Un Dios Comprometido con la Dignidad Humana

 

Mensaje de Navidad de Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, a la comunidad mendocina

Navidad es un tiempo de bellas ilusiones. Así se advierte en las canciones, cuentos y leyendas, que se recordamos en estos días. Algunos relatos están llenos de encanto, e inspiran sentimientos muy positivos ¿Serán ilusiones vanas, meros sueños, o delirios? ¿Quizás tengan algo de magia, como parece interpretar cierta mentalidad secularizada? Me parece más bien, que las personas de fe sincera, aun siendo pobres y sencillas, descubren que sus ilusiones están fundadas en una verdad muy sólida: la Palabra misma de Dios.

Es cierto que mucha gente se ha sentido frustrada en sus expectativas. Han escuchado promesas que nunca se cumplieron. Se han propuesto ideales que nunca alcanzaron. Desearon con ardor bienes legítimos que no consiguieron. Quizás por esa experiencia negativa, ahora prefieren no hacerse ilusiones, ni tener grandes expectativas. Tampoco en Navidad. Suelen decir que han aprendido mucho de la vida; que por fin han puesto los pies sobre la tierra. ¿Que sentido tendrán entonces los augurios de paz y felicidad que se intercambien al brindar, en las noches de Navidad y Año Nuevo?

Prefiero pensar que, apoyar los pies en el suelo, como signo de ser realista y objetivo, no está reñido con tener un corazón lleno de ilusiones, abierto a valores trascendentes. Sí. Es posible mantener una gran expectativa, si estoy convencido de fundarla en una base bien sólida. Por ese motivo, ser creyente no me hace iluso ni soñador, sino confiado en la promesa de un Dios fiel a su promesa y Padre providente. Al mencionar que alguien es visto o se presenta como un “mesías”, se destaca precisamente una expectativa falsa o exagerada. En cambio, cuando reconocemos en Jesús al Mesías, comenzamos a creer y confiar en Él, como el ungido de Dios; el que fue prometido desde antiguo para traer al mundo la salvación y la paz.

Esta confianza en la venida del Redentor, alienta la vida del creyente, y tiene que ver con sus realidades más concretas y hasta dolorosas. Desde antiguo, el pueblo judío invocaba a Dios, que se había ligado a ellos con un pacto de amistad. Se sentían pobres, preocupados por su seguridad, pero abandonados en manos de un Dios que cuida hasta los pájaros del cielo. Esta misma súplica, hoy la elevamos también los cristianos, en tiempos de grave inseguridad: “No entregues a los buitres la vida de tu tórtola, no olvides la vida de tus pobres; piensa en tu alianza: que los rincones del país están llenos de violencia” (Salmo 74,19-20). Por tanto, no estamos solos. El nombre de Jesús significa que Dios vino a salvar (Mt 1,21). Él es el Emanuel, que quiere decir Dios con nosotros (Mt 1,23),

Confesamos, con dolor, que hoy en día la dignidad humana no es reconocida ni respetada. La misma vida humana, la familia, el hogar, el trabajo cotidiano, y los bienes personales, son objeto de muchos atropellos. Nos anima, sin embargo, reconocer que para los cristianos, el misterio de Navidad sostiene y alienta precisamente esa inquietud actual.

El Nacimiento de Jesús, levanta y restaura la dignidad humana. Un admirable intercambio se ha constituido en centro de la historia. La Biblia y la predicación cristiana, lo expresan en palabras humanas, y nunca suficientes. Dios se hizo hombre pobre en Belén, para que cada hombre se volviera rico. No con riquezas de este mundo, sino con el tesoro del Reino, para poder sacar siempre cosas buenas de su propio corazón (cf Mt 12,35). Desde entonces, la ansiada unidad y la fraternidad del género humano, han sido proclamadas para siempre. No sólo prometidas al mundo, sino hechas -desde ahora- reales y posibles. Por cierto, no con las solas fuerzas humanas, pero sí con el poder que viene de lo alto. Esa es la respuesta que escuchó María del Ángel, y que luego confirmó Jesús: Nada hay imposible para Dios (Lc 1,37 y 17,1).

Desde entonces, todo ser humano es objeto de cuidado y de respeto, por la iniciativa del mismo Dios. El más pequeño, el que sufre, cualquier pobre o esclavo, merece socorro, atención y justicia. Esa es la consecuencia maravillosa del misterio de la Encarnación. Aunque en verdad nos cuesta asumirla como conducta de creyentes, y pasamos la vida volviendo sobre ella. Pero esa convicción de fe también alegra y anima tanto la vida personal como social. ¡Cuántos cambios de conducta, y aún de estructuras, pueden inspirarse en este gesto divino que dignifica y enaltece a la persona humana!

Más aún, quien en su interior se encuentre desesperado o agobiado por su pecado, tiene una nueva razón para esperar. De Belén ha surgido una corriente de alivio y de consuelo, de la cual la Iglesia está llamada a ser canal principal. El amor incontenible de Dios se hace fuente inagotable de amor nuevo. Dios se ha hecho hermano y modelo, maestro y amigo, salvador y redentor. El mundo entero ha quedado repleto del amor divino.

Ésta convicción es fuente de gran consuelo y a su vez un verdadero desafío. Requiere una fe personal y crecida, en el misterio de Navidad. Por este motivo, la Iglesia que camina en Mendoza, invita a todos a buscar la conversión del corazón para llegar a ser, y para actuar, como auténticos discípulos misioneros de Jesucristo. El fruto o resultado de la fe, es la vida nueva y eterna, que el mismo Señor ofrece a quienes creen en él y guardan su palabra. Esa “vida” asegura todos los bienes que podemos soñar, y todavía muchos más, porque es comunión con la vida del mismo Dios.

Busquemos por un momento tomar conciencia de esta convicción; hagamos la experiencia interior de esta presencia. Entonces seremos felices, con la alegría propia de la Navidad cristiana. Les deseo y propongo, entonces, que cada encuentro y saludo, vaya cargado de esta seguridad interior que anima y compromete, para velar y trabajar por la dignidad humana de todos y de cada uno.

¡Muy Feliz Navidad para todos!