¿Qué ha ocurrido en el camino a Damasco?

 

Fiesta de la Conversión de San Pablo - Año jubilar paulino

Homilía de Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza, en la fiesta de la conversión de san Pablo, celebrada en parroquia "San Pedro y San Pablo", de San Martín y en la vicaría "San Pablo", de Guaymallén, el pasado 25 de enero.

Fiesta de la Conversión de San Pablo

1.
¿Qué le ha ocurrido a Pablo de Tarso en el camino de Damasco? ¿Qué mensaje nos dejan a nosotros, cristianos del siglo XXI, aquellos acontecimientos tan lejanos en el tiempo?

Pablo nació hace dos mil años en Tarso, una importante ciudad ubicada en Asia menor (la actual Turquía). Siendo muy joven es enviado por sus padres a Jerusalén, donde recibe una sólida formación teológica en la escuela de uno de los más célebres rabinos judíos, conocido por su benignidad y dulzura en la interpretación de la Ley: Gamaliel.

Por su origen y formación, Pablo era poseedor de una vasta cultura. Hablaba con fluidez las lenguas corrientes de entonces: el griego, el arameo y el hebreo. A diferencia de los otros apóstoles y del mismo Jesús, era un hombre crecido en un medio urbano, entrenado no el trabajo rural, aunque sí en la labor manual. Provenía de una familia de tejedores de tiendas (de “carpas”, diríamos nosotros).

En torno a los 30 años de edad tuvo lugar el acontecimiento que le dio a su vida una orientación definitiva, fruto de un cambio de ruta fundamental. Volvemos, por tanto, a hacernos la pregunta: ¿qué ha ocurrido en el camino a Damasco?

2. El relato que hemos escuchado es el segundo de las tres narraciones de la conversión de San Pablo que encontramos en los Hechos de los Apóstoles. Es una narración realmente dramática. Entremos en ella para que pueda hablarnos.

Pablo está en el corazón de la ciudad santa de Jerusalén: ha ido al Templo, cumpliendo un voto, una promesa. Él no lo sabe, pero es la última vez que verá el Templo y la tan amada ciudad. Sus enemigos han promovido un tumulto con la finalidad de darle muerte por blasfemia. Es salvado por un oficial romano que irrumpe con sus soldados entre la multitud. Escuchemos los versículos anteriores al relato de hoy:

El tribuno se acercó, tomó a Pablo y mandó que lo ataran con dos cadenas; después preguntó quién era y qué había hecho. Todos gritaban al mismo tiempo, y a causa de la confusión, no pudo sacar nada en limpio. Por eso hizo conducir a Pablo a la fortaleza.

Al llegar a la escalinata, los soldados tuvieron que alzarlo debido a la violencia de la multitud, porque el pueblo en masa lo seguía, gritando: "¡Que lo maten!".

Cuando lo iban a introducir en la fortaleza, Pablo dijo al tribuno: "¿Puedo decirte una palabra?". «¿Tú sabes griego?», le preguntó el tribuno.

«Entonces, ¿no eres el egipcio que hace unos días provocó un motín y llevó al desierto a cuatro mil terroristas?».

«Yo soy judío, dijo Pablo, originario de Tarso, ciudadano de una importante ciudad de Cilicia. Te ruego que me permitas hablar al pueblo». El tribuno se lo permitió, y Pablo, de pie sobre la escalinata, hizo una señal al pueblo con la mano. Se produjo un gran silencio, y Pablo comenzó a hablarles en hebreo. (Hch 21,33-40).

3. La imagen del Apóstol que nos ofrece el relato es digna de atención. Su persona y su voz parecen insignificantes frente al tumulto que lo rodea: gritos, confusión, ira desatada. La palabra del Evangelio rodeada por una multitud de voces hostiles. La luz -diría San Juan- acosada por las tinieblas. David frente a Goliat, una vez más. O, siendo más fieles a la mente del narrador: como Jesús ante sus acusadores, como Esteban ante el tribunal que lo condena a muerte.

Sin embargo, Pablo sabe hablar, ha aprendido a dirigirse a sus interlocutores. En griego le habla al centurión; en hebreo a sus connacionales. Es un evangelizador. Tiene un mensaje que comunicar y no puede callarlo: “¡ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (1 Co 9,16).

El texto remarca dos cosas: el silencio que sucede a la confusión, y que Pablo se dirige en su propia lengua a la multitud.

El discurso, a la postre, no tendrá mayor efecto. Los acontecimientos se han desencadenado. Del Templo y de Jerusalén, Pablo saldrá esposado en dirección a un juicio. Todo terminará en Roma. Allí tendrá lugar la última acción misionera de Pablo: el anuncio entre cadenas, el juicio y el martirio.

Detengámonos un momento aquí. ¿Realmente el discurso de Pablo no ha tenido éxito? Queridos hermanos: el que evangeliza nunca fracasa. Permítanme subrayar el adverbio de tiempo: “nunca”. Somos discípulos del Verbo de Dios hecho carne y muerto en la cruz.
La resurrección del grano de trigo hundido en tierra y allí muerto es nuestra esperanza más firme. La locura de Dios ¿no es acaso más sabia que la sabiduría de los hombres? ¿Y la debilidad de Dios más fuerte que la fortaleza de los hombres? Cristo crucificado es el centro de la predicación de Pablo, “locura y debilidad” de Dios para salvar al mundo (cf. 1 Co 1,25).

El mismo Jesús nos enseñó que el sembrador siempre siembra, casi despreocupado del fruto. Es Dios -¡sólo Él!- el que separa el trigo de la cizaña, los peces malos de los buenos. Él, que hace salir es sol sobre justos e injustos, sólo Él tiene en sus manos el secreto de nuestra vida y de la entera historia humana.

El resultado final de la siembra -la cosecha- está todo en manos de Dios: el 30, el 60 o el ciento por uno. A Pablo, como a cualquier evangelizador (nosotros, por ejemplo), solo se le pide eso: sembrar siempre.

4. En medio de ese impresionante silencio, de pie ante sus impugnadores, Pablo inicia su defensa. Apela a la palabra que habla a la conciencia y al corazón.

El discurso tiene cuatro partes:

1) Pablo busca conectarse con sus oyentes: apela a su pasado como judío celoso en el cumplimiento de la Ley. “Yo era entonces como ustedes son ahora”, parece decir.

2) Viene a continuación la parte central: el encuentro con el Resucitado. “Todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo”, decía a los Filipenses (cf. Flp 3,7).

3) El encuentro con Ananías que anuncia proféticamente lo que Dios tiene reservado para Pablo: “El Dios de nuestros padres te ha destinado para conocer su voluntad, para ver al Justo y escuchar su Palabra, porque tú darás testimonio ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y purifícate de tus pecados, invocando su Nombre”. (Hch 22,14-16)

4) La última parte ha sido omitida por la liturgia. Pablo ha vuelto a Jerusalén y tiene una visión, en la que Cristo le advierte que su mensaje no será recibido por sus hermanos, que debe partir, porque su misión está fuera: “Vete -le dice Jesús- porque quiero enviarte lejos, a las naciones paganas” (Hch 22,21).

Pronunciado el discurso estalla la ira de la multitud: “al oír estas palabras comenzaron a gritar diciendo: "¡Elimina a este hombre. No merece vivir!". Todos vociferaban, agitaban sus manos y tiraban tierra al aire.” (Hch 22,22-23).

5. ¿Qué le ha ocurrido a Pablo en el camino a Damasco? “Yo mismo -le escribe a los Filipenses- fui alcanzado por Cristo Jesús” (Flp 3,12). A los gálatas les dirá, como al pasar: “Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por medio de su gracia, se complació en revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos …” (Gal 1,15-16). “¿Acaso no he visto yo al Señor Jesús”, les dirá a los corintios (1 Co 1,1).

En el camino a Damasco, Jesús el Nazareno se ha revelado a Pablo como el Señor, es decir: como el Dios vivo hecho hombre, muerto y resucitado para comunicarnos el Espíritu, y con Él, el don supremo de la filiación divina. “Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo» ¡Abba!, es decir, ¡Padre!” (Gal 4,6), dirá en un texto célebre de su carta a los cristianos de Galacia.

El encuentro con Cristo crucificado ha significado para Pablo encontrar el eje de toda su vida. Hasta ese momento, como escuchábamos en la segunda lectura, el ideal religioso de Pablo estaba centrado en cumplir la Ley, es decir: en su propia perfección, en sí mismo.

Dios, en cambio, le revela que esto es locura, insensatez, presunción. Le ofrece a Cristo crucificado, para que deposite en Él toda su fe y su confianza. Él es el que nos ha obtenido el perdón de todos nuestros pecados. Él es nuestra paz y nuestra redención.

Este cambio es tan radical que, de ahora en más, Pablo sólo encontrará gloria en la cruz de Cristo y, por lo mismo, en su propia debilidad: “Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Co 12,10).

Al final de su camino, la primera Carta a Timoteo recoge su herencia espiritual y apostólica. Le escribe a su fiel discípulo, amigo y sucesor en el ministerio: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores.
Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó a mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús.” (1 Tim 1,12-14).

Si tenemos que pedir una gracia especial para este año jubilar paulino, podríamos expresarlo así:

Señor Jesús,
muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación,
Tú fuiste exhibido por el Padre
como expiación salvadora de todos los pecados.
Gracias a tu muerte y resurrección,
allí donde abundó el pecado
sobreabundó la misericordia.
Dios estaba en Ti reconciliando al mundo consigo.

Danos, te suplicamos, el don de tu Santo Espíritu,
y con él, la plenitud de sus frutos:
“amor, alegría y paz, magnanimidad,
afabilidad, bondad y confianza,
mansedumbre y temperancia.” (Gal 6,22).

Que tu Espíritu nos lleve por el camino de la filiación adoptiva.
¡Sólo así seremos auténticamente libres,
con la libertad gloriosa de los hijos de Dios,
la libertad del Hijo, la libertad de Cristo!

Por la intercesión de tu siervo y apóstol, San Pablo,
llévanos a la plena madurez cristiana,
a la plena identificación contigo,
el Primogénito entre muchos hermanos.

Tú que nos has amado hasta entregarte por nosotros,
danos la gracia de vivir de la fe en Ti,
mientras dure el camino de nuestra vida mortal.

Y, una vez llegados a la meta de nuestra carrera,
haznos experimentar el gozo de conocerte
como Tú nos conoces a nosotros.
Amén