Catequesis sobre el “por muchos”

 

Nueva traducción del Misal Romano

Nota 2: Lic. María del Carmen Oro


Ya estamos celebrando la Eucaristía con la nueva traducción castellana del Misal romano. El uso de la fórmula “por muchos” en la consagración de la Sangre del Señor merece una atención especial. ¿Cuál es el sentido que tienen estas palabras pronunciadas por Jesús en la última cena?

Me parece fundamental respetar el contexto en el que se encuentra el relato de la institución eucarística: el momento culminante de camino de Jesús a Jerusalén para padecer y morir.

Desde el comienzo de su ministerio, después de su unción mesiánica en el Bautismo, Jesús ha anunciado a todos que el reino de Dios está cerca. Ha enseñado acerca del mismo y cuáles son las condiciones para entrar en él. A ese reino todos están llamados, pero sólo los “que se hacen como niños” (cf.Mt 18, 1-4) pueden entrar en él: los pobres, los mansos, los sufrientes, los misericordiosos…(cf. Mt 5, 1-12 y par.). Todos aquellos que experimentando la radical fragilidad que acompaña la vida humana, se descubren impotentes para superar las miserias que anidan en su corazón y necesitados del don de la redención que Jesucristo viene a traer (cf. Lc 4, 17-21).

Con signos y palabras Jesús se ha ido revelando como el Enviado del Padre que viene a traer esa salvación (cf.Mt 11,4-6).

En todos los tiempos los seres humanos experimentan el anhelo de ser liberados de esta condición sufriente. Generalmente se pretende alcanzarla de una forma mágica, milagrosa, por medio de algún poder, sea de Dios o de los hombres, que sea capaz de evitarnos todo sufrimiento. Es la radical tentación que pasa siempre por el engaño de no querer aceptar la propia condición humana.

Durante todo su ministerio y especialmente desde el primer anuncio de la pasión, Jesús ha ido revelando que viene a traer esta liberación, esta es su misión mesiánica. Pero esta misión pasa por el camino que ya anunciaba Isaías al hablar del Servidor inocente que carga con nuestras dolencias y soporta nuestros dolores; que es herido por nuestras rebeldías y molido por nuestras culpas y que dándose a sí mismo en expiación, por sus fatigas verá la luz. Con éste, a quien Dios llama mi Siervo y que “justificará a muchos y las culpas de ellos soportará” (cf. Is 53) se identifica Jesús.

A sus discípulos les anuncia que éste es el camino, ésta es la voluntad del Padre: no la del despliegue de un poder violento dispuesto a matar en lugar de aceptar la muerte; tampoco la de un poder celestial que milagrosamente le exima y exima a los hombres de todas las dificultades de la vida. Su poder es el de Dios que, en el gesto más grandiosamente gratuito y solidario de amor por sus criaturas, ha querido asumir en la persona de su Servidor inocente todo lo humano, hasta sus más dolorosas y oscuras profundidades. Este Servidor inocente es su Hijo amado ungido por el Espíritu en el Bautismo y que recibirá en la cruz la unción sacerdotal y real (lo que adelanta proféticamente el gesto de la mujer en Betania y que sólo él es capaz de interpretar). Por su libre, filial y amorosa obediencia es Servidor de Dios, y se hace también, por ese mismo amor sin límites, servidor de los hombres. Mediante su pascua en la que él mismo es la víctima inocente que se inmola “para el perdón de los pecados” sella la alianza nueva y eterna que inaugura el reino de Dios, aún no consumado.

Jesús ha sido claro, a lo largo de todo su ministerio y de manera particular en el camino hacia Jerusalén, cuando ha ido enseñando cuáles son las condiciones para participar de este reino, para sentarse a la mesa del banquete escatológico.

Pero hay que prestar mucha atención, por el momento en que se ubica y por tratarse de la comunidad de los Doce, la insistencia con que todos los relatos evangélicos ponen de manifiesto las preocupaciones y los sentimientos que anidaban en el corazón de los discípulos mientras Jesús se va acercando al momento de la entrega de su vida: incomprensión del camino de Jesús (cf.Mc 8,31-33 y par.), deseos de poder (Mc 9,33-34; 10,35-37 y par.), celos y rivalidades (Mc Mc 10, 41 y par.).

Es en el transcurso de la cena cuando Jesús mismo devela estas oscuridades al anunciar: “uno de ustedes me entregará”. Cada uno se descubre a si mismo capaz de traicionarlo, como lo demuestra la pregunta: “¿acaso soy yo, Señor?” (cf. Mt 26,21-22 y par.). Les revela también que todos (sin excepción: cf. Mt 26,56) se escandalizarán de él esa misma noche y se dispersarán. Y ante la declaración de Pedro que, confiado en su amor y en sus fuerzas, asegura que él no se escandalizará ni le negará aunque tenga que morir con él, de lo que se hacen eco todos los discípulos, Jesús le anuncia su triple negación (cf. Mt 26,31-35 y par.).

Es muy importante tener en cuenta que es en este marco que Jesús celebra la cena pascual con sus discípulos. Es a esta comunidad de discípulos frágiles, débiles, que lo entregan a la muerte, a quienes les entrega Su cuerpo y Su sangre.

En las palabras que Jesús pronuncia sobre el cáliz según el relato de Marcos y Mateo y que la crítica textual y literaria descubre como la fórmula probablemente más antigua por su impronta semítica, la expresión “hyper pollon”(Mc), “peri pollon” (Mt), “pro multis” en latín, podría ser una manera de reflejar precisamente lo que en todo el evangelio se pone de manifiesto, y especialmente estas declaraciones de Jesús en el transcurso de la cena.

Todos los seres humanos hacemos constante experiencia de las vanas preocupaciones y los oscuros sentimientos que se esconden en nuestro interior. Todos experimentamos los sufrimientos que ese lado sombrío de nuestra existencia provoca en nuestra propia conciencia, y también en la convivencia familiar y social. Todos experimentamos el anhelo de vernos liberados de tan profunda miseria.

Jesucristo es el único Redentor del hombre, él mismo cargó con el pecado de todos y padeció por todos nosotros. Por el misterio de su pascua, se ha hecho Salvador de toda la humanidad.

Pero esa liberación no es automática ni impuesta, sino ofrecida como DON a aquellos que, sin caer en el engaño de la negación de sus esclavitudes, ni en pretensiones de autoliberación, ni en falsas expectativas que pretendan evadir los límites de la propia condición humana, están dispuestos a recibirla en la fe.

Redención que es mucho más que ser liberados de la esclavitud respecto a las fuerzas que someten al pecado. El don que el Hijo hace de sí mismo y por el que nos alcanza el perdón , hace que la comunidad de discípulos, habiendo superado el escándalo de la cruz, se convierta en comunidad de hijos de Dios que se sientan a la mesa del banquete divino.

Habiendo pasado por la experiencia de la propia fragilidad, pueden comprender que no es por sus buenos deseos ni por su propia capacidad que forman parte de la comunidad del reino de Dios. Comer el cuerpo y beber la sangre del Señor introduce en la más profunda intimidad de la comunión con Dios y entre sí, porque habitando Dios en ellos les hace capaces de cargar, con caridad divina, los sufrimientos personales y ajenos propios de la condición humana. Esta intimidad, que se expresa en la obediencia filial y hace posible la oración y la súplica vigilante (cf. Mt 26,41 y par.), tal como lo vieron en Jesús, les dará las fuerzas para no huir de la cruz y estar dispuestos a dar la propia vida por su Señor.

Es invitación hecha a todos. Requiere conciencia de la propia condición pecadora, reconocimiento de Jesucristo como único Redentor, acogida libre y agradecida del don que hace de Sí mismo y libre disposición para vivir conforme a la dignidad de hijos de Dios que nos hace hermanos de Jesucristo y de los hombres, especialmente de los más “pequeños”.