San Antonio, un hombre de la Palabra

 

Por Pbro. Sergio O. Buenanueva

El 13 de junio pasado hemos conmemorado a San Antonio de Padua. Me dan vuelta en la cabeza tres cosas acerca de este santo.

El primero: Antonio fue un hombre de la Palabra, un predicador incansable. La historia de la Iglesia nos enseña que lo momentos de mayor esplendor cristiano coinciden con los de más y mejor ejercicio del ministerio profético: enseñar, catequizar, predicar. Como hacía Jesús. ¿Cuánto tiempo pasó predicando y enseñando? Se acerca el Sínodo de la Palabra. Seguramente se podrá evaluar el impacto que ha tenido en la Iglesia una de las decisiones de fondo más felices del Concilio: devolver la Palabra a los fieles.

El segundo: Antonio, el taumaturgo de los pobres. “Taumaturgo” quiere decir: el que hace obras maravillosas. Léase: milagros. Es verdad, este don extraordinario Dios lo concede cada tanto a algunos elegidos. Sin embargo, los milagros son siempre signos de algo más hondo: el amor de Dios que se abre paso para llevar alivio, consuelo y vida a las personas que sufren. En eso estamos en las mismas condiciones de Antonio. ¿Quién de nosotros no puede llevar un poco de amor a quienes lo rodean? No hace falta nada raro ni extraordinario. Sólo eso: un poco del amor de Cristo.

El tercero: Antonio de las multitudes. Antonio del pueblo. Ya durante la fase terrena de su vida convocó multitudes de gente. Mucho más después, hasta nuestros días. En su santuario en Padua y en cada lugar donde se venera su imagen, Antonio aparece rodeado de una multitud que lo busca y lo ama. La Iglesia no puede abandonar su vocación popular, por reunir, convocar y congregar. ¿No indica eso precisamente su nombre: Iglesia=convocación de Dios? Si la Iglesia se aísla del pueblo es porque la misma pasión de Dios por la humanidad no ha encontrado eco, sino frialdad en los corazones. También en esto -como en la predicación- el fraile Antonio es fiel imagen de Jesús.

Con Antonio de Padua pidamos a Dios que nos dé, entonces, un gran amor por la difusión de su Palabra, un sentido fuerte de cercanía con los que sufren, y una alegría inmensa por ser ciudadanos de su Pueblo, la Iglesia.