Charlas con el P. Darío Betancourt en Mendoza

 

Por Teresa Peltier, virgen consagrada

El pasado 4 y 5 de marzo se realizaron dos jornadas de evangelización con el P. Darío Betancourt en Guaymallén, Mendoza, invitado por la comunidad de la parroquia Sagrada Familia. El lugar fue la cancha de Murialdo, que durante dos días se transformó en un lugar de encuentro entre los fieles y el carismático ministro de la Palabra de Dios, quien predicó basándose en las cartas de San Pablo, recordando el jubileo que vive la Iglesia Universal por los dos mil años del nacimiento del Apóstol de los gentiles.

El nudo central de las exposiciones giró en torno a la conversión y oración, rescatando el concepto de Juan Pablo II: “Orar es un encuentro vivo personal de ojos abiertos y corazón palpitante con Jesús”. Recalcó que la conversión es cambiar la manera de pensar para cambiar la manera de actuar, siempre con la gracia de Dios (2Co,12).

Insistió el P. Darío en la necesidad de profundizar la lectura del Magisterio de la Iglesia para que los creyentes tengan una clara línea de acción frente a los requerimientos de estos difíciles tiempos. Recomendó especialmente la lectura del Capítulo III de la Encíclica “Veritatis Splendor” de Juan Pablo II, que titula "Para no desvirtuar la cruz de Cristo" (1 Cor 1,17).

El día Jueves 5 por la mañana, se realizó una reunión con consagrados en el Templo La Purísima, de Guaymallén, en el que el P. Darío, siguiendo el documento de Puebla, rescató el ministerio de los presbíteros, extendiéndolos a todos los consagrados. Enfatizó que “sólo puede ser profeta en la medida que haya hecho la experiencia de Dios vivo”, tomando parte de su publicación “El hombre sano”.

Expresó que la característica identificatoria del hombre o de la mujer de Dios es la simpleza de su vida: “No nos engañemos: los fieles humildes y sencillos, como por instinto evangélico, captan espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses». (Puebla, Conclusiones 489). Como ejemplo de nuestra época mencionó a la Madre Teresa de Calcuta, ya que lo que hizo fue vivir lo que creyó y de una manera heroica.

No hay texto bíblico que nos hable sobre el hombre o la mujer de Dios, porque solo Dios sabrá, ya que es muy fácil aparentar pero ser otra cosa dentro del corazón. Por ello, sólo el presbítero que ora (o consagrado) puede escucharlo y repetir lo que El le dice. Comentó que el P. Rainiero Cantalamezza, para predicar en la Casa Pontificia, primero ora para saber que va a decir, ratificando lo que escucha con las Sagradas Escrituras y con los documentos del Magisterio de la Iglesia para predicar los retiros.

El profeta es el enviado en nombre de Dios, es su embajador, no el que predice el futuro, sino el que habla lo que la Divinidad le pide. Es lo que señala Pablo en la Segunda Carta a los Corintios, capítulo 5, v. 11: . . .tratamos de persuadir a los hombres.”

Exhortó a leer la homilía que el Papa Juan Pablo II predicó a las almas consagradas en su primera visita a Méjico, el 26/01/1979, quien distinguía el profeta verdadero del falso, cuando se habla de Dios amparados en premisas teológicas o psicológicas o políticas, pero sin lo que El nos pide trasmitir, ya que se habla de Dios pero no trasmitimos su Palabra.

Además el profeta-consagrado debe ser convincente, pues ya Isaías en el cap.66, v.2, señala: “Miraré a aquel que se estremece con mi Palabra. Lo mismo que San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Me presento con temblor).

La experiencia de Dios del consagrado ha entrado por los sentidos. En la Carta a los Romanos, Capítulo 11, versículos 8 al 10, o su propia experiencia relatada en los Hechos de los Apóstoles en el versículo 16 del Capítulo 12, o lo que expresa San Juan en su primera Carta, Capítulo 1, versículo 1: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos”.

Esta es la capacitación de Jesús a través de encontrarlo, y sólo lo encontramos si tenemos el deseo de hacerlo. Es lo que dice San Pedro al elegir a Matías como el doceavo Apóstol: “es necesario que uno de ellos sea agregado para ser testigo de la Resurrección”. Que hubiera visto, oído y tocado al Señor Jesús. Es la experiencia que tuvo en el Monte Tabor, cuando con Santiago y Juan vieron la transfiguración del Señor.

Finalmente exhortó a los asistentes a vivir un pentecostés personal, como el que tuvieron los diferentes Fundadores de órdenes y congregaciones religiosas, para que pudiéramos trasmitir la alegría del encuentro con Jesús, esa alegría fuera convincente en la predicación de su Palabra y fuéramos profetas en este tiempo tan necesitado de su presencia salvadora y sanadora.