Celebración de Acción de Gracias

 

9 de julio de 2008

Homilía de Mons. José María Arancibia en el Te Deum por la Patria, celebrado en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, de San Martín


En su reflexión el arzobispo, convoca nuevamente a rezar por la Patria, como se hizo desde los tiempos en que se forjó la independencia.

"Aquellos hombres, dijo, estaban motivados por un alto ideal de libertad política, sin perder el sentido religioso de la convivencia social".

"En los nuevos tiempos, y necesitados de la gracia divina, las familias y comunidades rezamos una ORACIÓN POR LA PATRIA. Entonces y ahora, destaca el obispo, necesitábamos motivar la súplica en medio de una preocupación compartida, y alentar el compromiso por los grandes valores".

Texto Completo de la Homilía:

1. Convocados para rezar por la Patria:

Hoy celebramos la independencia nacional, declarada por el Congreso de Tucumán en 1816. Significaba la ruptura definitiva con el antiguo régimen, y el comienzo de una nueva etapa como estado soberano. El Congreso estaba integrado por representantes de las provincias, que tomaron una decisión valiente, superando rivalidades, y abriendo un camino en medio de luchas y desencuentros. Valiosa lección, también para estos tiempos nuestros.

Aquellos hombres estaban motivados por un alto ideal de libertad política, sin perder el sentido religioso de la convivencia social. Nicolás Avellaneda escribió: los congresistas de Tucumán “se emanciparon de su rey, tomando todas las precauciones para no emanciparse de Dios y de su culto ... Querían conciliar la vieja religión con la nueva patria”. El acta de la independencia, comienza “invocando al Eterno que preside el universo...”. Siguiendo la tradición, la asamblea había comenzado y concluido con una Misa, entonando a continuación el Te Deum.

Este antiguo himno dio el nombre al momento religioso celebrado por el pueblo y sus gobernantes en las fiestas patrias. Aunque se cantaba en latín y con música polifónica, los cristianos entendían que estaban dando gracias a Dios por la Nación, e invocando su protección sobre ella. En los nuevos tiempos, y necesitados de la gracia divina, las familias y comunidades rezamos una ORACIÓN POR LA PATRIA, que he comentado el pasado 25 de mayo. Entonces y ahora necesitábamos motivar la súplica en medio de una preocupación compartida, y alentar el compromiso por los grandes valores.

2. Una forma cristiana y sencilla de oración cotidiana.

¿Cómo invitar en este día a la oración por la Patria? Los cristianos hemos recibido una forma simple y muy profunda, de labios del mismo Jesús: el PADRENUESTRO. Fórmula recitada con frecuencia, aunque no siempre con la advertencia y el gusto por lo que significa. Sin embargo, es la más perfecta de las oraciones. Enseña el Catecismo, que es el resumen de todo el Evangelio. En Ella conocemos mejor a Dios, y aún a nosotros mismos. Los padres la siguen trasmitiendo a sus hijos, los pastores y catequistas a sus fieles cristianos. Es oportuno repasar hoy su contenido, porque nos ayuda a renovar el sentido religioso de la vida personal y social.

3. PADRE NUESTRO, QUE ESTÁS EN EL CIELO.

Para suplicar a Dios, lo invocamos primero como Padre. Nombre maravilloso y verdad admirable, que Jesucristo ha revelado. Padre significa: fuente de todo bien, medida y origen de toda perfección. Es un gozo reconocernos como hijos suyos, muy queridos, y darle gracias por ello. Nada mejor, que sabernos en comunión familiar con Él, y entre nosotros, por la vida nueva que ofrece y entrega. Decimos que “está en el cielo”; no porque sea inalcanzable; sino porque está más allá de todo, por su grandeza, majestad, y suprema bondad. No lejos nuestro, sin embargo, porque nos quiere y cuida con admirable providencia. No hay un sólo instante, ni una acción escondida, que escape a su mirada paternal. Le llamamos Padre “nuestro”, y no para apoderamos de Él, sino reconociendo una pertenencia mutua, establecida gratuitamente en Jesucristo, como alianza de amor y fidelidad.

Ahora bien, llamar a Dios Padre, como fuente de toda bondad, nos compromete. Su grandeza y belleza impregnan el corazón del que ora, haciéndolo humilde y confiado. Nadie se dirige a Él, manteniendo un corazón cruel, inhumano o insensible. Al contrario, el amor recibido de nuestro Padre nos libera del individualismo, y al invocarlo de verdad, debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros. Apelar a la paternidad del cielo, permite superar fronteras, derribar todo muro y edificar una paz auténtica. ¿Cómo no experimentar entonces, que al rezar por la Nación, nos motivamos para procurar una fraternidad sincera, buscada con la confianza puesta en el Padre Dios, que la hace posible?

4. SANTIFICADO SEA TU NOMBRE:

Los hombres no santificamos a Dios. Sino que lo reconocemos como fuente de toda bondad, razón y justicia. Él es quien ha querido compartir la santidad con sus hijos, sanando las heridas del corazón humano, tantas veces orgulloso y rebelde. Al recurrir al Padre con esta petición, reconocemos la necesidad de ser purificados de manera incesante, porque faltamos cada día a nuestros deberes y compromisos; porque abusamos del nombre de Dios. Por lo demás, la salud y la santidad, no se piden sólo para uno mismo, sino en nombre de todos y para todos; incluso por los adversarios o enemigos, porque solamente así se puede entrar en el plan que Dios tiene sobre cada persona y cada nación.

Tantas veces nos abruman los errores y equivocaciones. Otras tantas los ocultamos, o los atribuimos a la responsabilidad ajena y los criticamos duramente. Esta simple oración nos enseña a pedir confiadamente la salud interior que viene de Dios para todos, y que todos sin distinción precisamos. Éste es también el sentido de las últimas peticiones del PADRE NUESTRO: perdona nuestras ofensas, porque -con tu ayuda- estamos dispuestos a perdonar; el mal existe y nos rodea, pero confiamos en tu auxilio para no caer en él. ¿Quién de nosotros no vive a menudo esta experiencia?

5. VENGA A NOSOTROS TU REINO:

¿Qué es este Reino pedido? Dice la Escritura: “El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). ¡Cómo no suplicar pues estos dones maravillosos tan anhelados! ¿Será posible obtenerlos? El Señor los ha prometido, y los entrega como fruto del Espíritu Santo. Según el Evangelio, el Reino con sus dones pertenece a los pobres y los sencillos de corazón, que son felices al aceptarlo. Al Reino son invitados los pecadores, para encontrar el perdón y la libertad interior. Jesús mostró la fuerza del Reino, con signos visibles que atrajeron la atención hacia él; sobre todo liberando de males terrenos, como el hambre, la injusticia, la enfermedad y la muerte. Pero no vino para abolir milagrosamente todos esos males, sino para liberar a los hombres de una peor esclavitud, que es el pecado. Porque éste es el obstáculo más grave para vivir como hijos de Dios y como hermanos; por eso, es causa de servidumbre, sometimiento y exclusión. Así, pues, mientras aguardamos con esperanza la venida definitiva del Reino, pedimos que esta fuerza mueva el corazón de cada persona y cada comunidad, transformando el hoy nuestras vidas.

6. HÁGASE TU VOLUNTAD, EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO.

¿Se puede conocer la voluntad de Dios? ¿Será igual a la nuestra?. La Escritura sagrada afirma que Su voluntad consiste en nuestro bien mejor. Él quiere que todos los hombres se salven de todo mal, y que conozcan plenamente la verdad (cf 1 Tim 2,3-4). Ejercita su paciencia con los seres humanos, y no quiere que nadie perezca (cf 2 Pe 3,9). Toda su voluntad se resume en que “nos amemos los unos a los otros como él no ha amado“ (Jn 13,34). Jesús es quien ha cumplido por entero la voluntad de Dios, y en virtud de su entrega generosa hemos sido santificados. De nuestra parte, somos impotentes para imitarlo, pero unidos a Él y por la fuerza del Espíritu, podemos optar siempre por lo que Él ha escogido y hacer lo que agrada al Padre.

Con esta súplica, pues, pedimos discernir cuál es la voluntad de Dios y tener constancia para cumplirla. Jesús enseña a entrar en el Reino, no con vanas palabras, sino cumpliendo la voluntad del Padre. Allí radica el bien verdadero, y la felicidad completa, de cada persona, familia y Nación. No es una ilusión anhelar comprensión, entendimiento y armonía entre las personas, familias y grupos sociales. Tampoco una utopía soñar con la amistad social. Eso quiere el Padre Dios para sus hijos; para la familia que Él ha adquirido y reunido. En situaciones que preocupan, pedimos con sencillez la gracia de comprender y valorar esta vocación a la justicia y paz; más aún, suplicamos tener la convicción y la fuerza para ser artífices de esos valores en la vida social y política.

7. DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA:

Buscar el pan para la mesa de familia, motiva el esfuerzo diario de muchos argentinos. Es ya una bendición el trabajo y la salud para conseguir el pan. Mucho más, tener familia, hijos, y amor para cuidarlos. ¿Por qué lo pedimos a Dios cada día? Porque en este mismo afán cotidiano, percibimos -hasta con dolor- nuestras limitaciones. No siempre se puede elegir el trabajo, y menos la retribución que merece. A veces falta salud, energía o laboriosidad. Y hay causas históricas, sociales y económicas, que hacen difícil vivir del propio trabajo. Aunque una Patria grande y generosa como la nuestra, nos obliga a pensar en las razones morales que provocan la falta de trabajo o de pan. En el último Congreso Eucarístico cantábamos: “No es posible morirse de hambre en la patria bendita del pan”.

Al pedir a Dios el pan de cada día, no dejamos de lado nuestra responsabilidad. Al contrario. Expresamos la confianza filial de los hijos de Dios, preocupados por responder a la vocación recibida: sostener la propia familia con el propio esfuerzo, y edificar un mundo fraterno, justo y solidario. Todos saben, por lo demás, que no sólo de pan material vive el hombre. Hay otro hambre interior, que necesita un alimento distinto. Sobre todo el de la Palabra de Dios, que transforma el corazón. En una Patria rica y fecunda, no habrá justicia ni solidaridad, sin personas que de veras quieran ser justos y solidarios. A Dios Padre nuestro, que nos conoce y nos quiere, sigamos pidiendo pan suficiente para la subsistencia completa del pueblo entero.

Como enseñó un sabio maestro cristiano, para los creyentes: "Cristo mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial". [San Pedro Crisólogo]