Fiesta de Nuestra Señora del Carmen

 

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva, en la Celebración de Nuestra Señora del Carmen, en el Monasterio Carmelita

El pasado 20 de abril se cumplieron 75 años de la creación de la Diócesis de Mendoza. Nuestro Obispo nos ha invitado a vivir estos meses (de la Misa crismal a Navidad) como un tiempo de gracia: un jubileo misionero.

Jubileo, pues se trata de reconocer los dones de Dios. Y eso no puede sino llevar alegría al corazón, júbilo y canto. Por eso: un jubileo.

Misionero, porque la fe -como decía el querido Papa Juan Pablo II- se fortalece dándola. Y comuni-car la fe es la esencia misma de la Iglesia.

Se trata, entonces, de celebrar este aniversario con el júbilo que nace de comunicar a otros la fe en Jesucristo, único Salvador del hombre.

En este marco jubilar y misionero estamos celebrando hoy la Solemnidad de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Y lo hacemos aquí, en este monasterio que la reconoce como Señora, fuente y fundadora, la saludamos con aquel mismo amor que impulsó a los primeros carmelitas hasta el Monte Carmelo.

Flor del Carmelo, Viña florida, Esplendor del cielo, Virgen fecunda de modo singular.¡Oh, Madre tierna! Intacta de hombre, a los carmelitas proteja tu nombre Estrella del Mar.

¿Qué sintieron aquellos hombres? ¿A qué fueron al Carmelo? ¿Qué nos dice hoy a nosotros su amor por la Virgen del Carmen?

En aquel lejano siglo XII, aquellos hombres escucharon la voz de Dios y se dejaron llevar por el viento del Espíritu. Ellos sabían que el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Ellos fueron comprendiendo que solo cuando Dios sopla su aliento de vida -su Espíritu- sobre el barro inerme, sólo entonces, el hombre llega a ser un ser viviente.

De María recibirán luego el “privilegio” del escapulario, el hábito mismo de Nuestra Señora.

En el monte Carmelo encontraron las huellas de Elías, el profeta que vio la hermosura de María en aquella nubecilla que anunciaba el retorno de la lluvia benéfica, y el fin de la sequía.

Se estableció entonces una alianza de vida entre María y los carmelitas, un eco real de aquel: “Mujer, aquí tienes a tu hijo … Hijo, aquí tienes a tu madre”.

Se propusieron entonces revivir, en cada casa carmelitana, el amor de Cristo por María. Se sintieron empujados a vivir como María, con su misma fe, esperanza y caridad, con sus mismas virtudes. Ceñir el hábito de la Virgen de Carmen fue el símbolo externo de una gracia interior que orientaba toda su vida.

Así se los explicaba el Patriarca San Alberto, a quien debemos la primera Regla inspiradora de la vida carmelitana:

[18] Porque la vida terrena del hombres es tiempo de tentación y todos los que quieren llevar una vida fiel a Cristo se ven sujetos a persecución, y como además el diablo vuestro adversario anda como león rugiente alrededor de vosotros, buscando a quien devorar, procurad con toda diligencia revestiros con la armadura de Dios, para que podáis resistir a las asechanzas del enemigo.

[19] Ceñid vuestros lomos con el cíngulo de la castidad; fortaleced vuestros pechos con pensamientos santos, pues está escrito: el pensamiento santo te guardará. Revestíos la coraza de la justicia, de manera que améis al Señor vuestro Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas, y a vuestro prójimo como a vosotros mismos.

Embrazad en todo momento el escudo de la fe y con él podréis apagar los encendidos dardos del maligno; pues sin fe es imposible agradar a Dios. Cubríos la cabeza con el yelmo de la salvación, de manera que sólo la esperéis del Salvador, que es quien salvará a su pueblo de sus pecados.

Finalmente, la espada del Espíritu, es decir, la palabra de Dios, habite en toda su riqueza en vuestra boca y en vuestros corazones. Y lo que debáis hacer, hacedlo conforme a la Palabra del Señor.

Nuestra Iglesia diocesana anhela una profunda renovación y reforma de sí misma. En esta experiencia original de los carmelitas puede encontrar inspiración segura. En este monasterio y en la vida cristiana que aquí se cultiva.

Nosotros, que nos sentimos atraídos, por los perfumes de Nuestra Señora del Carmen, pidamos aquella gracia originaria de los primeros carmelitas: “vivir en obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia.” (Regla 2).