Exequias del Diácono Héctor Tonetto

 

Parroquia “Santa Ana”, martes 26 de enero de 2010

El pasado martes Mons. Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza, presidió la misa fúnebre en las exequlas del diácono Héctor Tonetto.

En su homilía despidió al hermano y servidor de la Iglesia. "Estamos convencidos que el Señor lo encontró con las vestiduras ceñidas y su lámpara encendida, velando y esperando su venida", expresó el obispo.

Texto completo del mensaje

Estamos celebrando la hora en la que nuestro querido hermano y amigo, el Diácono Héctor Tonetto, ha sido visitado por el Señor.

Estamos convencidos que el Señor lo encontró con las vestiduras ceñidas y su lámpara encendida, velando y esperando su venida.

El encuentro de Héctor con Jesús ha sido sorpresivo, para él y para nosotros. Nos duele su partida. La fe cristiana, sin embargo, nos ofrece un gran consuelo: tenemos la certeza que, ahora, el Señor Jesús ha recogido su túnica, como dice el Evangelio, lo ha sentado a su mesa en el Reino celestial y se ha puesto a servirlo, a él, que fue su fiel servidor (diácono) en esta tierra.

* * *

En la primera lectura hemos escuchado la conmovedora plegaria de Job, el inocente puesto a prueba:
“Porque yo sé que mi Redentor vive … Y después que me arranquen esta piel, yo, con mi propia carne, veré a Dios. Sí, yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño.”

El Salmo 129 recoge esta plegaria y la pone en nuestros labios:
“Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra … porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia …”

Queridos hermanos: estas palabras de las Escrituras han animado la vida y el servicio de nuestro Diácono Héctor, a lo largo de su vida. Esta confianza y esta esperanza ha sostenido su caminar, especialmente en medio de las pruebas por las que ha pasado.

¡Es la esperanza en la Vida que Jesús nos da! ¡Es la esperanza en la vida eterna, en el cielo, como meta final de nuestro caminar en la tierra!

Quien deja que esta esperanza eche raíces en su corazón adquiere una libertad que ningún poder de este mundo puede dar ni quitar.

Cuando comenzamos a comprender que la comunión con Dios en el cielo es la verdadera meta de nuestra vida, nuestro corazón experimenta la alegría del Evangelio y nuestras manos quedan plenamente libres para llevar consuelo a nuestros hermanos.

El que tiene en su corazón la esperanza del cielo no se olvida de la tierra, sino que pone todo su empeño y concentra todas sus energías en hacer el bien con perseverancia, con paciencia, con humildad, sabiendo que todo depende de Dios.

Por el contrario, cuando esta esperanza desaparece del horizonte, la tristeza, la culpa, el derrotismo y, sobre todo, el egoísmo adquieren tal peso que arrastran todo a su paso.

La esperanza en la vida eterna nos libera para amar. La tristeza del que no tiene este vasto horizonte nos clausura en nosotros mismos.

* * *

“¡Feliz el servidor, si el Señor llega a medianoche o antes del alba y lo encuentra así!”.

Estas palabras de Jesús, nuestro Maestro, nos desvelan el secreto que mantuvo al Diácono Héctor de pie, con la mirada fija en el cielo, repartiendo bondad, dulzura, mansedumbre y esperanza a todos aquellos que se cruzaron por su camino.

En su familia, en la comunidad parroquial, en la pastoral de la salud.
Tenemos la certeza de que el Señor lo ha sentado a la mesa, enjugando cada una de sus lágrimas. Ahora nosotros, todavía peregrinos en esta tierra, pero en camino hacia el cielo, nos reunimos alrededor de la mesa eucarística, para recibir el pan del cielo que sostiene nuestro peregrinar.

A Héctor le decimos: a Dios, hasta vernos un día -el día que no tiene ocaso- en la casa del Padre.

Querido Héctor: María Santísima, San José, Santa Ana y los santos diáconos te reciban en el cielo y te lleven a la presencia de tu Señor.

Así sea.