Dos mil años del nacimiento de San Pablo

 

Por Pbro. Sergio O. Buenanueva

El próximo 28 de junio, el Papa inaugurará en Roma el año jubilar para conmemorar el dos mil aniversario del nacimiento de San Pablo.

La personalidad, el pensamiento y los escritos de San Pablo han marcado profundamente la vida y la historia del cristianismo. Son también un patrimonio común de toda la humanidad, sin distinción de credos. Palabras fundantes de nuestra cultura, como “libertad” y “conciencia”, y la idea misma de la común dignidad de todos los seres humanos, son ininteligibles sin su aporte.

Saulo de Tarso se adhiere a la fe cristiana después de vivir un hecho dramático. Él lo describe sin hacer concesiones a la curiosidad: “Cuando Dios, que me eligió del seno materno y me llamó por su gracia, se complació en revelarme a su Hijo...” (Gal 1,5). En otra de sus cartas dirá sencillamente: “fui alcanzado por Jesucristo” (Flp 3,12).

Este hecho religioso está a la base de todo. Él mismo dirá: “Todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo.” (Flp 3,7).

La fe cristiana está en una encrucijada de la historia. Como ha ocurrido tantas veces, por otra parte. ¿Qué luz nos ofrece la figura de Pablo para esta hora? Una decisiva y esencial: que la novedad siempre joven del cristianismo es la persona de Jesús de Nazaret, a quien Pablo llama: “mi Señor”. Que la fe cristiana se desfigura grotescamente, reducida a moralismo, si olvida o silencia a Cristo, a quien Pablo también llama: “gracia de Dios”. Que la palabra más real y provocativa que la Iglesia tiene para pronunciar, hoy como ayer y como siempre, es: “Dios”. En esta palabra -como en una semilla- está escondida toda la potencia de transformación que posee la fe, incluso en su aporte a la nunca acabada tarea de establecer la justicia en el mundo.

Es esta palabra la que Pablo puso al centro de su vida. En torno al año 54 escribía: “Es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación” (2Co 5,19).