Orar y adorar

 

Por Pbro. Sergio O. Buenanueva

La oración y la adoración están en el centro de la vida de la Iglesia. La fiesta del Corpus nos lo recuerda. La Eucaristía es, ante todo, acto de culto, oración y adoración. Como el éxodo de Israel: salir de Egipto, internarnos en el desierto, llegar a la montaña santa y, allí, ser sorprendidos. Como Abrahán en el monte, en la Eucaristía experimentamos que es Dios el que provee. Él nos da el sacrificio que hemos de ofrecerle.

“La hora ha llegado -dice Jesús a la samaritana- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).

En el centro del culto cristiano está Jesús, el Cordero inmolado, el Esposo que amó a la Iglesia, su esposa, y se entregó a sí mismo por ella. El Espíritu nos introduce en la Verdad completa. Nos mueve a orar, adorar y comer el sagrado Cuerpo del Señor.

Hay una correspondencia interior entre estos verbos. No se puede comer el Pan vivo sin orar ni adorar. La oración desemboca en la adoración, y esta anhela la comunión.

El sacramento nos introduce en la vida divina: “El que me come vivirá por mí. Como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre.” (Jn 6,57).

La Iglesia ha languidecido allí donde ha menguado el espíritu y la práctica de la oración y, principalmente, la adoración.
Cuando esto ocurre, los ídolos y el culto idolátrico, ganan el corazón del hombre. El pueblo se olvida de Dios. Ya no hay palabras que escuchar. Sólo el amargo escucharse a si mismo.

El gesto de llevar públicamente la Sagrada Hostia por nuestras calles le recuerda a la Iglesia que es un pueblo peregrino y que cada uno de nosotros ha sido llamado a adorar al Padre en espíritu y en verdad. Recuerda además la Hora de Jesús: su pascua. Recuerda al mundo que Dios está y obra, que vive y habla. No nos deja indiferentes.