Anunciar a Jesucristo es nuestro gozo

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la celebración jubilar de la Fiesta Patronal diocesana

1. Este es el momento central de nuestro Año jubilar y misionero


Gracias a todos ustedes por estar aquí. Hoy la Virgen María nos reúne en nombre del Señor, y estamos felices en torno suyo. Celebramos a María del Rosario, como patrona de Mendoza. La admiramos y veneramos en esta bella imagen, que nos acompaña y protege desde hace mucho tiempo.

La fiesta patronal diocesana tiene esta vez un sentido especial. Estamos contentos y agradecidos en esta tierra, por una larga historia de trabajo y de fe. De esfuerzo constante y de vida en familia. De lucha perseverante y de confianza en Dios. Nunca nos ha faltado el anuncio del Evangelio y la gracia de los sacramentos. La providencia divina nos ha cuidado mucho, aún en tiempos difíciles. María ha estado siempre presente en nuestros ruegos. Entre tantos regalos, recordamos que: hace 75 años el Papa nos constituyó en porción del pueblo de Dios, en torno a un obispo, sucesor de los apóstoles. Ésta fue una nueva gracia y fuente de abundantes dones, que hoy agradecemos. Aunque debemos reconocer que no siempre supimos responder a este regalo. La gratitud sincera, se prolonga a menudo en pedido de perdón.

Cuando el año pasado nos preguntamos cómo vivir este año, brotó del corazón un doble deseo: mostrarnos felices y agradecidos a Dios; y renovar nuestra conciencia de ser Iglesia, seguidora de Jesucristo y misionera. Así lo he comentado con ustedes, en muchos encuentros, visitas y fiestas patronales. En este momento quiero invitarlos a vivir intensamente estos sentimientos. Nos acompañan los hermanos obispos de las Iglesias vecinas a quienes saludamos con afecto.

2. Admiramos a María como modelo de Iglesia diocesana

Apenas comenzado este año, y en la fiesta de Lourdes, que atrae multitudes al Challao, decía a todos: La Iglesia diocesana, de la cual soy padre y pastor, reconoce a María como modelo de la Iglesia, para vivir como ella la fe, la esperanza y la caridad, en perfecta unión con Cristo, y como Esposa amadísima del Señor. En su cántico encontramos las actitudes espirituales que -animados por el Espíritu Santo-, nos sentimos llamados a vivir como Iglesia diocesana.

María es amada como Madre y Modelo de la Iglesia. La invocamos además como signo de esperanza, sabiendo que hay mucho desaliento y tristeza en nuestro pueblo. Por eso, a la vez, nos anima y nos cuestiona, proclamar con fuerza algunas frases de nuestro Plan. Son un auténtico grito de fe y un compromiso valiente:

Como María, queremos ser:
Humildes y felices creyentes en Cristo
Testigos valientes de la misericordia de Dios
Servidores abnegados de los pobres
Miembros vivos de la Iglesia de Cristo.

3. María nos alienta a revisar los desafíos reconocidos

El Espíritu de Dios sopla sobre la Iglesia de Cristo y en el mundo. Es un viento impetuoso que sacude e impulsa. Fue el que cubrió a María con su sombra. Lo hemos sentido en medio nuestro, suscitando una vida cristiana renovada y una evangelización más intensa. La Palabra de Dios y la invitación de la misma Iglesia, han resonado con fuerza entre nosotros. La diócesis de Mendoza ha querido acoger este llamado e intenta una repuesta sincera. En esa búsqueda, las experiencias negativas, tantos propias como ajenas, se han convertido en “desafíos” que no podemos olvidar. Comprobar de cerca el olvido de Dios o la indiferencia religiosa; el dolor de la injusticia, la deshonestidad y la corrupción; el clamor de los pobres y excluidos, no puede ser sólo motivo de quejas y lamentos. El Espíritu de Jesús resucitado sigue llamando a una decidida conversión personal y pastoral. A un cambio imperioso y posible.

Preparemos entonces nuestra entrega confiada a María, que realizaremos al fin de la Misa, revisando con Ella los desafíos que hemos asumido:

3.1. La fe de los discípulos de Jesús ha de ser un encuentro gozoso con Él: Tenemos delante la figura de María, que acogió a Jesús primero en su corazón y luego en su vientre. Ella fue feliz creyendo y guardando la Palabra en su interior. Fue dichosa sobre todo al cumplirla, como dijo el mismo Jesús. Al pie de la cruz siguió creyendo y esperando, con el corazón traspasado. En oración confiada esperó la venida del Espíritu, que la había hecho Esposa y Madre. A María confiaremos el vivo deseo de ser discípulos maduros y alegres.

3.2. Todo discípulo debe ser misionero entusiasta y convencido: En el Evangelio proclamado contemplamos a María partir de prisa a la montaña. Va para compartir con Isabel el misterio del Emmanuel, del Dios con nosotros. LLeva al recién engendrado hasta su familia, elegida por Dios, que se conmueve y alegra. Les canta las maravillas del Dios que hace cosas grandes, que se acuerda de los pobres y levanta a los humildes. En Caná, percibirá luego la necesidad de una familia, y les dirá: Hagan lo que Él les diga. Bellas imágenes para prepararnos a pedir a la Virgen una actitud más misionera, para ofrecer a todos el Evangelio de la Salvación.

3.3. A cada cristiano le urge descubrir y acompañar a Cristo sufriente: Por el Evangelio sabemos que María y José, anduvieron largos caminos y no encontraron albergue. Tuvieron que huir a Egipto porque eran perseguidos. Más tarde, perdieron a su Hijo en el templo, y lo hallaron sin comprender qué pasaba con él. Por la vía dolorosa y hasta el Calvario, María acompañó a su Hijo cargado con los pecados y miserias de los hombres. Junto a la cruz, lloró como madre al verlo traspasado por nuestros delitos. ¿Cómo no confiar que María nuestra Madre nos hace descubrir miles de rostros del Cristo sufriente y abandonado, que hoy espera de nosotros gestos de amor generoso, solidario y comprometido?

3.4. Confiamos emprender todos juntos un cambio muy importante: En la Virgen María encontramos la antigua fe y esperanza del pueblo judío, y a su vez la novedad absoluta de la nueva Alianza. Ella es la madre del hombre nuevo, contrapuesto al viejo Adán; el que hace nuevas todas las cosas. Ella ha visto y tocado con sus manos a la Palabra de Vida. Siguió paso a paso su predicación y sus milagros, pendiente de esa Palabra, que es Espíritu y Vida. Después de la Pascua, imploró con los apóstoles la venida del Espíritu, que renueva la faz de la tierra. Ella comparte ahora en el cielo la gloria y belleza de Cristo resucitado, que es fuente de salud y redención para el universo entero. ¿Cómo no confiar en María, cuando actuales estructuras demandan del cristiano el compromiso de una audaz renovación?

4. Renovemos la esperanza para lanzarnos a la misión

Hemos abierto el corazón a la Palabra que penetra y transforma la vida, movidos por nuestro cariño a María. Celebramos la Eucaristía por mandato del Señor, confiando que esta Pascua actualizada acreciente nuestra unión con Cristo y con los hermanos. Estamos felices de ser el pueblo de Dios y la familia de Jesús, que se alimenta con este pan en el duro camino recorrido. Entonces se nos hace más patente la misión encomendada. La vida plena que procede de estos misterios, tiene que ser vida para el mundo. Nadie puede quedar excluido. Nadie puede guardar para sí este tesoro. Aunque lo llevamos en vasijas de barro, tiene el poder de transformar el mundo con la justicia, el amor y la paz, que son dones de gracia y tarea de todos. Pastores y fieles, estamos convocados para renovar la fe y la esperanza en Cristo, de donde brota el compromiso gozoso de la misión. Jesús nos envía de nuevo. Hay mucha gente esperando. María nos acompaña siempre.