Bendición de los Frutos 2008

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la ceremonia de la Bendición de los Frutos. Vendimia 2008 - Costa de Araujo

Dios nos bendiga y nos muestre el camino de la felicidad (Mt 5,1-12)


Esta noche comenzamos los festejos vendimiales. Me da gusto iniciarlos con una invocación religiosa. El trabajo intenso del año, y la cosecha de los frutos, invitan a dar gracias a Dios, y a confiarnos a su paternal bendición. Nos inspira esta Palabra, hecha anuncio gozoso, cántico de fe y súplica sincera. En ella, encontramos siempre una luz potente, que ilumina y orienta el camino de la vida.
La viña y el vino se mencionan muchas veces en la Biblia; desde el primer libro hasta el último. El pueblo elegido es presentado como un viñedo, amorosamente plantado y cuidado por Dios (Is 5,1-4). Su gente creyente pedía confiadamente el auxilio divino, diciendo: ¡Dios todopoderoso, atiéndenos, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu mano plantó, el retoño que hiciste vigoroso! (Ps 80,15-16).
Cristo recogió esta imagen, para anunciar la llegada del Reino, e invitar a ingresar en él. Más aún, para indicar que Él mismo es la cepa, con la cual debemos estar unidos para tener vida (Jn 15,1-8); vida en abundancia. Hoy nuestra invocación religiosa, se eleva desde esta plena confianza, para dar gracias por la vida y el trabajo compartido; por los frutos obtenidos de la tierra, con ayuda de Dios. En sus manos de Padre confiamos incluso nuestras penas y frustraciones, seguros de obtener comprensión, consuelo, y fuerza para superar cualquier adversidad.

La Virgen de la Carrodilla, patrona de los viñedos, nos acompaña desde siempre en esta invocación tradicional. Ella es venerada como Madre de Jesús, y por eso Madre de los cristianos, discípulos del Señor. La traemos y recibimos con alegría, para que nos enseñe -con ternura maternal- a ser hombres de bien, agradecidos, responsables, comprometidos. María nos invita hoy, a escuchar a Jesús, que en su Evangelio indica el camino de la verdadera felicidad. No habrá dicha auténtica y plena en la vida, sino en la búsqueda de la justicia, el amor y la paz; por más arduo que parezca conseguir estos frutos, en cada momento histórico.

La Buena Noticia de esta noche, son las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús en el monte. Sermón impactante y lleno de sabiduría. Algunas expresiones parecen enigmáticas, o difíciles de entender y vivir. Pero son, ante todo, una promesa segura de felicidad, que puede llenar de alegría la vida de cualquier persona. Tanto en las buenas, como en las malas; en el éxito o en el fracaso. Reflejan la vida misma de Jesús y el camino de los cristianos.
¿Por qué son felices los pobres? En realidad, deseamos tener lo necesario para disfrutar de la vida. No está mal. Dios nos mandó dominar la tierra y hacerla producir. El trabajo es un mandato divino, y el ingenio humano puede producir progreso y bienestar. Queremos para Mendoza y sus hijos bienes abundantes. Pero también queremos seguir siendo “pobres”: para no poner en ellos todo el corazón; para aprender a compartirlos con los hermanos; para aspirar a otros bienes mayores, que no son los materiales y terrenos.

¿Es bueno estar afligidos? Nadie quiere para sí la tristeza. Pero la persona de buen corazón no puede liberarse de toda aflicción. Sólo podría, a costa de volverse indiferente al mal, al dolor, a la miseria; propia o ajena. Dios promete felicidad a las almas sensibles, capaces de aflicción por cualquier causa que perturbe o dañe la vida humana. Hay muchas entre nosotros. No queremos ser fríos e impasibles.
¿Sirve de algo ser humildes? Sí, cuando somos sencillos y auténticos. No, si somos apocados y temerosos. Dios nos quiere valientes y luchadores. Pero humildes para conocer bien la propia verdad, con sus luces y sombras. Sobre lo verídico se construye una vida sólida y feliz. Nunca sobre el engaño, y la simulación. La gente humilde, sabe pedir ayuda y dejarse ayudar. No está satisfecha consigo misma, porque quiere aprender y progresar. Tiene grandes ideales para su felicidad, y acepta sus límites para alcanzarla.
Nos preocupa la injusticia y toda forma de violencia. Más todavía en este tiempo. No debería ser para quejarnos, o sólo para exigir de otros la solución. La Palabra de Dios nos alienta a ser auténticos constructores de paz y de justicia, en el ambiente familiar y ciudadano. Luchar por una convivencia pacífica, es propio de los hijos de Dios, de quienes se dejan inspirar por Él. La justicia a su vez, sólo se alcanza cuando Dios sana y fortalece el corazón con su propia justicia, que es perdón y amistad, ofrecidas como gracia de salvación.

Pareciera que ser compasivo o misericordioso es rebajarse. Según el Evangelio, es fuente de felicidad, porque ensancha el corazón para acercarse al dolido y al necesitado. La Virgen María cantó la misericordia de Dios, que se acordó de los pobres y los hambrientos, pero rechazó a los poderosos y soberbios. Jesús dice todavía hoy: tienen muchos pobres entre ustedes.
Los de corazón limpio tiene la dicha de ver a Dios. No sólo en la vida futura. Desde ahora, cuando procuran liberar su interior de odio, malicia, rencor, egoísmo, avaricia, prepotencia, y de cualquier forma de maldad. Esa disposición de ánimo ya es fruto del amor de Dios; permite reconocer su presencia en la vida, que es amistad inmerecida, fecunda en obras buenas.
Parece extraño que el camino de felicidad incluya persecución. Pero es cierto que quien sigue el buen camino suele ser incomprendido y criticado. Hasta rechazado, porque parece reprochar, con su sola presencia. Por eso, andar por la buena senda, requiere convicción y valor. El que se acobarda de hacer el bien, por la burla o el desprecio de los demás, se aparta de aquellos valores que aseguran la felicidad.

Que este Evangelio inspire nuestra oración de hoy, que festejamos vendimia; y que también nos anime a buscar una verdadera y compartida felicidad, en nuestra comunidad mendocina.