Eucaristía de inicio del ciclo lectivo del CONSEC

 

"La escuela católica es, ante todo, una comunidad de fe"

El pasado viernes 17 de abril, en la Basílica San Francisco, Mons. Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza, presidió la Santa Misa de inicio de actividades del presente ciclo escolar, del Consejo de Educación Católica de Mendoza.

En su homilía, el obispo destacó este singular tiempo, la semana de la octava de pascua, que prolonga la gracia del domigo de pascua. "La palabra de Dios, expresó, ilumina nuestra vida. Y mucho más. Porque la Palabra de Dios tiene vida. Está llena del Espíritu. No solo ilumina, sino que transforma y anima".

¿Cómo ilumina esta Palabra nuestra vida y trabajo común?, se preguntó.

"Lo formulo en una sola frase: la escuela católica es, ante todo, una comunidad de fe, reunida y alimentada continuamente por Jesús. Comunidad de fe, su identidad profunda gira en torno a la Persona de Jesús, muerto y resucitado".

A la luz de la fe, Mons. Buenanueva recalco que, "Educar significa entonces introducirnos en la comunión con Cristo para que la fe le dé a nuestros niños, jóvenes y adultos una fisonomía existencial concreta: ser cristiano es un modo muy real de estar para hacer frente a la totalidad de la vida. No es un fragmento, oculto y privado, sino un talante público, visible y dinámico".

Texto Completo de la Homilía

Que la Palabra de Dios ilumine nuestra vida. Y mucho más. Porque la Palabra de Dios tiene vida. Está llena del Espíritu. No solo ilumina, sino que transforma y anima.

Estamos celebrando el “día que hizo el Señor”. Esta semana (la “octava”) prolonga la gracia del domingo de Pascua. Los textos bíblicos que leemos estos días son especialmente ricos. Repasamos cada uno de los relatos neo testamentarios que narran los encuentros de Jesús resucitado con sus discípulos.

El texto evangélico de hoy está tomado del capítulo 21 de San Juan. El autor del evangelio ha visto la necesidad de ofrecer a sus lectores una nueva conclusión del evangelio, sobreponiéndola a la que ya había escrito. Protagonista central de esta nueva conclusión del evangelio será Simón Pedro.

Los discípulos aparecen como distraídos. Casi aburridos. Simón toma la iniciativa: vuelven al mismo punto en que fueron encontrados por Jesús, al inicio del evangelio. Vuelven a su antigua profesión de pescadores. “Aquí no ha pasado nada”.

Este relato tiene así algunos puntos de contacto con el relato de Emaús que leíamos el miércoles. Después de la pasión, muerte y sepultura de Jesús, todo está acabado. Todo vuelve al tono gris de siempre.

Sin embargo, no es así. El Resucitado irrumpe sorpresivamente y cambia todo. Y lo hace para siempre.

El que había declarado: “De ahora en adelante serás pescador de hombres”, cumple su palabra. Introduce a Simón y a los otros discípulos en una pesca nueva, que ya no se rige por las leyes de la ruda labor de pescadores, que había aprendido, y de la que eran expertos.
Tienen que aprender ahora un nuevo oficio, que se rige por las leyes divinas: de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la insuficiencia a la fecundidad divina, de la impotencia a la pesca milagrosa.

Y, en medio de esa faena, la fe reconoce a Jesús: “¡Es el Señor!”, grita el discípulo amado. Y Simón, ya convertido en Pedro, se echa al agua, al encuentro de Jesús.

El encuentro culmina en un acto silencioso: compartir la mesa que el Señor les ha preparado, la santa Eucaristía.

Queridos hermanos:

Nosotros somos como esos discípulos. Reconozcámonos en Simón Pedro y en el discípulo amado. Reconozcamos también nuestra propia misión en la pesca milagrosa que ellos protagonizan, dejándose guiar de la Palabra de Jesús.
Los colegios e instituciones educativas católicos de Mendoza ponen en marcha un nuevo año de trabajo.

¿Cómo ilumina esta Palabra nuestra vida y trabajo común?

Lo formulo en una sola frase: la escuela católica es, ante todo, una comunidad de fe, reunida y alimentada continuamente por Jesús. Comunidad de fe, su identidad profunda gira en torno a la Persona de Jesús, muerto y resucitado.

Educar significa entonces introducirnos en la comunión con Cristo para que la fe le dé a nuestros niños, jóvenes y adultos una fisonomía existencial concreta: ser cristiano es un modo muy real de estar para hacer frente a la totalidad de la vida. No es un fragmento, oculto y privado, sino un talante público, visible y dinámico.

Este es el mejor servicio que, también desde el punto de vista de la humanización y personalización, brindamos a nuestros niños y jóvenes.

Concluyo mi reflexión con un párrafo (el n° 11) de la Constitución pastoral Gaudium spes del Concilio Vaticano II:
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben recomendarse para levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último tiene la acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta. Esta hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.