Homilía del Obispo Misa Crismal

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la Misa Crismal celebrada en la catedral de Loreto.

1. Contemplamos a Jesús, ungido por el Espíritu con óleo de alegría


Estamos aquí, otra vez, congregados en la escucha de esta Palabra, que nos prepara a renovar nuestras promesas sacerdotales, y a consagrar los nuevos óleos. Queremos tener los ojos fijos en Jesús, el ungido por Dios, el Cristo; el profeta y rey esperado, según el plan de Dios. Este año he sentido resonar con más fuerza, la expresión “óleo de alegría”, que en boca del profeta describe al elegido y consagrado para ser Mesías y Señor (Is 45,8; 61,3). ¿Qué sentido tiene esta frase? La unción con aceite era signo de gozo, riqueza y libertad; un augurio de felicidad; prueba de amistad y de veneración (cf Mt 26,7).

Nos ha hecho mucho bien, que la Iglesia nos invite en este día, a renovar nuestra entrega. Es una oportunidad para crecer en la conciencia de haber sido elegidos y consagrados. Un don de Dios, inestimable e inmerecido, que conmueve por su grandeza y hermosura. Don misterioso, que se vive y se goza desde la fe. Al ungirnos en el sacramento del Orden, Jesucristo nos ha hecho participar de su misma unción y misión, que lo ha constituido Pastor y Cabeza de la Iglesia. De esta manera, nos conforma y nos anima -con su caridad pastoral-, para ponernos en la Iglesia como servidores del Evangelio a toda criatura, y como servidores de vida cristiana plena en todos los bautizados (cf PDV 15,5).

Supliquemos juntos al Señor, que renueve en nosotros este don maravilloso, con su profundo significado de riqueza, alegría y libertad; de amistad divina y de fraternidad. Queremos servirlo a Él, y ser instrumentos suyos, para llevar a nuestra gente cansada y agobiada, el gozo y la esperanza que el poder del Espíritu quiere otorgarles, porque son ungidos y consagrados del pueblo de Dios.

2. En Jesucristo, Dios nos ha manifestado y ofrecido su gracia sobreabundante

Al pedir para todos un servicio sacerdotal alegre y feliz, no puedo dejar de pensar que a menudo los encuentro cansados; más todavía, desbordados por las tareas propias del ministerio y las exigencias de la gente. Comprendo y comparto con ustedes esta sensación. ¿Será éste un motivo de desaliento?

Llevar nuestro agobio a la oración es dejarse iluminar por la Palabra. Recordemos a Moisés, que se lamentó ante Dios, en medio del llanto y las quejas del pueblo que guiaba por el desierto: “Yo solo no puedo soportar el peso de todo este pueblo: mis fuerzas no dan para tanto” (Num 11,14). Por eso, Salomón le pide a Dios un corazón que sepa comprender y discernir: “... de lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?” (1 Re 3,9).

En la experiencia del creyente y del orante, el corazón se siente cargado y sobrecargado en muchos sentidos. Con el salmo, reza: “me siento ahogado por mis culpas: son como un peso que supera mis fuerzas” (Ps 38,5). Pero recurre confiado a Dios: “Señor, tú me sondeas y me conoces ... y tanto saber me sobrepasa” (Ps 139,2.6). El mismo Dios le responde, y advierte que los caminos y pensamientos divinos, sobrepasan los senderos y razonamientos humanos (cf Is 55,9).

La vivencia y enseñanza de san Pablo, nos llena de confianza, porque las cargas se tornan para él, en motivo de confianza en Dios. A los de Roma les anuncia: “... no hay proporción entre el don y la falta ... la gracia de Dios y el don conferido por un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados con mayor abundancia sobre todos” (Rom 5,15). A los efesios les escribe frases hondas y bellas: “Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la sobreabundante riqueza de su gracia, por el amor que nos tiene en Cristo Jesús” (Ef 2,7). “En una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios (Ef 3,19). En su propio ministerio, el apóstol encuentra dolor y alivio, al mismo tiempo: “Porque así como participamos abundantemente de los sufrimientos de Cristo, también por medio de Cristo abunda nuestro consuelo” (2 Cor 1,5). Con sus fieles, Pablo se desahoga francamente, manifestado los sentimientos encontrados de su ministerio: estamos “al borde de la muerte, pero seguimos con vida; nos castigan, pero estamos ilesos; nos tienen por tristes, pero estamos siempre alegres; nos consideran pobres, pero enriquecemos a muchos; como gente que no tiene nada, aunque lo poseemos todo” (2 Cor 6, 9-10).

3. La Iglesia quiere enviar discípulos misioneros, desbordantes de gratitud y alegría

La Iglesia en América, menciona -ya en Puebla- un crecimiento demográfico desbordante, y parroquias urbanas desbordadas (DP 78.111). Pero reconoce en tono positivo: “Es conmovedor sentir en el alma del pueblo la riqueza espiritual desbordante de fe, esperanza y amor. En este sentido, América Latina es un ejemplo para los demás continentes y mañana podrá extender su sublime vocación misionera, más allá de sus fronteras“ (DP 3). “La salvación que nos ofrece Cristo da sentido a todas las aspiraciones y realizaciones humanas pero las cuestiona y las desborda infinitamente” (DP 353). En Aparecida, la conclusión es un imperioso llamado a sobreabundar al servicio de los demás: “Todos los bautizados estamos llamados a <recomenzar desde Cristo>, a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos ... Sólo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar“ (DA 549).

4. “Sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia”

Espero que puedan tolerar mi insistencia. Sólo esto tengo para ofrecerles, porque ésta es mi propia búsqueda, que intento hacer en el tesoro de la Palabra de Dios, y de la fe de la Iglesia. No pretendo con ellas reproche alguno, sino compartir con ustedes, mis hermanos, hijos y amigos, la difícil y delicada búsqueda de sostener el aliento. Hemos comenzado nuestro ministerio, por vocación, con libertad personal y gozo desbordante; pero en el camino se puede tornar pesado y agobiante. Podemos, sin duda, mejorar nuestra organización, discutir los métodos pastorales y buscar más recursos. Pero, si somos hombres del Evangelio, siempre contaremos con medios pobres. Por lo demás, sólo lentamente crecemos en número de sacerdotes, diáconos y catequistas. Mientras los desafíos aumentan. Por eso, me atrevo a proponer, confiando en ustedes, una renovación y conversión en la entrega personal, que nos permita vivir la sobrecarga del ministerio con la experiencia gozosa de Dios que nos desborda en gracia. Así me imagino la santificación a través del ministerio, propuesta por el Concilio.

Las conclusiones de Aparecida reconocen la entrega generosa de tantas sacerdotes y el desaliento que puede provocar en ellos el vasto trabajo pastoral (DA 99d; 100e; 185). Yo quiero hacerlo también ahora, con ustedes. Pero, a la vez, exhorta a emprender un cambio personal, como base de una nueva pastoral: “La renovación de la parroquia, exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia” (DA 201). Y más adelante: “A los sacerdotes, les alentamos a dar testimonio de vida feliz, alegría, entusiasmo y santidad en el servicio del Señor (DA 315).

Concluyamos recurriendo a la Virgen María, Madre y Señora nuestra. Ella, que con tierno amor maternal acoge a los sacerdotes en su casa podrá brindarles... “fortaleza y esperanza en los momentos difíciles, y los alentará a ser incesantemente discípulos misioneros para el Pueblo de Dios” (DA 320).