Palabras de paz y de amistad en esta Navidad

 

Por Mons. Sergio O. Buenanueva, Obispo auxiliar de Mendoza

Los cristianos estamos celebrando el nacimiento de Jesús. Está cerca también el inicio de un nuevo año. Es una buena ocasión para algunas palabras de paz y de amistad.

En la liturgia del día de Navidad, los cristianos volvemos a escuchar uno de los textos mayores de nuestra fe: el Prólogo del evangelio según San Juan. Destaco tres párrafos:

El inicio: “Al principio existía la Palabra, la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe…” (Jn 1,1-3).

El texto es clave para la fe cristiana. Contiene la vigorosa afirmación de que la creación procede de la inteligencia creadora de Dios. Ha dejado además una profunda huella allí donde se ha difundido el cristianismo. “Al principio, la Palabra. Todo fue hecho por medio de la Palabra”, es una afirmación religiosa cuya luz se proyecta sobre toda la condición humana.

Donde hay palabra, existe también la inteligencia como la capacidad específicamente humana de leer y descifrar el mensaje inscrito por Dios en el ser mismo del hombre y de toda la creación. Si al principio está la Palabra, como origen y sentido de todas las cosas, esto también quiere decir que, a través de la palabra y del pensamiento, las personas podemos encontrar un terreno común sobre el cual edificar sabiamente nuestra convivencia. La convergencia de mentes y corazones es el verdadero factor de desarrollo humano.

La tradición católica, tan arraigada en nuestra tierra, es testigo de esta sabiduría acumulada por generaciones, y que tiene un enorme potencial para iluminar los desafíos que hoy se nos presentan. Es también una valiosa aportación de las diversas tradiciones religiosas que conviven en Mendoza.

Esta es la palabra de paz y de amistad que ofrezco: el diálogo en la búsqueda de la verdad es posible. Y si es posible, también constituye un imperativo moral para quienes quieren pasar de habitantes a ciudadanos, según una feliz expresión que está logrando entrar en muchos corazones.

Ahora el párrafo central: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1,14).

Este es el corazón de la fe cristiana. ¿Qué enseña? El niño que María envuelve en pañales y recuesta sobre el pesebre es el Hijo unigénito de Dios, su Palabra y Sabiduría que, al llegar un punto preciso de la historia humana, se hizo hombre.

El texto dice, en realidad: “se hizo carne”. El significado de la palabra bíblica “carne” es digno de destacar. Indica al hombre como un ser frágil y limitado. El párrafo dice entonces que el Dios eterno e inefable ha entrado en la historia de los hombres haciendo suya la fragilidad humana. San Agustín hablaba del “Dios humilde”. El viernes santo mostrará hasta qué punto llega la identificación de Dios con el hombre, con su sufrimiento y su misma muerte.

¿Cuál es la palabra de paz y de amistad de estos párrafos? En realidad, es un nombre propio: Jesús, la Palabra de Dios hecha carne. El Dios humilde que ha edificado su casa entre nosotros. Como hombre de fe y pastor de la comunidad católica, les vuelvo a presentar la persona, la palabra y la obra de Jesús, el Hijo de Dios nacido de María. Los invito a la fe en Él.

En Él está la vida que necesitamos y anhelamos. Conocerlo y ser conocido por Él es la alegría más grande que puede probar un ser humano. Él es el Salvador del hombre. La humildad del Niño Dios es una palabra dirigida a la conciencia y a la libertad de cada uno. La fe es la aceptación confiada de esta palabra amistosa de Dios.

Quienes no se sientan llamados a reconocerlo como el Dios hecho hombre, podrán encontrar en Jesús de Nazaret una inspiración profunda para la vida, especialmente para no decaer en la lucha por la justicia y el bien común. El evangelio de Cristo posee una inagotable fuerza moral.

Permítanme volver a proponer a todos la meta de celebrar el Bicentenario (2010-2016) con el compromiso sostenido de erradicar la pobreza. Jesús se identificó con sus hermanos más pobres y sufrientes. Con Jesús podemos trabajar por esta meta urgente y ambiciosa, pero también posible. Es un deber ético que necesitamos asumir entre todos los argentinos.

La conclusión: “Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.” (Jn 1,18)

Este párrafo prepara al lector del evangelio a comprender el sentido último de todo lo que va a leer en el resto del evangelio, especialmente el relato conclusivo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En la historia humana de Jesús, Dios mismo se da a conocer, y devela su misterio más profundo: Dios es amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la comunión con Él está la vida.

Mi palabra final es también una invitación: redescubrir la presencia viva de Dios en el entramado de nuestra vida social. No somos frutos del azar, ni nuestra meta es disolvernos en la nada. Cada fragmento de nuestra vida está en las manos de Dios, y contiene un mensaje de Dios para nosotros. El testimonio común de todos los hombres y mujeres religiosos es un bien precioso para nuestra sociedad.

Al mirar el pesebre; al leer estos párrafos, los invito a escuchar una palabra de paz y de amistad que nos llega desde el corazón de Dios. Es una palabra confiable. Dios es Verdad, no engaña; es de fiar.

A todos, una vez más: ¡Muy feliz Navidad y un próspero año nuevo! Que Dios los bendiga.