En la luz de Cristo Transfigurado

 

A treinta años de la muerte de un gran Papa

Por Dra. Elina Paganotto


El atardecer del domingo 6 de agosto de 1978, el gran Papa del siglo XX que tuvo la ardua tarea de guiar y concluir el Concilio Vaticano II, comenzando además su aplicación, en una época mundial sumamente convulsionada; el Papa que quiso elegir el nombre del “Apóstol misionero” cuyo año jubilar estamos celebrando; el olvidado gigante de nuestro tiempo, Pablo VI, “pasaba de este mundo al Padre”, que quiso llamarlo a Sí en el día en que la Iglesia católica celebra la fiesta litúrgica de la Transfiguración del Señor. Para Giovanni Battista Montini-Pablo VI comenzaba el día sin fin en el esplendor de la gloria de Aquél que fue el centro de su vida.

Un Papa, decía, olvidado y, en cierto modo, desconocido, pero cuya figura, con el correr del tiempo, se agiganta. Hombre de contextura física frágil, salud débil desde su juventud y temple de acero, de acentos apasionados cuando habla de sus grandes amores: Jesucristo, la Iglesia y la Humanidad toda. Con un gran anhelo en su corazón, expresado en su primera encíclica – Ecclesiam Suam, escrita también un 6 de agosto – que indica el rumbo, la orientación de su pontificado, en la que manifiesta su inmenso deseo de contribuir con sus palabras a que la sociedad humana y la Iglesia “se encuentren, se conozcan y se amen”.

Su pasión por estos sus grandes amores, como ha hecho notar recientemente su actual sucesor en la diócesis de Milán, el cardenal D. Tettamanzi, se pone de manifiesto incluso en el hecho de que el término “corazón” aparece centenares de veces en su magisterio (1). Recuerda además el cardenal Tettamanzi que, en la homilía de la misa en la que él fue ordenado sacerdote, el entonces cardenal Montini elevaba una plegaria para que el Señor diera a sus jóvenes ministros “un corazón grande, capaz de igualar al de Cristo y de contener en él todas las proporciones de la Iglesia, las proporciones del mundo, capaz de amar a todos, de servir a todos, de ser intérprete de todos. Un corazón capaz de comprender a los otros corazones 28 de junio de 1957). Y que algún tiempo después, comentando las palabras de San Agustín: “Dilatar los confines de la caridad”, afirmaba: “Corazón católico quiere decir corazón de dimensiones universales. Corazón que ha vencido el egoísmo, corazón magnánimo, corazón ecuménico, corazón capaz de acoger al mundo entero dentro de sí. No por esto será un corazón indiferente a la verdad de las cosas y a la sinceridad de las palabras; no confundirá la debilidad con la bondad, no colocará la paz en la apatía, sino que sabrá latir en la admirable síntesis de San Pablo: vivir en la verdad y en el amor (Ef 4,15)”.

No tengo dudas de que en este ardiente deseo, Pablo VI se está definiendo a sí mismo. Estas palabras revelan al Papa cuyo amor en la verdad a la Humanidad lo ha llevado, con energía y coherencia – a pesar de las incomprensiones de las que con frecuencia fue objeto – a buscar nuevos modos para revelar a Cristo a las diversas tipologías de hombre moderno, desde el obrero al artista, desde el consagrado al agnóstico, desde el niño y el joven al encarcelado, con acentos de conmovedora pasión como cuando, visitando a los presos de la cárcel de Roma, les dice con fuerza y profunda ternura: “Los amo, no por un sentimiento romántico, no por un movimiento de compasión humanitaria: los amo de veras porque descubro en ustedes la imagen de Dios, la semejanza de Cristo. El Señor Jesús nos ha enseñado que, justamente la desventura de ustedes, esta herida, esta humanidad de ustedes lacerada y débil, constituye el título para que yo venga a ustedes a amarlos, a asistirlos, a consolarlos, a decirles que ustedes son la imagen de Cristo, que ustedes reproducen ante mí al Crucificado. Por esto he venido; para caer de rodillas ante ustedes”.

La figura de este gran Papa y sus 15 años de pontificado son imposibles de resumir en pocas líneas. Quisiera sólo recordar algunos hechos y gestos a los que nos hemos ido acostumbrando, olvidando que fue él el pionero, el que abrió caminos nuevos. Su beso a la tierra, al ingresar bajo la lluvia a la diócesis de Milán; la abolición de la tiara pontificia, que puso a la venta para destinar la suma recaudada a obras en favor de los más necesitados; la venta de un lujoso auto recibido, cuyo producto donó a la M. Teresa de Calcuta; el impulso del diálogo ecuménico, que tuvo uno de sus signos más elocuentes el 14 de diciembre de 1975, durante el Año Santo, cuado se arrodilló para besar los pies del Metropolita de Calcedonia, Melitón. Los viajes apostólicos: a Tierra Santa, a la ONU, Colombia, Suiza, Uganda, India, Australia y Oceanía y a las Filipinas, donde sufrió un atentado en el que resultó levemente herido por el puñal del atacante. El Papa que tuvo una especial sensibilidad por el arte y una relación fluida y afectuosa con los artistas de las diversas manifestaciones; que se acercó a los gitanos y a los trabajadores de circo; que celebró la misa de Navidad en las entrañas de una mina; que escribió documentos claros y concisos, que marcaron rumbos importantísimos en la Iglesia, en cuestiones sociales, morales, doctrinales, pastorales, concluyendo con dos significativas exhortaciones apostólicas sobre la alegría cristiana y sobre la evangelización; que puso en marcha la realización regular del Sínodo de Obispos, etc.

Para concluir este necesariamente incompleto recuerdo de Pablo VI, quisiera dejarlo hablar a través de dos espléndidos escritos que revelan la grandeza de su persona y la limpidez de su alma, profundamente enamorada de Jesucristo, de la Iglesia y de la Humanidad.

Escribe en “Algunas notas para mi testamento”: “Ante la muerte, ante el total y definitivo alejamiento de la vida presente, siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la belleza, el destino de esta fugaz existencia: Señor, te agradezco porque me has llamado a la vida y, aún más, porque haciéndome cristiano, me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida”. Y, refiriéndose a los aspectos concretos de su muerte, agradece a cuantos le han hecho el bien y pide perdón a cuantos él no se los hubiera hecho, y dispone: “La tumba, amaré que sea en la verdadera tierra, con humilde signo, que indique el lugar e invite a cristiana piedad. Ningún monumento para mí. (…) Que mis funerales sean sumamente simples”. De hecho lo fueron: un austero ataúd, colocado directamente sobre el suelo, con el libro de los Evangelios abierto sobre él.

Y en su “Pensamiento ante la muerte”, de belleza conmovedora, realiza su apasionada declaración de amor a la Iglesia: “Ruego al Señor que me dé la gracia de hacer de mi próxima muerte un don de amor a la Iglesia. Podría decir que siempre la he amado; fue su amor quien me sacó de mi mezquino y salvaje egoísmo y me encaminó a su servicio; y por ella y no por otra cosa me parece que he vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiera; y que yo tuviera la fuerza de decírselo, como una confidencia del corazón, que sólo en el extremo momento de la vida se tiene el coraje de hacer”.

En este mismo escrito, Pablo VI nos deja a todos y cada uno, en nuestra propia condición personal, un legado que es sabiduría de vida: “No mirar más hacia atrás, sino hacer gustosamente, simplemente, humildemente, fuertemente, el deber resultante de las circunstancias en que me encuentro, como Tu voluntad. Hacer inmediatamente, hacer todo, hacer bien. Hacer gozosamente lo que Tú ahora quieres de mí, aunque supere inmensamente mis fuerzas y me exija la vida”. Y termina con un acto supremo de confianza: “Finalmente, en esta última hora, curvo la cabeza y alzo el espíritu. Me humillo a mí mismo y te exalto a Ti, Dios cuya naturaleza es bondad. Deja que en esta última vigilia te rinda homenaje a Ti, Dios vivo y verdadero, que mañana serás mi juez, y que te dé la alabanza que más ambicionas, el nombre que prefieres: Padre”.

Al caer el día del 6 de agosto de 1978, se apaga la vida terrena del gran Pablo VI. Su testamento se completa y alcanza su plenitud con las palabras que había preparado para el Angelus de ese día y que, ya agonizante, no pudo leer. En ellas invita a los hombres a dirigir la mente al destino inmortal que esconde el misterio de la Transfiguración del Señor, que ese día comenzará realmente para él ya que – escribe – “estamos llamados a compartir tan gran gloria porque somos ‘partícipes de la divina naturaleza (2Pe 1,4)’.

Y en el momento supremo de su vida, nos dice: “tampoco este domingo podemos olvidar a cuantos sufren por hallarse en circunstancias especiales: los desocupados, que no alcanzan a subvenir a las necesidades crecientes de sus seres queridos con un trabajo acorde con su preparación y capacidad; a los que padecen hambre, una multitud que aumenta cada día en proporciones pavorosas; y, en general, a todos aquellos que no aciertan a encontrar un puesto satisfactorio en la vida económica y social. Por todas estas intenciones se eleve hoy fervorosa nuestra oración mariana y estimule a cada uno de nosotros a propósitos de solidaridad fraterna”. Pablo VI, hecho hasta el final “uno” con Jesús, que “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1)”.

(1) D. TETTAMANZI, Introducción, en G. ADORNATO, Pasolo VI, il coraggio della modernità, C. Balsamo 2008, p. 6.