Decir si a la Vida

 

Mensaje de Pascua de Mons. José María Arancibia a la comunidad mendocina

Los cristianos de todas las confesiones celebramos en estos días la Pascua, nuestra fiesta más importante. Como obispo católico considero una buena ocasión para hacer llegar un saludo especial a todos los mendocinos, creyentes y no creyentes.

Hemos heredado de Israel esta sabia costumbre: hablar de Dios narrando hechos, historias y acontecimientos humanos. A través de ellos aprendemos a conocerlo y a amarlo. La Biblia, en definitiva, es un conjunto de libros que recogen la memoria viva del pueblo que se ha visto visitado por Dios. Por eso, en la noche de Pascua, releemos algunas páginas fundamentales de la Biblia: la creación del mundo, el éxodo de Egipto, algunos escritos de los profetas; y, en el momento culminante de la noche, el anuncio solemne de la resurrección de Jesús, el Cristo. Como decía un escritor antiguo: “alabamos a Dios narrando sus maravillas”.

Al evocar así la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, la Iglesia se descubre a sí misma portadora de una palabra de esperanza, destinada a todos los hombres sin distinción alguna. Esta palabra de fe y esperanza es el saludo pascual con que deseamos llegar al corazón de cada persona y a cada familia.

¿Qué nos dice esa palabra? ¿Por qué es fuente de esperanza y de consuelo? En la pasión, muerte y resurrección de Cristo, podemos escuchar el “sí” de Dios al hombre; a todo lo humano. Es el “sí” de Dios a la vida. Pascua es la mano cariñosa de Dios tendida hacia todas las formas de muerte que destrozan la existencia humana, hoy y siempre.

En estos meses, hemos despedido en la diócesis a dos hombres de Dios: los padres Jorge Contreras y José Suraci. Con personalidades diferentes, prestaron su servicio sacerdotal también en diversos lugares y tareas. Sin embargo, ambos estuvieron animados por una misma pasión: Jesús, el Evangelio, los hermanos. Al mirar sus vidas a la luz de la Pascua de Cristo, podemos comprender mejor cómo Dios aprecia, cuida y conduce la vida de los hombres. Él no necesita demasiado. Sólo un corazón sensible y humilde, sediento de valores grandes, dispuesto a servir a los demás.

En el testimonio de estos dos hermanos, como en tantas otras personas que se han jugado por los demás, hemos podido escuchar otra vez el “sí” de Dios, pronunciado en su Hijo Jesucristo. Al levantarlo de la muerte libremente asumida, nos muestra que la vida humana, siempre amenazada de debilidad y destrucción, merece ser vivida, respetada y defendida. El “sí” de ellos a la vida y al servicio, estuvo impulsado por la fe y la esperanza. Más aún, marcado por el amor generoso y la alegría contagiosa. No hay mayor alegría que ésta: la que ha echado sus raíces en la esperanza cristiana; aquella que tiene a Dios como garante y como meta final. Es una esperanza que no defrauda.

Queridos hermanos y amigos mendocinos: les hago llegar mi saludo pascual evocando a estas personas que, desde su fe en Jesucristo, han sabido encender una luz que ilumina la vida de quienes estuvieron cerca suyo. Confío que puedan encontrar también otros modelos en varones y mujeres llenos de ganas de vivir y de servir. En ellos se manifiesta para provecho nuestro, la fuerza renovadora de la Pascua de Cristo.

¡Muy felices Pascuas para todos ustedes!