El significado de un gesto

 

Mons. Sergio O. Buenanueva, Obispo auxiliar de Mendoza

Aún no concluye el primer mes del año y el Papa Benedicto XVI ha protagonizado un acto que -según mi parecer- se inscribe ya entre los más importantes de su pontificado. Me refiero a la revocación de las excomuniones de los cuatro obispos ordenados por Mons. Marcel Lefebvre en junio de 1988. Habían incurrido en esta pena al ser consagrados contra las normas canónicas vigentes y el manifiesto parecer del Papa Juan Pablo II.

Tenga presente el lector que la excomunión es la máxima pena del derecho canónico de la Iglesia católica. Por causas graves, excluye a un bautizado de la comunión eclesial. Como toda sanción eclesiástica, persigue un fin medicinal: favorecer la enmienda y la conversión.

Las interpretaciones del hecho se han multiplicado. Las que aparecen más visibles en los medios tienden a ser negativas o, al menos, de extrañeza. Las declaraciones irresponsables de uno de los obispos indultados acerca del Holocausto, empañaron aún más la comprensión del real alcance del gesto papal. “El Papa perdona a obispo que niega la Shoah”, ha sido un comentario muy escuchado. La Fraternidad “San Pío X” y el mismo Papa han tomado distancia de estas declaraciones, rechazándolas claramente. Altas autoridades judían lo han valorado.

El Papa Benedicto ha descrito con precisión las razones que lo han movido a remover las excomuniones. Lo hizo al concluir la audiencia general del pasado miércoles 28 de enero: “…en cumplimiento de este servicio a la unidad, que califica de modo específico mi ministerio de Sucesor de Pedro, he decidido hace días conceder la remisión de la excomunión en que habían incurrido los cuatro obispos ordenados en 1988 por monseñor Lefebvre sin mandato pontificio. He cumplido este acto de misericordia paterna, porque repetidamente estos Prelados me han manifestado su vivo sufrimiento por la situación en la que se encontraban.”

El gesto ha sido una respuesta al pedido reiterado de estos obispos. Ha sido una iniciativa pastoral movida por la misericordia y la voluntad de restablecer la unidad rota. Es, a su vez, una iniciativa a la que debe seguir una respuesta precisa. Continúa el párrafo arriba citado: “Auguro que a este gesto mío siga el solícito empeño por su parte (los obispos indultados) de llevar a cabo ulteriores pasos necesarios para llegar a la plena comunión con la Iglesia, dando testimonio así de fidelidad verdadera y verdadero reconocimiento del magisterio y de la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II.”

La referencia al magisterio y a la autoridad del Concilio Vaticano II no puede pasar desapercibida. Habla de una fidelidad y un reconocimiento “verdaderos”. Seguramente este será un capítulo importante (y también difícil) en los próximos pasos para mejorar los vínculos con la Fraternidad sacerdotal “San Pío X” y llegar a la comunión plena. El levantamiento de las excomuniones remueve un obstáculo importante. El camino hacia la plena unidad visible, sin embargo, se muestra arduo todavía.

Seguramente serán necesarios gestos sinceros de recíproca apertura, escucha atenta y, sobre todo, mucha humildad y paciencia. El bien que está en juego es la unidad del Cuerpo místico de Cristo. Esto supone también restañar las heridas causadas por palabras y gestos hirientes, incomprensiones y la propensión a caricaturizar y humillar a quien se mira como adversario.

Los cristianos tenemos una palabra para decir todo esto: “conversión”. Aunque en relación con el ecumenismo, el Papa recordó la necesidad de la conversión para vivir la comunión el pasado 25 de enero, conmemorando los cincuenta años de la primera vez que Juan XXIII manifestó su intención de convocar el Concilio Vaticano II. Conversión interior, renovación de la mentalidad, abnegación de sí mismo y apertura a la acción de la caridad que el Espíritu Santo difunde en los corazones.

Una última reflexión. El camino hacia la plena unidad supone actuar un importante criterio, formulado por el Papa al presentar el Motu proprio sobre el uso del Misal del Beato Juan XXIII. Es el criterio de la reciprocidad como forma específicamente católica de vivir la plenitud de la verdad. Así como la Iglesia ha reconocido la legitimidad del reclamo por la liturgia antigua, de la misma manera exhortaba a las comunidades tradicionales a apreciar e incluso hacer uso del Misal de Pablo VI, pues “no hay contradicción entre una y otra edición del Misal Romano” (Carta a los Obispos, 7 de julio de 2007). Ambas formas de celebrar el único rito romano son santas y valiosas; expresan armónicamente la voz de la tradición viva de la Iglesia y su crecimiento orgánico.

El clima espiritual de reconciliación abierto, tanto por el Motu proprio como por este nuevo e importante gesto de Benedicto XVI, reclama una respuesta animada por el mismo espíritu católico no solo en el campo litúrgico, sino también en el doctrinal, disciplinar y pastoral. Es decir: ampliar el ámbito de actuación del mencionado criterio del recíproco enriquecimiento. No es simple estrategia irenista, sino expresión de la naturaleza más honda de la comunión católica. El reconocimiento explícito de la del Concilio Vaticano II como actuación auténtica del magisterio de la Iglesia se puede encuadrar en este contexto más amplio. Tengo confianza que los próximos pasos transcurrirán por este carril.