Estaba enfermo y me visitaron

 

Celebración de la Liturgia de Jueves Santo en el Hospital Central

Mons. José María Arancibia presidió la Eucaristía de la última Cena del Señor en el Hospital Central, de la cuidad de Mendoza, junto a toda la comunidad de ese centro hospitalario.

Estar aquí este especial día, dijo el obispo, "Es encontrarse con Jesucristo en los pobres, es una oportunidad privilegiada de amarle y de servirle. Más aún, es una dimensión constitutiva de la fe cristiana, que no puede ser postergada. El rostro sufriente de Jesús, tiene hoy infinidad de formas y aspectos, en los cuales Él se da a conocer, y se deja hallar. La Iglesia ha usado recientemente una expresión muy audaz: “los enfermos son verdaderas catedrales del encuentro con el señor Jesús”

La misa fue concelebrada junto al capellán del Hospital Central, Pbro. Carlos Romero, y durante el momento del lavatorio de los pies, que hace memoria del gesto de servicio del Señor a sus discípulos, Mons. Arancibia, lavó los piés a representantes del Hospital, acompañantes de pacientes, enfermos y personal del lugar.

Durante su homilía, el obispo, exhortó a seguir a Jesús en el servicio y a entrar en la dinámica del buen samaritano. Se mostró complacido de poder estar junto a "tantos buenos samaritanos" que son, dijo, "los profesionales de la salud, los parientes de los enfermos, y todos los voluntarios."

Finalmente llamó a celebrar esta Pascua "en actitud humilde y sincera; deseando ardientemente -como Jesús- comer esta Pascua, para tener vida; la vida que participa de la riqueza de Dios y tiene como frutos un amor generoso, abnegado, fruto de su gracia, que hace felices a los que lo practican. Un amor nuevo y audaz, que sin miedo ni arrogancia, sino con firme esperanza, se abre camino, aún en medio de tantas desastres que hoy lamentamos."

Texto completo de la Homilía

Estaba enfermo y me visitaron (Mt 26,37)

1. Recordemos el significado cristiano del jueves santo


La celebración del jueves santo es signo privilegiado de aquella última cena, convocada por Jesús en la pascua judía. Antes de su pasión, quiso comerla con los doce apóstoles, dándole un nuevo sentido. Les mostró entonces todo su amor por ellos, lavando sus pies como un servidor. Este gesto significaba la entrega libre de su vida, ofrecida en la cruz por la salvación de todos los hombres. En la misma cena, les dio a comer su cuerpo entregado y su sangre derramada, bajo las apariencias del pan y del vino, anticipando el sacrifico de la cruz. Así instituyó el sacramento de la Eucaristía. ¿Cómo encontrar hoy a Jesús, para experimentar su inmenso amor?

2. Hay lugares privilegiados para encontrar hoy a Jesús

Jesús ha querido ser hallado por la fe, en varios lugares. La Palabra que acabamos de proclamar, es una forma singular de su presencia. Él está en la Eucaristía y en los sacramentos, que nos mando celebrar, como signos e instrumentos de su gracia. Prometió estar en la comunidad, cuando se reúne y ora en su nombre. Habita secretamente en el corazón del creyente, que confía en Él y le ama, estableciendo un lazo de amistad nueva y eterna con él.

Quiso ser encontrado de modo especial en los pobres, los afligidos y los enfermos (cf. Mt 25,37-40). Es la gente que reclama nuestro compromiso, y con frecuencia nos da muestra de paciencia en el sufrimiento y de constante lucha por vivir. En el día del juicio, seremos juzgados por el amor que les hayamos demostramos. A los que pregunten: “¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte? El Rey les responderá: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,38-40).

El encuentro con Jesucristo en los pobres, es una oportunidad privilegiada de amarle y de servirle. Más aún, es una dimensión constitutiva de la fe cristiana, que no puede ser postergada. El rostro sufriente de Jesús, tiene hoy infinidad de formas y aspectos, en los cuales Él se da a conocer, y se deja hallar. La Iglesia ha usado recientemente una expresión muy audaz: “los enfermos son verdaderas catedrales del encuentro con el señor Jesús” (DA 417).

3. La fe cristiana se expresa en el compromiso del buen samaritano

Jesús que se deja encontrar en la Palabra, en los sacramentos y en los pobres, espera una respuesta de fe personal, sincera y comprometida. Él mismo advirtió que no vale tanto decirle ¡Señor, Señor!, como hacer la voluntad de Dios. Porque el que pone en práctica la Palabra, construye la casa de su propia vida, sobre una roca firme, que resistirá cualquier tormenta (cf Mt 7,21-27).

La respuesta al llamado de Jesús, vocación de cada cristiano, exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (cf Lc 10,29-37). Su mandato es hacernos prójimos, en especial con el que sufre, y generar una sociedad sin marginados ni excluidos. Ésta es la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores, que acoge a los pequeños y a los niños, que sana a los leprosos, que perdona y libera a la mujer pecadora, y que habla con la Samaritana (cf DA 135).

Me complace, pues, celebrar este jueves santo en el Hospital, que no sólo es como una catedral para encontrar a Jesús en los enfermos, sino donde también puedo compartir con tantas “buenos samaritanos”, que son los profesionales de la salud, los parientes de los enfermos, y todos los voluntarios.

4. La misa de hoy y la vida cotidiana

¿Qué tiene relación esta celebración con la vida de todos los días?. ¿Es sólo un hermoso momento? Es bueno plantearse la pregunta. Para que una fe madura y responsable produzca frutos de vida. Para que las alegrías y las penas del diario caminar, encuentren en la fe la luz y la fuerza necesarias.

Nuestro mundo actual parece estar muy lejos de Jesús que lava los pies de sus discípulos. Del ejemplo del buen samaritano, que socorrió a su enemigo. De un amor desinteresado y eficaz hacia con los pobres y afligidos. Sin embargo, en aquella última cena, Jesús estuvo cerca de buenos y de pecadores. Tenía a su lado a Juan; el discípulo joven, entusiasta y siempre fiel. Pero a la mesa estaba sentado Pedro, confiado en sí mismo, que pronto lo negaría, para aprender arrepentido y llorando, cómo amar al Señor con humildad. Estaba Judas Iscariote, que era el traidor, y ha pasado a ser símbolo de toda traición. El relato de la pasión, proclamada en estos días, manifiesta de manera notable que Jesús entregó su vida libremente, en medio de odio, celos, envidia, incredulidad, cobardía y crueldad. Nos preguntamos, entonces, ¿puede Jesús intervenir en nuestra vida cotidiana, llena de tanta miseria?

La respuesta está en el mandamiento del amor nuevo, significado en el lavatorio de los pies. No entendido como un mero precepto a cumplir. Sino como un amor primero entregado, sufrido para redimir, y luego mandado. Jesús no ofrece en la cena, un puro ejemplo para ser imitado por sus seguidores. La Pascua celebrada en la cena y en la cruz, contiene una realidad mucho más profunda. Cumpliendo con amor el proyecto de su Padre, Jesús entregó libremente su vida, en sacrificio de expiación y reparación de nuestros pecados. Nadie podía hacerlo como él. Ninguna persona humana podía justificarse delante de Dios. Pero quienes creen en este gesto suyo de amor, y confían en la salvación que ofrece, reciben el fruto de su pascua, que es perdón y paz interior. Es decir, un corazón renovado, propio de los hijos de Dios, que otorga una capacidad nueva de amar como Él.

La EUCARISTÍA es la actualización de aquel sacrificio único; la fuente más excelente del perdón; del encuentro con Dios, y por lo tanto de la comunión con él y con los hombres. La celebremos en actitud humilde y sincera; deseando ardientemente -como Jesús- comer esta Pascua, para tener vida; la vida que participa de la riqueza de Dios y tiene como frutos un amor generoso, abnegado, fruto de su gracia, que hace felices a los que lo practican. Un amor nuevo y audaz, que sin miedo ni arrogancia, sino con firme esperanza, se abre camino, aún en medio de tantas desastres que hoy lamentamos.