San Cayetano signo luminoso de la Providencia

 

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva en la celebración de San Cayetano en el santuario de Orfila

1.
Una vez más, como cada año, nos hemos puesto en camino hacia este lugar de gracia: el santuario de San Cayetano.

Hasta aquí hemos traído nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Hemos venido a dar gracias, a suplicar, a reconciliarnos, a interceder.

Nos convoca la figura evangélica de San Cayetano, sacerdote de Cristo, padre y amigo de los pobres y enfermos, testigo de la Providencia, protector de quienes buscan el pan y el trabajo.

Estamos ahora celebrando la sagrada Eucaristía a cielo abierto y desafiando el frío, a sabiendas de que la bóveda del cielo cobija a todos los hombres y mujeres del mundo entero, sin distinciones ni discriminaciones. El cielo es así un reflejo del Dios vivo y verdadero, Creador de todas las cosas, atento a la vida que crece, vulnerable y frágil, en la tierra.

Con el salmista podemos cantar: “Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?” (Sal 8,4-5).

2. Queridos hermanos y hermanas: ¡qué misterio grande somos cada uno de nosotros! ¡Qué grandeza en la pequeñez y fragilidad del ser humano! ¡Cada ser humano es un tesoro!

Si esto es verdad de cada persona, permítanme que destaque esta noche, y de modo especial, el precioso tesoro que son nuestros niños y jóvenes.

¿Puede haber algo más valioso en una sociedad que ellos? ¿No solemos decir que en sus jóvenes vidas palpita el futuro de esta tierra bendita? ¿Cuántas veces los adultos, los padres, por ejemplo, o los maestros, al pensar en los chicos que nos han sido confiados, logramos encontrar aquella fuerza que necesitamos para no tirar la toalla en la lucha de todos los días?

Si el bien común tiene rostro, ese rostro lo componen los rostros de cada uno de nuestros chicos. ¡Ellos son nuestro tesoro más precioso!

3. Si además exploramos nuestro corazón podemos encontrar inscrita en él esta verdad humana, primera y fundamental: cada hombre y mujer es una persona con un valor infinito, ante quien Dios mismo reconoce su propia imagen. La altísima dignidad de la persona ha sido además revelada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.” (Jn 3,16).

Esta noche, queridos hermanos, volvamos a conectar con esta verdad de Dios presente en nuestra conciencia como ley suprema que guía nuestra conducta. Nuestros chicos esperan que los adultos encontremos el camino hacia esta verdad luminosa y también poderosa para despertar las fuerzas espirituales y morales que necesitamos como sociedad.

4. Contemplando la figura de nuestro San Cayetano podemos preguntarnos: ¿Cuál fue el secreto de su vida? ¿Podría acaso compartirlo con nosotros que estamos tan necesitados de un fuerte impulso interior para entregar a nuestros jóvenes una sociedad mejor?

Los textos bíblicos que acabamos de escuchar nos ofrecen una respuesta clara y sencilla: “Feliz el hombre que teme al Señor… Su ánimo está seguro y no temerá. Él da abundantemente a los pobres; su generosidad permanecerá para siempre y alzará su frente con dignidad” (Salmo 111.9).

El secreto de San Cayetano fue su confianza en Dios que le dio una gran libertad interior. “Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Donde tengan su tesoro ten-drán también su corazón” (Lc 12,33-34), son palabras de Jesús que atravesaron el alma del joven Cayetano.

El joven abogado, de origen noble y al servicio del Papa, siente, con otros compañeros el llamado del Evangelio. “Cristo espera y nadie se mueve”, solía decir, él que había abrazado la misma forma de vida de los apóstoles: oración, pobreza, predicación de la Palabra, servicio a los pobres. Su influjo renovador recorrió toda Italia, aportando energías preciosas que desbordaron a la misma Iglesia alcanzando a toda la vida social de entonces.

La fe en Dios despertó en él las energías más preciosas de su corazón. La confianza en el Dios bueno, justo y providente lo hizo a él más bueno y más justo, signo luminosos de su providencia.

5. “Iluminados por Cristo y junto a San Cayetano, misionemos para llevar el Evangelio a nuestro pueblo”. Este es el lema de nuestra fiesta en este Año jubilar y misionero por el aniversario 75 de la diócesis de Mendoza.

“Para los buenos brilla una luz en las tinieblas: es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo” (Sal 111,4), hemos rezado con el Salmo. La luz que Cristo trae al mundo es el rostro luminoso de Dios, padre de los pobres, defensor de los huérfanos y consuelo de los que lloran. Dios, a quien Jesús llama con el entrañable nombre de “Abba-Padre”.

Con San Cayetano hagámonos misioneros para llevar la luz de Dios hasta el último rincón de nuestra Mendoza. ¿No es esta la buena noticia que nuestros jóvenes anhelan y buscan, muchas veces a tientas o sencillamente por caminos equivocados? Dios es la gran esperanza que fortalece y rejuvenece el corazón de los hombres.

6. Pero no cualquier cosa puede ser llamada “dios”. Con San Cayetano, nosotros adoramos al Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos amó en Jesucristo, hasta el extremo de la cruz. Padeció y murió por nosotros, haciéndose compañero de camino de todo hombre y mujer que sufre.

Este fue el secreto que animó la vida de San Cayetano. La fe en Dios ensanchó su corazón para dar cabida, de manera especial, a los pobres y enfermos. Este secreto, él lo comparte con nosotros.

7. En vísperas del Bicentenario (2010-2016), soñamos especialmente para nuestros chicos un proyecto de país en justicia y solidaridad. Sabemos que la gran deuda que los argentinos tenemos es la deuda social. Sabemos también que no admite postergación y que hemos de seguir dando pasos firmes para erradicar la pobreza y lograr un desarrollo integral para todos. Que el Santo Padre haya calificado de “escandalosa” a la pobreza que aflige a tantos hermanos y hermanas nuestros no nos extraña. Nosotros mismos lo comprobamos cada día.

Es imperioso que redescubramos aquellas fuerzas espirituales que nos permitan acometer esta tarea moral de reconstrucción. Porque se necesita un empeño duradero en el tiempo, que vaya más allá de mezquinos intereses personales o de sectores. Es una tarea moral que solo podremos llevar a cabo si nos animan convicciones profundas y virtudes probadas. Y esto vale para todos los ciudadanos.

La fe cristiana en Dios anima y sostiene la vida cotidiana de millones de argentinos. Lo percibimos cada 7 de agosto en torno a los santuarios de San Cayetano esparcidos por toda la geografía argentina.

Es la fe que iluminó a San Cayetano, haciéndolo signo luminoso de la Providencia de Dios para los más pobres. A esa fe apelamos esta noche para volver a nuestra vida cotidiana y seguir trabajando por nuestros chicos, jóvenes y niños.

Que así sea