Iglesia, política y ciudadanía III: relatos e imágenes bíblicos

 

P. Sergio Buenanueva

En este nuevo artículo voy a centrar mi atención en el concepto de “ciudadanía”.

Me aparto por esta vez de la letra de la encíclica. Quisiera ilustrar el contenido de este concepto con dos relatos bíblicos.

Según la Real Academia de la Lengua española, la voz “ciudadanía” tiene tres acepciones, a saber: “1. Cualidad y derecho de ciudadano. 2. Conjunto de los ciudadanos de un pueblo o nación. 3. Comportamiento propio de un buen ciudadano.”

No es un concepto primariamente teológico. Ser ciudadano es algo que pertenece al orden natural. Es propio de la misma condición humana.

La fe lo respeta como tal; lo ilumina y nos ofrece motivos nuevos para asumirlo plenamente en nuestra vida cotidiana.

Como decían los Obispos a fines del año pasado: “No sin razón se ha dicho que los argentinos somos 37 millones de habitantes, pero no logramos ser 37 millones de ciudadanos.

El habitante usufructúa la Nación y sólo exige derechos. El ciudadano la construye porque, además de exigir sus derechos, cumple sus deberes.” (Una luz para reconstruir la Nación 20).

1. Vamos ahora a la Biblia. Empecemos por uno de los relatos primordiales. Nos ayudará a comprender nuestro tema desde un punto de vista negativo; es decir: la negación de la ciudadanía. Es el relato de Caín y Abel.

“El Señor dijo a Caín: «-¿Dónde está Abel, tu hermano?» Contestó: «- No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano?».

Replicó: «-¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra» …” (Gn 4,9-10).

Caín reniega de cualquier tipo de responsabilidad de cara a su hermano. Ha madurado la decisión de excluirlo de su campo de intereses primordiales. Se desentiende, porque reclama la soberanía absoluta de su libertad. Lo percibe como una amenaza a su libertad.

Esta concepción de los vínculos sociales tiene un punto de partida preciso: Caín ha eliminado a Abel, por una concatenación de razones que no son fáciles de comprender. Una mezcla de egoísmo, envidia y dolor porque la plegaria de su hermano pudo llegar al corazón de Dios.

Decíamos arriba que no se trata de un concepto teológico en sentido estricto. Es del orden natural. Sin embargo, la escena bíblica nos permite comprender que la relación con Dios es determinante para la vida concreta de todos los vínculos, incluidos los sociales.

El modo como estamos delante de Dios y con Él condiciona también el modo como nos posicionamos frente a los demas.

La dimensión religiosa de la vida pública y cívica es un tema que deberá ocupar más nuestra atención. No para aferrarnos a modelos pasados; tampoco para reclamar a la Iglesia o sus ministros un rol que no resulta acorde a la conciencia que hoy tenemos de la vida social; sino para descubrir cómo tendremos que vivir la esencial relación con Dios en la vida pública de hoy y de mañana.

La laicidad de la que hemos hablado en artículos anteriores no significa exclusión de los valores y símbolos religiosos. Debe hacer lugar a un reconocimiento explícito, positivo y real del lugar que el hecho religioso y que las religiones concretas han tenido y tienen en la vida de las personas, de los pueblos y de sus sistemas de valores.

A los creyentes los pone ante el desafío de vivir la secularidad como un valor positivo, exigente y provocador para la propia fe.

La Biblia vuelve una y otra vez sobre estas cosas. La relación con Dios, las relaciones interpersonales e incluso la relación consigo mismo constituyen un todo diferenciado, pero armónico. Lo que no funciona en una, repercute en todas.

Del relato y de las imágenes bíblicos pasemos ahora a la reflexión que nos interesa. La negación de la ciudadanía está en la negación del vínculo que me une, más allá de mis opciones o gustos, a todos los Abel que conviven conmigo. Mi libertad coexiste con las libertades de los demás.

2. Pasemos ahora a una conocidísima parábola de Jesús: el Buen Samaritano (Lc 10,25-37). Nos ayudará a comprender el contenido positivo del concepto. En realidad, casi podríamos tomarlo como sinónimo de un término cristiano: prójimo. Ciudadano es sinónimo de prójimo.

“El, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «- ¿Y quién es mi prójimo?» Jesús le contestó: «- Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó … ¿Quién de los tres te parece que se portó como prójimo del que tropezó con los bandoleros?» Contestó: «- El que lo trató con misericordia» Y Jesús le dijo: «Ve y haz tú lo mismo»” (Lc 10,29-30.37).

Recordemos de paso que las parábolas de Jesús tienen siempre un elemento de sorpresa que tiene la función de sacudir al interlocutor, provocándolo más allá de sus expectativas.

En esta parábola, la sorpresa está en el cambio de acento a la pregunta que Jesús hace. No es tan importante preguntarse quién es mi prójimo, cuanto hacerme yo mismo prójimo. Y prójimo de una víctima.

El escriba ha acertado cuando responde: prójimo fue el que trató con misericordia al pobre tipo apaleado.

Aquí el movimiento es contrario al de Caín. Así, ciudadanía es interesarse, dejarse interpelar por todo lo que hay en el camino, sobre todo por el dolor de las víctimas.

Aquí hay mucha tela para cortar, como se dice. Retomando lo que decía en reflexiones anteriores, la formación de la conciencia ciudadana plantea a la acción pastoral de la Iglesia un desafío formidable.

El Papa Benedicto hablaba de sensibilizar ante las exigencias irrenunciables de la justicia que, en muchas ocasiones, reclaman prioridad absoluta, sobre todo frente a la tiranía del yo y sus propios deseos desordenados (lo que llamamos en teología: la concupiscencia).

Pero hay aún mucho más. No puede edificarse una sociedad auténticamente humana si no se potencian las energías espirituales más hondas del corazón y la conciencia. No basta la justicia.

Esto significa renovar desde dentro la vida social con valores tales como el perdón, la solidaridad, la laboriosidad y el respeto por el ecosistema, entre otros.

En pocas palabras: con la fuerza del “agapé”, a la medida de Cristo, el Buen Samaritano..

Si hubiera que resumir en una frase apretada el contenido positivo de la ciudadanía, desde esta luz que proviene de la parábola del Buen Samaritano, podríamos decir sencillamente: “Hazte cargo de tu hermano, trátalo con misericordia. Su suerte es también la tuya”.

Ahora sí podemos retomar el segundo sendero que ha de transitar -según el pensamiento del Papa- la lucha de la Iglesia y de los cristianos por la justicia: despertar las energías espirituales y morales de las personas.

Lo dejamos para otro momento.