La Pascua de Jesús es Nuestra Pascua

 

"Yo estaré contigo, todos los días hasta el fin del mundo”

Una reflexión para cada día de la Semana

Por Pbro. Lic. Sergio Martín


Cuando nos preguntan a los creyentes católicos el fondo, el impulso que nos dan estos días para participar en las celebraciones de Semana Santa..., las respuestas son muchas y muy valiosas todas.

Ahora, si tuviéramos que sintetizar este misterio sólo nos queda decir que buscamos en la oración y en el Encuentro de hermanos en la Iglesia, que la Pascua de Jesús, sea nuestra pascua.

Buscamos que la lucha de la vida diaria, que las cosas que nos pasan cada día –lindas o dolorosas- puedan tener un horizonte más amplio que el de la pura mirada humana.

Ese horizonte es el Misterio Pascual de Jesús, su muerte y resurrección, que –por la fe- es posible que se injerte en nuestras vidas y así, su Pascua es nuestra pascua.

Su paso de la muerte, del dolor, de la injusticia a la vida y a la salvación eterna sean nuestros. Que su Evangelio, su deseo que los hombres alcancen la dignidad de hijos de Dios, que su misión, sean también nuestras.

El Hijo de Dios se entrega libremente –en la oscuridad de la injusticia, la mentira y la opresión- a la muerte por todos. ¡Esto es lo asombroso y, a veces, incomprensible.

Su entrega es por todos. No por los que creen ser más buenos. No por los que piensan que el triunfo es fruto de la venganza. ¡Es por todos! Aún por sus mismos enemigos. Ese misterio es terrible y profundo y –generalmente- no alcanza esta vida para terminar de comprenderlo.

¡Esto celebramos en la Pascua, el paso de Dios por el misterio oscuro del pecado y de la muerte –con su propia vida- para que todos los hombres que quieran abrir su corazón a ese regalo, alcancen también el “paso” “la pascua” ofrecida por Dios para todos, sin distinción ni venganzas.

¡No caben dudas que la religión –que en Cristo llega a su plenitud- es un camino irrenunciable de paz!

El Domingo de bendición de Ramos es la celebración que abre esta Semana de oración y celebración. A lo largo de los siglos no deja de ser sorprendente la presencia de tanta gente que con humilde y sencilla devoción lleva sus ramos para que sean benditos.

Lleva su deseo de confesarse y estar en gracia de Dios para que la Eucaristía pueda ser alimento de esa Esperanza que la Pascua de Jesús nos ha dado.

El Domingo de los ramos es una “sencilla, alegre y profunda compañía” que hacemos los católicos, acompañando la entrada de Jesús en Jerusalén para vivir los Misterios más profundos de toda su vida y de su misión.

El Martes Santo por la mañana, en la Catedral, todos los sacerdotes de la Arquidiócesis nos reunimos en una profunda celebración en la que lo central es celebrar la Eucaristía juntos, unidos al Obispo, nuestra cabeza y Pastor.

En esa celebración, renovamos nuestras promesas sacerdotales. ¡Es una celebración que se realiza en cada diócesis del mundo! Todos los Obispos –también el Papa, como Obispo de Roma- se reúnen con sus sacerdotes y el pueblo que los acompaña a celebrar este día.

Además, entre los signos hermosos de esta liturgia está la bendición y consagración de los Santos óleos: para quienes se van a bautizar, el Santo Crisma, para quienes se van a confirmar u ordenar sacerdotes y el óleo de los enfermos, para asistir con fe en la vida a quienes sufren.

El Jueves Santo, día en que celebramos el Misterio de la Última Cena, nos congregamos en torno a la Eucaristía. Es una celebración hermosa.

Ella encierra el piadoso y real signo del lavatorio de los pies. Es la noche donde la “clave del Servicio predicado por Jesús llega a su culmen”.

El servicio no se resume en buenos gestos o en simples ayudas que nos damos a los que lo necesitan.

El verdadero servicio tiene su centro en “la entrega de la vida” entera en lo que somos y en lo que hacemos. El servicio es la posibilidad de desgastar la vida en lo cotidiano, en las opciones hechas en la vida y –que tantas veces- son dura y difíciles de afrontar.

Esto es el Jueves Santo: El Cuerpo y la Sangre de Jesús se hacen alimento de la vida del creyente. Y, del mismo modo, la vida del creyente se puede hacer Eucaristía, servicio, alimento para todos con la fuerza que brota de la entrega de Jesús.

El Viernes Santo día en el que no podemos negar que el silencio que se provoca en la naturaleza y en la sociedad misma es fuerte y cuestionador.

El silencio que a muchos pone incómodo.

El silencio que es imposible burlar o serle indiferente. El silencio que inspira y provoca la muerte de Dios.

Insisto, hay realidades que no nos alcanzará la vida para comprenderlas. Esta es quizás la más incomprensible al corazón humano: Dios muere por amor al mundo.

Así lo dice San Juan en su Evangelio: ¡Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él!

Por eso los creyentes “adoramos al crucificado”. Esa es la celebración central de este día: Adorar al Hijo muerto en la Cruz. Por eso salimos a las calles “intentando caminar el Vía Crucis” , el camino de la Pasión de Jesús.

Pero debemos tener algo claro –frente a tantas teorías equivocadas- no adoramos a un muerto. Adoramos al que muere con la confianza y la convicción de la Vida que el Padre le devolverá, venciendo toda oscuridad, pecado y muerte.

El Sábado Santo, el pueblo cristiano, desde horas tempranas visita los templos para adorar al Crucificado.

Es el día donde todos nos abrimos a la esperanza. Es la súplica incansable de la Iglesia para que la Resurrección de su Señor, sea también su propia resurrección.

Por la noche, en la Solemne Vigilia Pascual, la liturgia se impregna de signos fantásticos. Es una liturgia –que me animo a decir- habla por sus signos.

Todos ellos hacen referencia al progresivo paso de las tinieblas a la luz. La lectura de la Palabra de Dios es más extensa que de costumbre, en ellas, desde el paso del pueblo de Israel por el Mar Rojo, hasta la exultación llena de gozo del Evangelio todo nos habla de una Historia amorosa de Dios con los hombres a lo largo de los siglos: la Historia de la Salvación.

El Cirio Pascual, consagrado y bendecido, ocupa el centro de atención en el altar. Es el Signo hermoso del Resucitado en nosotros, su vida quiere ser vida para nosotros.

¡Es el Misterio que funda nuestra Fe! Cristo, el Hijo de Dios, ha sido resucitado por el Padre y con Él ha traído vida eterna al mundo.

Con esa convicción, y llenos de la luz del día, el Domingo de Pascua la Iglesia se prepara serena y jubilosa para centrar su mirada, su atención, su oración, no ya en el Vía Crucis, sino en el “Vía lucis”.

El camino de la luz que nos ha abierto el Resucitado. La Eucaristía, en cada una de esta celebraciones es la cumbre a donde llegamos los cristianos para alimentarnos Cristo. Sin embargo, en este domingo, el gesto de acercarse a la Eucaristía alcanza dimensiones especiales.

Es como el día en que nos preparamos para “renovar –cada domingo- este único y maravilloso gesto del Dios vivo para nosotros y para el mundo entero”.

Son días que merecen nuestro tiempo. Son días en que nos merecemos dedicarnos estos tiempos de vital y fecunda oración.

En el Triduo Pascual, la Iglesia encuentra la fuente misma de toda su vida durante el año. Los invito a acercarse a sus parroquias, a vivir cada etapa de este Misterio, la Pascua de Jesús quiere ser pascua en nuestra vida. ¡Falta nos hace!