Eucaristía de la Cena del Señor

 

Hospital Central de Mendoza

La tradicional Misa de la Cena del Señor, que recuerda la Institución de la Eucaristía, fue presidida por Mons. José María Arancibia, en el Hospital Central de Mendoza, junto a los enfermos, autoridades del lugar, personal del servicio, y fieles que se acercaron para rezar con los que sufren el dolor de la enfermedad.

El obispo es la tercera vez consecutiva que celebra este día de Semana Santa en el Hospital Central, con y por los enfermemos que necesitados de consuelo y salud, del cuerpo y del espíritu, desean renovar su fe.

En su homilía Mons. Arancibia, recordó que la Iglesia, “en su condición misionera, quiere acercarse a quienes necesitan de Dios. Sabe que es portadora del misterio del amor de Dios, que consuela, pacifica y transforma”.

Aunque lamentó que muchos no comprendan siempre este acercamiento de la Iglesia.
“Es una pena – expresó - que el mundo de hoy, mucho más libre y avanzado, tenga dificultad para madurar su fe religiosa. Y más triste aún, que rechace la fe como una dificultad para vivir en salud y plenitud humana. De cualquier modo, con el respeto y cariño que trasmite el mismo Jesús, nos hacemos testigos de su mensaje y de su mandato, con la certeza de ofrecer un bien grande y maravilloso a todo ser humano en cualquier condición”.

El obispo llamó a recordar, volver a pasar por el corazón, especialmente en esta Semana Santa, cómo se dio a conocer el mismo Jesús en las palabras y gestos que ofrecen los Evangelios.

“Entre otras imágenes, - dijo - Jesús se revela como el Buen Pastor, que comunica su misma vida, y se pone al servicio de la vida humana. Él se acerca y sana al ciego del camino. Muestra gran comprensión por la mujer samaritana y a ella se da a conocer. Cura a muchos enfermos en diversas circunstancias, Se conmueve y alimenta al pueblo hambriento. Libera a muchos endemoniados. En su Reino de vida, Jesús incluye a todos”.

Los cristianos estamos llamados a vivir un amor grande, aunque expresó, “Nuestro mundo actual parece estar lejos del gesto de Jesús que lava los pies de sus discípulos. La relación humana no parece ser servicial y desinteresada, sino mezquina y egoísta. Aunque sigue habiendo gente que se juega por los demás”.

Nuestra fe debe llevarnos a reconocer este amor grande del Señor y a vivirlo en la propia vida y en la entrega a los demás, como el mismo Jesús. “El amor de Dios – dijo - ha ingresado en un mundo arruinado por el pecado, y quiere alcanzar a todos para lavar las miserias de toda índole”.

“Desde entonces, - destacó el arzobispo - para quienes confían en Él, no sólo es posible el amor, sino más aun: es signo de vida plena, mandamiento nuevo, fruto de renovación interior. Jesús nos ha ganado y conquistado para sí, con su vida y su entrega. Ahora, en el arduo camino de la vida, Él nos alimenta con su cuerpo entregado y su sangre derramada, para vivir en amor fraterno, sincero, comprometido, servicial y abnegado”.

Al finalizar agregó que, “Acompañar hoy a los enfermos, a sus familiares, y a quienes trabajan por la salud, es un signo de esta vocación cristiana. Dios nos conceda un amor renovado y valiente, sin temores ni prejuicios; más bien lleno de confianza en la gracia redentora de Jesucristo; así podremos ofrecer una vida plena y dichosa, aún en medio de tragedias y calamidades lamentables”.

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