Mendoza casi se llama Resurrección

 

Mons. José María Arancibia dirige un saludo de Pascua a la sociedad mendocina

Mensaje para la Pascua del Bicentenario


Mendoza probablemente celebró la Pascua desde su fundación como ciudad (1561). Hasta estuvo a punto de llamarse “Resurrección”, cuando poco tiempo después volvieron los fundadores a trazar el plano para distribuir las tierras, precisamente en un domingo de Pascua. En mi escritorio conservo una copia de este valioso documento antiguo.

¿Cómo vive hoy nuestro pueblo su Pascua? No pienso sólo en la concurrencia multitudinaria a los templos, sino en el talante interior de los mendocinos. Y no entiendo esta celebración únicamente en su comprensión cristiana, sino en el concepto más amplio que puede tener. Es decir, en las ganas que la sociedad demuestre de: renovarse, resurgir, recuperarse, levantarse, superar sus problemas, etc.

Preguntado de otro modo: ¿cómo quisiera vivir Mendoza su Pascua de Bicentenario? La que “acunó la libertad”, como cantamos en Vendimia, ¿de qué quisiera hoy liberarse? Y más todavía, ¿para qué tipo de vida quiere ser libre? Me surgen muchas preguntas pero reconozco que sólo me toca aportar como pastor. Ese es mi ángulo de visión y el servicio que puedo brindar. Hay mucha gente en esta tierra que tiene sabiduría, experiencia, y sobre todo sentido común, para imaginarse otras preguntas y muchas otras respuestas. Pero confío en el diálogo y el intercambio, que siempre nos enriquece y hace crecer.

De mi parte, entonces, ofrezco una reflexión desde el mismo Evangelio. Jesús, muerto y resucitado, es el mismo Evangelio; la Buena Noticia. Su Pascua ilumina todo deseo o proyecto humano de transformación y crecimiento. Cuando Él abandonó el sepulcro y volvió a tomar la vida que había entregado por amor, la fe débil de sus seguidores terminó de creer y comprender muchas palabras y gestos suyos. En sus andanzas en medio de la gente, había ido señalando qué iba a ofrecer con su muerte en la cruz y su resurrección de entre los muertos. La novedad esperada comenzó a vislumbrarse cada vez con mayor luz. Volver sobre algunas escenas evangélicas nos da hoy motivo de conversación y de sincero examen.

Los hipócritas y mentirosos de aquel tiempo encontraron en Jesús una firme y severa reprimenda. Los enfermos, en cambio, salud y consuelo. Quienes eran rechazados y discriminados hallaron cercanía y comprensión. Los angustiados y preocupados: una razón para confiar. Los pobres, hambrientos, sedientos y desnudos, entendieron que Él se identificaba con ellos para ser objeto del amor solidario. Mientras que los orgullosos tuvieron una lección de sencillez y humildad. Aquellos que andaban sin convicciones y sin rumbo, obtuvieron una enseñanza clara sobre el discernimiento y la previsión necesaria en la vida. Los ingratos fueron advertidos de su descuido. Y los que pensaban sólo en conquistar bienes materiales, supieron que no sólo de pan vive el hombre sobre la tierra. Los extraviados y alejados tuvieron la dicha de ser buscados para integrarse de vuelta a la seguridad del rebaño. Por último, si algunos calculaban perdonar y amar a unos pocos, les propuso un ideal tan grande como el corazón del mismo Dios.

En un mensaje como éste, no he puesto las citas bíblicas. Pero pienso que esta ausencia puede ser un estímulo para que volvamos a sus páginas llenas de sabiduría divina, de amor y de segura esperanza.

La Pascua cristiana es para levantar el ánimo, para recuperar entusiasmo y fuerza. No sirve sólo para confirmar buenos propósitos, ni para anhelar mayor justicia humana. Abandonados a nuestras fuerzas no logramos ni siquiera lo que quisiéramos llevar a cabo. La Pascua muestra en cambio la profunda debilidad humana y la grandeza de Dios que quiere levantar, sanar y guiar a la humanidad hacia ideales superiores, que parecen inalcanzables, pero lo son en verdad con su poderosa ayuda.

En este Bicentenario, y quizás para siempre, Mendoza seguirá llevando ese nombre vasco que le dieron y que conservó hasta ahora. Espero sin embargo, que con el sentido y el esfuerzo común, tengamos la lucidez y el valor de levantarnos o de recuperarnos de todo aquello que más necesitamos en estos tiempos nuevos. ¡Felices Pascuas de Resurrección para todos!

José María Arancibia,
arzobispo de Mendoza