Creación y Evolución

 

Nota: Pbro. Lic. Marcelo Cinquemani

En el imaginario popular permanece la
idea que la fe cristiana en la creación del mundo y del hombre está en abierta contradicción con la doctrina científica de la evolución.

Ante tal situación pareciera que el cristiano se ve en la obligación de optar entre la fe sin ulteriores explicaciones y los datos de las ciencias modernas.

Es verdad que la fe cristiana (sobre todo desde el siglo XIX) tuvo que transitar un largo camino hasta poder conciliar, al menos en aspectos generales, su fe en Dios creador y los nuevos datos científicos.

Esto sucedió en diversos campos de las ciencias; pero de modo especial respecto al nuevo horizonte planteado por la visión evolucionista (tanto biológica como cósmica).

El mundo y los seres que en él habitan aparecían no ya de modo estático, sino en movimiento y devenir constante. No es difícil imaginar el impacto que tales afirmaciones ejercieron en el antiguo lector del Génesis, acostumbrado a una visión acabada y casi monolítica de lo creado.

El objetivo de estas breves líneas es ofrecer algunas pistas que ayuden a comprender la problemática, más desde nuestro campo, la teología, que desde la ciencias naturales.

1. Dos respuestas insuficientes

En el intento de dar respuesta a la problemática arriba citada, el siglo XIX osciló pendularmente entre el “concordismo” y el “materialismo científico”.

El primero trató denodadamente de hacer coincidir las flamantes revelaciones de la ciencia sobre el hombre y el cosmos con los datos bíblicos.

Acostumbrado a afirmaciones literalistas de la Sagrada Escritura y con ciertos tientes fundamentalistas el concordismo fue para muchos la “cara visible” de la fe cristiana en la creación.

Siendo que, como modo interpretativo, fue rechazado por la Iglesia. De este concordismo surgirá el así llamado “creacionismo”, que buscará hacer coincidir estrechamente relatos bíblicos con aseveraciones científicas respecto de los detalles del origen del universo y del hombre.

Del lado opuesto se debate el materialismo científico. Esta corriente, muy presente hoy también, se basa en el éxito que las ciencias naturales ofrecían en la explicación del hombre y su entorno.

Este entusiasmo científico llevó a muchos a ser excesivamente optimistas con los resultados a los que podía llegar una ciencia natural.

La ciencia lo explicaría todo. Antes o después, el método científico podría llegar a las raíces más hondas de la realidad.

Detrás de esta postura se sostiene implícitamente la convicción que toda la realidad se reduce a materia. O, si se prefiere, a materia y energía.

Las dos conclusiones a las que obligadamente se llega son: la materia es la única realidad del universo conocido y el conocimiento científico es el único con verdadera validez y credencial de seriedad.

Ambas posturas,
“concordismo-creacionismo” y “materialismo científico”, no lograron dar una respuesta satisfactoria.

La primera, por hacer una lectura ficticia, tanto del dato revelado como de las ciencias. La segunda, simplemente por eliminar unas de la partes en cuestión, la fe, en lugar de dialogar con ella.

2. Una propuesta cuestionada: Diseño inteligente

El año pasado se encendió un fuerte debate en torno a la resolución de un juez federal de Pennsylvania (Estados Unidos) que declaró que el diseño inteligente no podía enseñarse en cursos de ciencias en las escuelas como alternativa a la teoría de la evolución ya que no venía considerado metodológicamente científico.

¿Qué es el diseño inteligente? Se lo considera, a grandes líneas, como una versión actualizada del antiguo creacionismo. Intenta ser una opción paralela a la teoría de la evolución (al menos en el cómo ésta se lleva adelante).

Sin negar la evolución como tal, sostienen que la formación de ciertas estructuras de la naturaleza no puede ser explicada más que por la intervención directa de una inteligencia superior, respondiendo a un diseño inteligente rector.

Jonathan Witt, prolífico escritor del Discovery Institute (uno de los principales promotores del diseño inteligente), hace notar que el método de la teoría en cuestión es distinto del creacionismo.

El diseño inteligente no se detiene en los aspectos bíblicos o religiosos como tales para hacerlos concordar con la ciencia: «La teoría del diseño inteligente no está basado en presupuestos religiosos sino que simplemente argumenta que una causa inteligente es la mejor explicación para ciertas funciones del mundo natural» (J. Witt).

Ante causas naturales que no conocemos, pero podríamos conocer en el futuro, el diseño inteligente introduce causas superiores que las explicarían. Aquí radica el talón de Aquiles de la teoría.

Porque así no opera una ciencia natural. Recurriendo a Dios o a una inteligencia superior para explicar fenómenos naturales se ingresa a un campo que no es el de las ciencias naturales. Si se entiende que tal o cual modelo explicativo de la evolución no es suficiente, hay que buscar otro modelo, pero dentro del campo y del método de las mismas ciencias naturales.

3. Fe y ciencias naturales

Es conocida la respuesta del matemático Laplace a Napoleón cuando éste le preguntó qué lugar ocupaba Dios en su mecánica celeste.

El científico respondió: «Señor, no he tenido necesidad de tal hipótesis». En la afirmación de Laplace vemos un aspecto positivo: en el método de llevar adelante sus investigaciones científicas no puede entrar Dios como argumentación.

La delimitación de los campos entre fe y ciencia es el punto de partida de cualquier diálogo. Son disciplinas diversas con objetos y métodos de estudio diversos.

Un aspecto no tan positivo de la afirmación de Laplace es que Dios no es una mera hipótesis. En ocasiones pareciera ser el modo como el diseño inteligente lo toma.

No tengo dudas que gran parte de la problemática creación-evolución (como otros temas límite entre la fe y la ciencia) se basa en la invasión mutua de campos. Es el caso, por ejemplo, de científicos que apriorísticamente niegan la existencia de una causa superior y trascendente.

Una opinión tal está fuera del campo científico y pertenece más a la ideología que a la ciencia. O el caso también de creyentes que, pensando defender la fe, hacen lecturas fundamentalistas de la Escritura tratándola como si fuera un libro de ciencias naturales más que teológico.

4. La visión católica

Desde Pío XII (Humani generis) en adelante, el magisterio eclesial ha tratado repetidamente el tema de la evolución y su relación con la fe.

Son de notar las intervenciones que al respecto tuvo Juan Pablo II; especialmente la serie de Catequesis sobre la creación (Enero-Abril 1986) y los diversos mensajes a la Academia Pontifica para la Ciencia.

Entre estos últimos se encuentra uno (22 de Octubre 1996) muy citado por científicos evolucionistas. En este mensaje decía el anterior pontífice: «[...] nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis». El papa hacía una declaración positiva sobre el hecho de la evolución, no sobre el modo de la misma.

La confusión de este matiz ha llevado a algunos a una interpretación dudosa de las palabras del papa.
¿Cómo podríamos resumir la postura de la teología sobre el tema de la evolución?

Sería un poco pretencioso resumirlo aquí, pero me animo a presentar tres puntos importantes.

a) La verdad, cristianamente entendida, es una y manifestada en diversas aristas. Por ello no se contradice. Esto debe dar gran tranquilidad al teólogo y al científico.

No se tratan de disciplinas mutuamente amenazadas, sino de aspectos diversos de la misma verdad sobre el cosmos.

b) Una visión meramente materialista del cosmos y del hombre –y por tanto de la evolución – no condice con la postura cristiana, aparte de ser, como hemos dicho, más ideología que requerimiento de la ciencia misma.

Por ello vemos la necesidad de sostener, desde la teología, en algún momento del proceso evolutivo lo que Juan Pablo II llama «un salto ontológico»: la entrada en escena de un principio espiritual que hace al ser humano tal, y su generación escapa a las potencialidades de la materia.

c) La evolución, como tal, no contradice la fe en la creación. Por el contrario, como decía Juan Pablo II «la evolución presupone la creación; la creación se encuadra a la luz de la evolución como un hecho que se prolonga en el tiempo, como una “creatio continua” (creación continua)» (26 de Abril 1985).

El mecanismo concreto de la evolución permanece en gran medida como tema abierto y corresponde a las ciencias naturales explicarlo.