ser verdaderamente una porción de la Viña del Señor, estructurada en torno al carisma apostólico del obispo, historiador y catequista, fuerte impulsor de la vida consagrada.

Con la llegada de Mons. Alfonso María Buteler (1940-1973) a la sede mendocina, en 1940, la pequeña parra plantada en el desierto se consolidó, desplegando su rica vida institucional al servicio del Evangelio, hasta llegar a ser constituida como Arquidiócesis en 1961. Este proceso de crecimiento y maduración se verificó en la extensión de las ramas especializadas de la Acción católica, la creación de un seminario propio, el aumento de las vocaciones y de presencia religiosa, en múltiples centros de evangelización, y en el nacimiento de Cáritas.

La Iglesia de Mendoza no fue ajena a las tensiones eclesiales nacidas de las resistencias a incorporar los importantes aportes del Concilio Vaticano II. Aquella crisis, cual fuerte granizada, dejó la viña raleada. Pero, sacramento hecho de la materia de esta cultura, la Iglesia mendocina supo ponerse de pie y recomenzar el trabajo, desde abajo, con el tesón necesario para avivar la mecha humeante, para no quebrar la caña cascada y para depositar con confianza en el surco los granos rescatados. Bajo la paciente y paternal conducción de su tercer obispo, Mons. Olimpo Santiago Maresma (1974-1979), esta porción del pueblo de Dios fue recuperando vida y fuerza, fortaleciendo los vínculos entre sus miembros, presbíteros y laicos.

Los primeros brotes del nuevo tiempo, comenzaron a despuntar con la preparación del Congreso mariano nacional (1980), regalando fuerzas nuevas a la viña: la reapertura del seminario, la consolidación y crecimiento de los movimientos apostólicos laicales y juveniles, así como numerosas iniciativas pastorales, la catequesis y pastoral familiar y el establecimiento del diaconado permanente. Con Mons. Cándido Genaro Rubiolo (1979-1996) la iglesia mendocina reverdeció en su prodigalidad e iniciativa evangelizadora.

Con el fecundo pastoreo de Mons. José María Arancibia (1996 – 2012) se consolidaron y profundizaron las pastorales diocesanas como consecuencia de un gran trabajo de organicidad y comunión y una profusa legislación pastoral, el nacimiento de iniciativas misioneras ad gentes y de nuevos centros de formación, así como el desarrollo de los ya existentes; las visitas pastorales cuidadosamente preparadas y llevadas adelante, consolidaron la estrecha conexión entre la arquidiócesis y las parroquias.

Con Mons. Franzini se fortalecieron los distintos espacios de formación permanente del presbiterio y se dinamizó una necesaria reestructuración económica para afrontar las dificultades de la escasez de recursos materiales. Junto a la acogida de los aportes del Papa Francisco sobre el acompañamiento de la vida familiar, en especial de las situaciones de mayor fragilidad y frente a las dolorosas situaciones vividas en Mendoza, se asumió con decisión la prevención y lucha contra los abusos. Su conocido cariño por las pastorales de calle dio mayor impulso al servicio de los mas necesitado.

Desde el 22 de mayo de 2018 su arzobispo es Mons. Marcelo Daniel Colombo. Bajo su cura pastoral la arquidiócesis se integra con 73 parroquias y 2 cuasiparroquias, agrupadas en 8 decanatos territoriales, para una mejor coordinación del servicio pastoral, el fomento de fraternidad pastoral y la mejor distribución de los ministros. A las sedes parroquiales se suman más de doscientas capillas, comunidades de oración, culto y caridad distribuidas a lo largo de la diócesis.

UNA IGLESIA TODA MINISTERIAL

La arquidiócesis de Mendoza destaca por una nutrida nube de testigos del Señor, sacerdotes, religiosas y laicos, que nuestras comunidades recuerdan con emoción pues las han edificado con el regalo de sus vidas.

Cuando reflexionamos sobre nuestra propia vocación, aparecen sus nombres; con su entrega ejemplar suscitaron en nosotros la pregunta por nuestra vocación y misión en la Iglesia.

La de Mendoza es una Iglesia toda ministerial en la que resplandece nuestra historia pastoral. Se organiza en torno a cuatro “vicarias episcopales” que organizan el servicio el Evangelio. Ellas son la Vicaría Episcopal para la evangelización, La Vicaría Episcopal de la Solidaridad, la Vicaría Episcopal para la Formación y la Vicaría episcopal para los asuntos económicos. En su modo de ser, se expresa una Iglesia toda servidora y presente en cada uno de sus hijos todos consagrados al bien de los hermanos.

Esa vid fecunda plantada en tierra cuyana, se expresa hoy como una Iglesia servidora, en la vida y el ministerio de ciento cuatro sacerdotes diocesanos, ochenta y cuatro diáconos, y cuarenta ministros laicos actuando en distintos servicios y funciones.

Nos enriquecen con su presencia una docena de comunidades de vida consagrada masculina, más de veinte comunidades religiosas femeninas de vida activa y dos de vida contemplativa además de cinco institutos seculares. Las vírgenes consagradas con su entrega son signo de la Iglesia diocesana, activa y prodigada en distintos servicios apostólicos.

Unos cuarenta movimientos y asociaciones de apostolado laical y más de treinta comisiones diocesanas, testimonian la presencia apostólica de tantos hermanos dedicados a compartir la vida y la misión de la Iglesia.

Nos esperanzan los seminaristas que se forman en nuestro seminario y una activa pastoral vocacional que anima el discernimiento de la respuesta al Señor de nuestros jóvenes.

Nos alegran con su entusiasmo y compromiso apostólico una amplia familia al servicio de la formación de los discípulos y misioneros de la familia diocesana.

Destaca la casa de formación de nuestros futuros pastores, el tan querido seminario Arquidiocesano “Nuestra Señora del Rosario”, donde varones llamados por el Señor disciernen y se preparan al sacerdocio ministerial por medio de una formación de 7 años organizada en un camino discipular y configurativo.

En nuestro seminario funciona además el Instituto Nuestra señora del Rosario, donde los laicos pueden encontrar el profesorado en filosofía.

Nuestra iglesia local posee la Escuela de Ministerios Eclesiales “San José” (EME) erigida por Mons. Cándido Rubiolo el 11 de marzo de 1983, animada en su continuidad y organización a través del dictado de Estatutos, Instructivos, Planes de estudios, por los sucesivos arzobispos de Mendoza, es un instituto destinado a la formación humana, teológica, espiritual, y pastoral de los candidatos a los ministerios bautismales a saber: los ministerios de lector, acólito y catequista establecidos por la Iglesia universal y el ministerio de animador pastoral, erigido por la arquidiócesis de Mendoza.

La EME, además forma varones cristianos llamados al diácono permanente quienes son formados para su configuración a Jesucristo Siervo, Maestro y Pastor por el sacramento del Orden, para colaborar con el Obispo y su presbiterio en la animación de la triple diaconía del Pueblo de Dios. Ellos son en la Iglesia signo sacramental de Cristo Siervo, llamados a servir a la Iglesia, servir en la Iglesia y animar el servicio de la Iglesia

Los distintos centros de formación de catequistas esparcidos a lo largo de los decanatos acompañados por la Junta Arquidiocesana de Catequesis, así como los centros de formación teológica Alfonso Milagro y de Pastoral Bíblica, con sus dos sedes, expresan el deseo de tantos hermanos de conocer al Señor para poder testimoniarlo.

Nuestros 58 colegios católicos acompañando la formación de nuestros niños y jóvenes, nucleados en CEDUCAR y CONSEC, nos hacen ver la fuerza de la educación en esta misión testimonial de la Iglesia.

UNA IGLESIA DE LA MISERICORDIA

Un sano orgullo familiar nos inunda al mirar nuestra familia diocesana. En nuestra condición de creyentes, no nos desentendemos, no miramos para otro lado, no hacemos de cuenta que no pasa nada. Los dolores y sufrimientos de tantos hermanos, su pobreza y exclusión nos duelen e interpelan. Nuestro lugar no es el de la acción política ni tampoco el de los técnicos o especialistas. Una Iglesia de la misericordia predica el amor de Dios y el compromiso de su Hijo con sus hermanos los hombres. Lo hace con gestos que hablan del buen samaritano que el Padre nos ha dado en Jesús.

Nuestras pastorales de trinchera testimonian la presencia del Señor entre nuestros hermanos más pobres. En la primera línea del fuego del dolor y la exclusión, nuestros voluntarios y voluntarias hacen visible el poder del amor que genera el milagro cotidiano, muchas veces trabajoso y artesanal, de contribuir con un poquito de dignidad a tantos que sufren y no cuentan para el sistema.

Así actúan nuestros entregados voluntarios permanentes de Cáritas Mendoza y nuestros agentes pastorales integrando entre otras, la Pastoral de Adicciones con sus diversas metodologías para enfrentarlas, la Pastoral de la Salud, la Pastoral Carcelaria, la Pastoral de la Calle, la Pastoral Guadalupe contra la trata y la Pastoral de Migrantes.

En cada parroquia y centro de actuación de nuestras pastorales, resuenan con fuerza inclaudicable las palabras de Jesús:” … tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver». (Mateo 25, 35-36)

UN IGLESIA EN PERMANENTE ACCIÓN DE GRACIAS

Además de agradecer al Señor por los más de noventa años de la creación de la diócesis de Mendoza, queremos comprometernos con el tiempo que vendrá, para que esta Iglesia de Cristo lleve adelante su misión de testimoniar a nuestro Señor y hacerlo presente en su propia vida institucional y en sus dones y capacidades puestos al servicio de los hombres.

La visita misionera de tantos hermanos de la Arquidiócesis ha sido un r galo y un aliento para extender esta sensibilidad apostólica más allá de esta fecha jubilar. Hoy es un pequeño alto en el camino para celebrar con efusión la obra de Dios en su Iglesia, pero queremos seguir y profundizar este estilo misionero de los Apóstoles, que urge a la Iglesia de todos los tiempos.

Juntos damos gracias Señor por esta Iglesia mendocina. Por sus hombres y mujeres enteramente llamados y enviados a anunciarte. Gracias por la invitación permanente a celebrar tus dones y tu vida nueva. Gracias por los desafíos que nos animan a trabajar con pasión evangélica, poniendo la mano en tu arado. Gracias por el dolor al reconocer nuestros errores y pecados y gracias por el deseo y la decisión de enfrentarlos para no opacar tu presencia en este rebaño mendocino. Gracias por nuestras familias y nuestros mayores que testimonian las raíces de nuestra llamada y nos urgen a la fidelidad de los orígenes con el deseo de afrontar la realidad sin huir ni negarla, para amarla y transformarla.

Gracias por nuestros jóvenes que nos esperanzan y nos contagian de entusiasmo con sus sueños y proyectos más allá de los límites y dificultades. Gracias por nuestras parroquias donde crece la comunidad y se apoya la vida de fe de ciudades, pueblos y barriadas. Gracias por estos noventa años y por cada uno de los que vendrán, oportunidad de vivir con vos los desafíos del existir humano, para hacerlos historia de salvación.

En las manos de la Virgen del Rosario ponemos las nuestras. En su oración descansamos y con su cercanía maternal nos sentimos invencibles. 

Nuestra Señora del Rosario, ruega por nosotros.