Pastores con Jesús para producir frutos de amor

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en las Ordenaciones sacerdotales. Santuario Nuestra Señora de Lourdes. 20 de marzo de 2010

1. Una vocación comprendida y gozada desde la fe

Cuando dos hombres jóvenes, capaces, bien parecidos, se entregan a Dios para siempre, hay quienes se asombran. Las personas consagradas, como los lugares sacros, son signos del misterio divino, y a veces impresionan. Aunque hay quienes no los comprenden, y hasta lo consideran un desperdicio. Sólo desde la fe se puede comprender, en cierto modo, ese misterio. Vale la pena detenerse a contemplarlo con el asombro debido y gozarlo como corresponde.

Los creyentes, al ser catequizados con la Palabra, conocemos y admiramos la elección de un pueblo por parte de Dios; un pueblo que hizo suyo, y en el cual eligió jueces, reyes, sacerdotes y profetas. A través de muchas páginas de la Biblia descubrimos la acción misteriosa de Dios en la historia. Siempre en favor de los hombres. En la plenitud de los tiempos, nos fue dado Jesús, Hijo eterno y predilecto de Dios, reconocido como tal por la fe. Él lleva el nombre de Cristo o Mesías, el Elegido, aunque en la pasión usaron esos títulos para burlarse de él (cf Lc 23,35). Él posee la dignidad sacerdotal en la nueva alianza, pero no se atribuyó esa gloria, sino que a su vez la recibió del Padre (cf Hebr 5,5-6).

Horacio y Ernesto se han sentido llamados por Jesús, como los apóstoles, a quienes dijo: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto ... “ (Jn 15,16). Ellos respondieron, para estar un tiempo a solas con Él; como hicieron los doce (cf Mc 6,31). A través de varios años de formación, han madurado su vocación, por medio de la oración, el estudio, la vida fraterna y la práctica pastoral. En los últimos meses, la Iglesia ha reconocido en ellos esa gracia, y los ha aceptado a la ordenación diaconal y ahora presbiteral. Pero todos reconocemos que este paso no es sólo una opción de vida, sino una experiencia singular de fe, que por eso se puede vivir con confianza segura y animosa, aún en momentos difíciles. Pablo dice en su carta: “soporto esta prueba, no me avergüenzo, sé en quien he confiado...(2 Tim 1,12). Una experiencia que trasciende el humano conocer y sentir. Si hoy emociona esa presencia de lo sagrado, le pedimos a Dios la gracia de mantenerla. El sacerdocio es un don de Dios, nunca merecido ni comprendido, pero siempre admirado porque maravilla y cautiva.

2. Llamados a ser signo e instrumento de Cristo, Sacerdote y Pastor

La vocación sacerdotal tiene su origen en Cristo y mantiene su referencia permanente a Él. Creyendo reconocemos su llamado; confiando en Él respondemos; y sólo unidos a Él somos fecundos y felices. ¿Donde encuentra el sacerdote su identidad, su plena verdad? Según la fe de la Iglesia, él se reconoce como: participación y continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote; imagen viva y transparente de Cristo (cf PDV 12,4). Instrumento vivo de Cristo, Sacerdote eterno, para proseguir en el tiempo la obra admirable del que reconcilió a todos en su Cuerpo (cf PDV 20,1).

Hacemos esta profesión de fe católica con certeza y gozo. La grandeza del don que se concede por el sacramento del Orden Sagrado conmueve y entusiasma. En este año sacerdotal, hemos vuelto a leer bellas frases del Cura de Ars, como ésta: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”. Él decía sobre el sacerdote y la parroquia: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.

Movidos por esa misma fe, sentimos la grandeza del amor de Dios y la pobreza de nuestra persona. Como Pedro el día de la pesca milagrosa, y asombrados de la obra de Dios, confesamos: “Aléjate de mi, Señor, porque soy un pecador” (Lc 5,8). Aunque al comprobar nuestra miseria, escuchamos de Él una y otra vez: “No teman” (Lc 5,10). Él no eligió por pura bondad para ser pescadores de hombres. En su nombre echamos las redes. El Cura de Ars expresaba este contraste, en el lenguaje de su época: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos, no de miedo sino de amor ....”

3. Depositarios de la Palabra y del amor de Jesucristo

El Evangelio ha resonado en esta asamblea como un mandato solemne e imperioso: Guarden mi Palabra - Ámense unos a otros. ¡Qué exigente aparece el Señor! Nos pide aquello que el mundo no logra poner en práctica, aunque lo desea y añora.

No obstante, es bueno adentrarse en la comprensión del texto de Juan, que a veces resumimos con la frase de su carta: “... Él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados” (1 Jn 4,10). Así también su Evangelio proclama una maravillosa corriente de amor, que saliendo del Padre se vuelca en el Hijo, y de éste a sus discípulos, para que se amen entre sí. El amor no es sólo un mandamiento, sino la fuerza transformadora del mismo amor divino, comunicada al Hijo eterno y encarnado, para que la ofrezca al modo como: renacimiento, iluminación y vida nueva; milagro que capacita para un amor al estilo y a la medida de Dios. Jesús les llama “amigos”, porque compartieron con Él el misterio de la comunión trinitaria; el intercambio de vida y amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu. De esa comunión brota a su vez un gozo pleno, como de una fuente inagotable. Así lo viviremos en pocos días durante la celebración del jueves santo, cuando el Señor se presente lavando los pies, como símbolo de su entrega de amor hasta el fin, y de la purificación de todo corazón creyente (cf Jn 13,1-17).

Es verdad que este regalo incomparable requiere “permanecer” en su amor, con fe, esperanza y con el fruto de las buenas obras, como dice el Señor. Así la confianza de experimentar el amor recibido y el corazón cambiado, da lugar a la revisión constante de nuestra vida; a buscar la conversión constante y sincera. Si somos testigos e instrumentos de Dios, lo somos también de nuestra fragilidad y de la misericordia de nuestro Dios.

4. Pastores con Jesús para producir frutos de amor

Según el Evangelio proclamado, la grandeza del discípulo y del apóstol radica en el amor recibido y dado a los demás. Es decir: en imitar la iniciativa de Dios para amar aún antes de ser amados. Estos muchachos van a ser configurados con Cristo, para compartir Su caridad de Pastor incansable y misericordioso. Vamos a pedir para ellos un corazón sensible, noble y fuerte. Un amor grande, que el celibato ayude a mantener generoso, abnegado y abierto a todos, a semejanza del Señor. Tengamos plena confianza en la fuerza del Espíritu que vamos a invocar sobre ellos.

Hace muchos años (1961), ordenando algunos presbíteros, el futuro Papa Pablo VI, describía así el mundo al cual lo enviaba: “Un mundo profano, un mundo difícil, un mundo quizás hostil y corrompido; pero es el mundo al cual el Señor los destina como ministros; un mundo lleno de necesidades espirituales; un mundo que espera y que llama, un mundo que salvar y amar”. ¡Cuántos adjetivos podríamos añadir hoy para completar la descripción de la situación actual! Pero pongamos mayor atención a los dones generosos de gracia, que han de acompañar a estos nuevos presbíteros y que ahora suplicamos.

Espíritu Santo, concédeles:

-un corazón de discípulo, siempre atento al Evangelio, para seguir, obedecer y servir al Señor con perseverancia

-un espíritu joven, entusiasta, incansable, para buscar el bien de todos, aún entre peligros y dificultades

-un corazón fuerte preparado para comprender a todos, sostener a los más débiles, y no desistir aunque sean incomprendidos

-en definitiva: el amor grande del mismo Jesús, supremo pastor, para acercarse a los alejados y los pecadores, consolar a los tristes, levantar a los caídos, sostener a los que desconfían, y mostrar el camino seguro a los descarriados.