Entrega confiada a María

 

Mensaje de Mons. Sergio Buenanueva en la Fiesta Diocesana de la Iglesia en Mendoza

“Mujer, aquí tienes a tu hijo”.
Y, al discípulo:
“Aquí tienes a tu madre”.
Y, desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. (cf. Jn 19, 26.27)

María: ¡Qué hermoso es pronunciar tu nombre en esta tarde!

Al iniciar mi servicio apostólico a esta querida Iglesia diocesana que te venera como Madre y Signo de esperanza, renuevo la entrega confiada de mi persona de hijo a tu maternidad divina.

Como el discípulo amado al pie de la cruz, muchas veces a lo largo de mi vida, he escuchado el testamento de Jesús crucificado: Aquí tienes a tu madre.

Las he vuelto a escuchar cuando, en este tiempo fuerte para mi vida, tu Hijo me ha dirigido la llamada al servicio apostólico.

Esas palabras comenzaron a crecer en mi corazón, mucho antes de poder leerlas y comprendarlas en las Santas Escrituras.
Las recibí de mi propia madre, que puso en mis labios la primera invocación mariana que recuerdo, y aún hoy, rezo con devoción:

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial Princesa,
Virgen sagrada María,
yo te ofrezco en este día:
alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
No me dejes, Madre mía,
morir sin tu bendición.
Amén

Al entrar, por la imposición de las manos y la oración ferviente de la Iglesia, en la sucesión apostólica, no puedo sino renovar mi respuesta de amor a Cristo que vuelve a confiarme su Madre, y vuelve a entregarme a Ti, para que tu maternidad alcance también mi propia vida, vocación y misión.

Madre: enséñame a decir siempre “Amén” a la voluntad del Padre.

Introdúceme cada vez más profundamente en el misterio luminoso y bello de tu Hijo, el Buen Pastor que da la vida por el rebaño.

Tus recuerdos, por la potencia del Espíritu y la apertura de la fe, se actualizan en mi vida cada vez que, contigo, con tus ojos y con tu mismo corazón, repaso los misterios del Santo Rosario.

La mirada fija en Jesús.

Porque eso es contemplar: mirar con el corazón a Cristo.

Esa es, en definitiva, la misión del Obispo en la Iglesia, como nos enseña el Papa Benedicto XVI: el obispo es el “que ve con el corazón”.

Querida Madre, lo ves muy bien en esta tarde.

No estoy solo en esta plegaria.

Soy parte de un pueblo joven, vivo y libre: la familia de tu Hijo, la santa Iglesia, cuya vocación y misión tú has realizado en plenitud.

Aquí están las comunidades cristianas, distintos grupos y personas, provenientes de cada rincón de nuestra Diócesis.

Conmigo están el Obispo, Mons. Arancibia, a cuyo ministerio he sido llamado a secundar. Aquí están los sacerdotes y los diáconos, los consagrados y los laicos. Los seminaristas.

Aquí están, sobre todo, los jóvenes, chicos y chicas.

Permíteme, Madre, que la entrega confiada de mi servicio pastoral también, y de modo especial, los incluya a ellos.

¡Es tan preciosa su vida!

¡Son tan hermosos sus ojos, sus manos y su joven corazón, desbordante de vitalidad!

¡Cómo quisiera que el Rosario se convirtiera en una escuela de Evangelio para ellos!

¡Qué recitando los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos, transitaran su camino: de Cristo a su vida, de los acontecimientos de cada día al corazón palpitante de Cristo que, como en esta tarde, los espera en la Santa Eucaristía!

Al iniciar mi misión como Obispo, te confío el anhelo que el Espíritu ha puesto en mi corazón: ser Testigo del Evangelio de la Gracia de Dios.
Amén. Hágase. Así sea.