Pascua es alegría y vida en Plenitud

 

Mensaje pascual de Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza.

En la plenitud de la alegría de la Pascua, el obispo, da este mensaje para toda la comunidad mendocina.

Es un momento que desborda el corazón, por este motivo, reflexiona, "no la vivimos hacia adentro, para nosotros solos. Sería imposible. Porque es un regalo para el mundo entero; para los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar; de cualquier raza, clase y condición. ¿Qué ofrece? La vida misma en abundancia".

Texto Completo del Mensaje

Pascua es alegría y vida en plenitud

1.
Me complace saludar a todos con motivo de la Pascua. Estamos muy contentos de celebrarla. Una intensa alegría llena el corazón, y lo desborda. Es la solemnidad más grande de los cristianos. No la vivimos hacia adentro, para nosotros solos. Sería imposible. Porque es un regalo para el mundo entero; para los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar; de cualquier raza, clase y condición. ¿Qué ofrece? La vida misma en abundancia.

Lamento que los cristianos no demos un testimonio común de gozo pascual. La fe y esperanza en Cristo, muerto y resucitado, nos une desde siempre. Por encima de las divisiones que -por culpa nuestra- han herido la unidad. Pero mientras aguardamos y preparamos la plena comunión, la celebración nos acerca y nos impulsa a ser testigos de este don maravilloso de Dios a la humanidad.

Hace años que los creyentes en Cristo, se estimulan cantando: “Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima propicia de la pascua / Cordero sin pecado que a las ovejas salva / que a Dios y a los culpables unió con nueva alianza” (Secuencia de Pascua).

2. No es fácil encontrar palabras para comunicar el regocijo de esta fiesta. Por eso recurro ante todo a las Escrituras, que expresan el misterio en lenguaje humano. Es lo mejor que puedo ofrecer. No hay explicación más sabia, ni más hermosa.

Una antigua profecía, proclamada en la noche de Pascua, es motivo de esperanza: “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36,26). En el Evangelio, las mujeres que visitaron la tumba de Jesús, recibieron la buena noticia: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recuerden lo que él les decía ...” (Lc 24,5-6). San Pablo, explicará luego el sentido y fruto de la Pascua, como signo del amor divino: “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo -¡ustedes han sido salvados gratuitamente!- y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús” (Ef 2,4-7).

3. Los viejos maestros cristianos, usaron expresiones muy hermosas para hablar de la Pascua. Un obispo llamado Basilio, decía en el siglo quinto: “Cristo con su resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta”. San Gregorio de Nisa, todavía un poco antes, exhortaba a tener un corazón grande: “Día de resurrección, ¡feliz comienzo! Celebremos con gozo esta fiesta y démonos el beso de paz. Hermanos: invitemos a hacer Pascua, aún a aquellos que nos odian ... Perdonándonos todo, en honor de la Resurrección, olvidemos las ofensas recíprocas”.

4. El mensaje pascual de alegría y vida nueva, así expresado, parece dirigido sólo a creyentes y practicantes. Conversando en estos días con gente de prensa, me insistían pidiendo referencias a la realidad de Mendoza; a los sufrimientos y anhelos de la gente. Yo les explicaba, que ante todo quería hacer de pastor. Porque desde la fe en Cristo, que anunciamos e impulsamos, se perciben -por cierto- muchas carencias y miserias del momento actual. Pero un predicador del Evangelio, un pastor del pueblo, no sólo denuncia esas realidades, sino que por encima de todo suscita la fe y la esperanza en los corazones, sabiendo que desde allí puede provocar un cambio profundo, auténtico y duradero. No lo hace, por supuesto, confiando en su habilidad o autoridad, sino en los frutos maravillosos prometidos a quienes descubren a Cristo, lo encuentran vivo y lleno de poder, para llevar vida nueva a todas las familias y los pueblos.

5. ¿Cómo es la vida nueva y plena, fruto de la Pascua? Los últimos meses han sido ocasión propicia para reflexionar mucho sobre este tema. El año pasado, el encuentro de los obispos de América con el Papa, en Aparecida (Brasil), nos dejó valiosas conclusiones. Ahora, estamos presentado en Mendoza un plan actualizado de pastoral (2008-2012), que inspirado en Aparecida lleva como título, y como lema: “Discípulos misioneros de Jesucristo, en comunión, para la vida de nuestro pueblo”. Estoy seguro que muchos comparten graves preocupaciones, y tienen fervientes anhelos en torno a la vida humana. Incluyo ahora sólo algunos alusiones. Conservo el entusiasmo por seguir reflexionando, y por trabajar con mucha gente, al servicio de una vida humana plena y dichosa.

Desde la fe en Jesucristo, la vida se convierte en una buena noticia, de gran amplitud y mucha fuerza. Tiene que ver, ante todo, con la dignidad humana que debemos proteger y promover, sobre todo en los pobres y marginados. Dignidad absoluta, inviolable, nunca negociable. Supone el valor sagrado de la vida humana, del que brota el derecho de cada persona a ser respetada desde su concepción hasta su término natural. Es una buena noticia sobre la familia, el amor conyugal, la relación entre padres e hijos, que se hace escuela de convivencia generosa y servicial, de integración amigable a la sociedad, de valores humanos y religiosos. Comprende el trabajo, dimensión fundamental de la existencia humana, por el cual se garantiza su dignidad, su libertad, y su realización personal. La vida exige a su vez, el cuidado, crecimiento y honesto uso de los bienes materiales, en justa y equitativa distribución. Como también el cuidado del medio ambiente, que nos ha sido entregado para ser nuestra casa común.

6. Dejo a la reflexión de todos un pasaje textual de Aparecida: “... Jesucristo es nuestro salvador en todos los sentidos de la palabra ... la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza. Porque Él es el Viviente, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera”. (DA 356)

Mi saludo afectuoso y la bendición del Señor para todos en esta Pascua de Resurrección.