Solemnidad de todos los santos

 

Reflexión Pbro. Lic. Sergio Martín

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9).

“...ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

Si en algún momento del día –además de la participación en la Santa Misa- nos detuviéramos nada más que a rezar esta expresiones de la Escritura que están presentes en toda la liturgia de hoy, sería suficiente para re-avivar en nosotros el anhelo de Santidad.

En ellas se encierra el misterio más hondo de esta vocación de todo bautizado.

Desde la infancia misma son tantas las imágenes que nuestros ojos nos permiten captar –agradables y desagradables- que es como imposible pensar que hay algo que ningún ojo humano aún no haya visto.

¡Cuánto más lo que escuchamos! Palabras de aliento, de frustración, de amor y de rencor. Palabras que sanan y otras que hieren. Algunas serenas y edificantes otras que son sólo gritos vacíos.

¿Es posible imaginar que hay algo no visto ni escuchado? Creo que no es tan fácil. Sin embargo, aún cuando alguien pudiera imaginarlo no llegaría a poner sombra a esta verdad que el apóstol Juan nos formula. Porque pensar que podré ver y escuchar todo lo que desde la fe sólo capto en sombras, eso es grande y hermoso.

¡Podré ver a Dios tal cual es!
La santidad será la posibilidad del ver y escuchar “cara a cara” el todo del amor de Dios.

El amor experimentado, visto y oído en la comunión más plena que el alma pueda desear.

Por esa misma razón, la santidad es un camino que se comienza a recorrer desde esta vida. Más aún, nada de lo que en esta vida hagamos de bueno y agradable a los ojos de Dios y por el bien del prójimo y de la historia quedará sin la recompensa merecida.

Por eso mismo, es importante que en algún momento del día -en el que celebramos el triunfo de tantos hermanos nuestros, que en el cielo gozan a Dios y nos ayudan en nuestro camino- podamos detenernos a pensar y a rezar para que Dios haga de nuestra vida un don bueno cada día.

Que podamos verificar en la fe, que vale la pena dejarse transformar el corazón por Él. Que no se puede vivir realmente la fe, sin responder a esa acción transformadora de Dios.

Un día como este es más que apto para reconocer que anhelos tan grandes y tan nuestros, no se pueden tener “vivos” si no cultivo la fe, la esperanza y la caridad. Santidad es don y es respuesta.

No puedo afrontar el recorrido de tan valioso camino sin una vida espiritual seria, que se alimenta de la Eucaristía, de la oración y de la gracia divina.

Si hoy, al mirar la propia vida, la propia familia, el trabajo. Si al contemplar las alegría y luchas de la vida, cada uno pudiese – a la luz de la Palabra de Dios- alegrarse de que nada de ello queda en el vació, sino que es cultivo en el camino de la Santidad.

Qué bueno será reafirmar en la propia vida que “hay un misterio de la fe que aún no contemplamos y aún no escuchamos en su totalidad y que estamos llamados a vivirlo eternamente”.

Que ese misterio nos haga crecer en deseos sinceros de una santidad sana y real. La santidad que se construye con esa mezcla de don de Dios y respuesta de mi vida a ese don.

La santidad que se hace viva cuando me convenzo que siempre “al mal se lo vence a fuerza de bien”.