la Eucaristía encierra un poder que transforma el mundo

 

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva en la celebración diocesana de Corpus Christi

1.
Al iniciar nuestra liturgia, hemos pedido al Señor “venerar de tal manera los sagrados misterios de su Cuerpo y de su Sangre, que podamos experimentar siempre en nosotros el fruto de la redención” (cf. Oración colecta).

¿De qué veneración se trata? “Venerar” significa reconocer la presencia sagrada de Dios en la vida con un acto de adoración. Veneramos los misterios de nuestra redención cuando celebramos la Eucaristía con una fe viva por el amor, y cuando el acto litúrgico se prolonga en la vida. Este es el culto que Dios quiere.

La Iglesia, como buena catequista, nos ha introducido en este arte de celebrar los divinos misterios, educando nuestro corazón, nuestros gestos, conductas y palabras.

2. En la Fiesta del Corpus, a la Eucaristía se añade el gesto de la procesión. Prolonga dos aspectos de la Eucaristía: la adoración y la esperanza.

En primer lugar, la adoración al Señor que se entrega por nosotros y se nos ofrece en comunión. La Misa es acto de adoración perfecta: glorificamos al Padre por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo.

En segundo lugar, la esperanza que despierta el Misterio de la fe. La Eucaristía es el “pan de los que caminan”. Reaviva la esperanza en el corazón de la Iglesia que, a cada paso, incrementa su anhelo: ¡Ven, Señor Jesús!

3. Misterio de la fe, la Eucaristía es así sacramento de nuestra esperanza en Cristo.

La Eucaristía nació del corazón de Cristo como un sacramento de la esperanza que sostiene a los discípulos en el camino, sobre todo, cuando cae la noche y llega la prueba y la tentación. Lo acabamos de escuchar en el relato de san Marcos: la noche de la traición, a punto de ser entregado en manos de sus verdugos, Jesús se pone en las manos del Padre y se entrega a Él con plena confianza. Anticipa en la cena su sacrificio en la cruz.

“Les aseguro -dice a los suyos- que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14,25).

El que había transformado el agua en vino, llevando la alegría al corazón de la fiesta de bodas en Caná, es el que ahora anhela probar el vino nuevo del Reino de Dios. Él sabe bien a quien se confía. No será defraudado.

Unos versículos más adelante, el evangelista nos dice que el mismo Señor, en la agonía en Getsemaní, renovará esta disposición filial de cumplir la voluntad del Padre. En medio de la prueba, la entrega se hace más honda y radical: “Y decía: «Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya»” (Mc 14,36).

4. Este año, los textos bíblicos que hemos escuchado nos invitan a centrar nuestra atención en el cáliz que el Señor ofrece a sus discípulos en la última cena, y a la Sangre que purifica nuestra conciencia y hace posible el culto al Dios viviente (cf. Hb 9,14):

“Después tomó una copa, dio gracias, y se la entregó, y todos bebieron de ella.” (Mc 14,25), relata San Marcos.

Como el salmista, al elevar el cáliz, Jesús invoca el Nombre del Señor: lo bendice y le da gracias. Después lo ofrece para que todos beban de él. Un solo gesto en dos tiempos: elevar los ojos y el corazón al Padre y ofrecerse como bebida de salvación. En su referencia al Padre, Jesús ensancha el espacio interior de su libertad para entregarse por los hombres.

“Y les dijo: «Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza que se derrama por muchos.»” (ídem).

Las palabras esclarecen definitivamente el sentido de los gestos.

“Esta es mi sangre”, es decir: mi vida ofrecida en sacrificio para la expiación de los pecados. “Derramada por muchos”, como el Siervo sufriente que libremente carga sobre sí el pecado de la multitud y da su vida para rescatar a los perdidos. “¡Sus heridas nos han curado!”, proclama Pedro evocando al profeta Isaías (cf. 1 Pe 2, 21.24-25; Is 53,5). “La sangre de la Alianza”, preanunciada por Moisés y fundada en la inquebrantable fidelidad del Dios que libera y da vida (cf. Ex 24,8).

5. Volvamos sobre la oración inicial de la Misa. Hemos pedido “experimentar siempre en nosotros el fruto de la redención”. Este fruto que la Eucaristía nos ofrece, como vino generoso en un cáliz rebosante, es Cristo mismo, nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas: comulgar con la Sangre preciosa del Señor nos hace hombres y mujeres libres, con la libertad de Cristo.

¡La Eucaristía es el sacramento de la libertad de Cristo que se ofreció al Padre, que entregó su Cuerpo y derramó libremente su Sangre para la reconciliación de la humanidad herida! ¡La Eucaristía es escuela de libertad y de esperanza para los discípulos de Cristo!

Recordémoslo especialmente enseguida, cuando recorramos las calles de nuestra querida ciudad, guiados por la Eucaristía. Es en el complejo entramado de la vida ciudadana adonde hemos de llevar nuestra experiencia del poder de la Sangre de Cristo.

6. “Se puede pensar con toda razón -decía el Concilio- que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.” (GS 31).

Queridos hermanos y hermanas: semejante capacidad ha sido puesta en nuestras manos. No es prepotencia ni arrogancia. Es el poder del humilde Cordero que ofreciéndose a sí mismo da razones para vivir y esperar.

En la Eucaristía se encierra este poder que transforma el mundo.

¡Cuánta riqueza encierra la Eucaristía que nos reúne cada domingo en torno al altar!

¡Cuántas energías de libertad y de esperanza se inyectan en la vida cotidiana de la sociedad mendocina desde nuestras parroquias, capillas y centros de culto por el solo hecho de celebrar la Santa Misa o reunirnos para la adoración eucarística!

¡Cuánto bien hacemos al enseñar a nuestros niños y a nuestros jóvenes a comulgar con fe, a servir el altar con devoción y a reconocer a Cristo en el Sacramento del amor!

¡Cuántas energías de bien, de justicia y de solidaridad para proseguir la tarea nunca acabada de construir una sociedad más humana y de cumplir con nuestros deberes ciudadanos!

7. El lema de la celebración de Corpus de este año refleja el sentido misionero que tiene el Jubileo por los 75 años de la Diócesis: “La Iglesia es tu casa. La Eucaristía, nuestra mesa”.

Se trata de una invitación dirigida a aquellos bautizados que, por diversas razones, no viven plenamente su pertenencia a la Iglesia.

En realidad, esta invitación nos compromete a cada uno de nosotros. El tesoro de la Eucaristía es para compartir. Como decía Jesús a los primeros discípulos misioneros: “Ustedes recibieron gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10,8).

Queridos hermanos y hermanas: estamos llamados a ofrecer al mundo razones valederas para vivir y para esperar. Todas esas razones se compendian en un solo Nombre: Jesucristo, Pan vivo para la vida del mundo.

¡Que podamos experimentar en nosotros el fruto de la redención! Amén.