Una palabra sobre el celibato cristiano

 

Año sacerdotal 2009-2010

Por Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza


La discusión sobre el celibato de los curas vuelve una y otra vez, sobre todo al espacio público de los medios. Las opiniones que uno puede escuchar o leer son variadísimas, tanto a favor como en contra. Al menos a mi criterio, parecen prevalecer las opiniones críticas.

¿Qué puedo sumar yo, como célibe, a tanta discusión? El puñado de razones que legitiman y sustentan esta opción de vida no es demasiado difícil de explicar. Está en el Evangelio y en la vida concreta de los hombres y mujeres que hemos abrazado esta forma de vida. Lo cierto es que, como ocurre con otros valores religiosos, el celibato no es una piedra para arrojar a la cara de nadie.

La tradición espiritual cristiana señala de forma unánime que una condición indispensable para que un creyente, varón o mujer, viva el celibato es la humildad. Es decir, saber que se es hombre hecho de tierra (humus), no un héroe ni un superhombre. La contracara de la humildad es el amor a Dios y la dedicación al prójimo.

Aunque la palabra “célibe” quiere decir: no-casado, el celibato cristiano (vivido tanto por hombres como por mujeres) es mucho más que mera soltería. Solo tiene sentido si las renuncias que supone se contrapesan con los grandes “sí” que un célibe tiene que pronunciar cada día: a Dios, a sus hermanos, a los más pobres. La tradición cristiana sobre el celibato destaca tres palabras claves: el celibato es “carisma”, “voto o promesa” y “norma jurídica”. Es decir: don de Dios, respuesta libre del hombre, compromiso público tutelado por la misma Iglesia. El punto de sutura de estas tres realidades (carisma, voto y norma) es la identificación con Cristo, célibe por el reino de los cielos.

¿La Iglesia impone el celibato a sus sacerdotes? La Iglesia católica ha madurado a lo largo del tiempo la decisión de mantener unidos sacerdocio y celibato. El celibato sella con especial fuerza la identificación con Cristo que es el valor central del ministerio sacerdotal.

Hasta bien entrada la edad media, la Iglesia admitía a hombres casados a sus ministerios como obispos, sacerdotes o diáconos. Con una condición: que, tanto ellos como sus esposas, asumieran la “lex continentiae clericorum” (ley de la continencia de los clérigos), renunciando a la vida matrimonial. Junto a los ministros casados, desde los primeros siglos, la Iglesia admitió también a hombres que vivían el celibato (los monjes, por ejemplo).

Del siglo XII a nuestros días, la práctica se ha decantado por el sacerdocio célibe. Esto, por muchas razones, no fáciles de armonizar y de comprender. Algunas de esas razones han caído sencillamente o se han repensado a fondo: pureza cultual, sentido del cuerpo y de la sexualidad, incluso cuestiones económicas. Siempre, sin embargo, han estado presentes los motivos evangélicos enunciados por Jesús (“célibe por el Reino de los cielos”) y por San Pablo (“un consejo, no un mandato”, “un don especial de Dios, un carisma”, “que dispone para servir a Cristo con corazón indiviso”).

El Concilio Vaticano II y, sobre todo, el magisterio de Juan Pablo II han traído la última precisión en esta lenta pero firme evolución de la praxis eclesial: la Iglesia solo admite al sacerdocio a hombres que den pruebas suficientes de haber sido llamados por Dios al celibato y que, de hecho, ya lo viven de manera estable (un estado de vida). Es decir, en el candidato al sacerdocio deben converger dos vocaciones: al ministerio sacerdotal y al celibato.

La formación para el sacerdocio célibe, en esta perspectiva, es fundamentalmente una educación en la libertad y en la madurez afectiva, como capacidad de entablar relaciones adultas, basadas en el bien real de las personas, y no en el desahogo o satisfacción de las propias necesidades. Como se podrá apreciar, la educación para el sacerdocio célibe supone una gran exigencia humana, no menor, por otro lado, que la que supone el matrimonio.