El Paraíso, Justicia finalmente realizada

 

Por Dra. Elina Paganotto

Casi diariamente vemos por TV, escuchamos por radio o vemos por las calles del País manifestaciones de personas, víctimas de la prepotencia, del atropello o de la maldad de otros, que reclaman justicia. Y no es raro que expresen claramente que, ante las deficiencias de la justicia humana, confían en la certeza de la justicia divina. Sí, cada día hacemos la experiencia, en nosotros mismos y en los demás, de la necesidad humana de que exista una verdadera justicia que reconozca el bien y que no deje impune el mal.

Esta esperanza de justicia verdadera es uno de los temas abordados por el Papa Benedicto XVI, en su habitual encuentro con los sacerdotes de Roma, su Diócesis, al comenzar la cuaresma, en el que este año respondió a una serie de interesantes y muy bien formuladas preguntas sobre variados aspectos de la realidad humana. En este sentido, Benedicto XVI constata que “todos queremos un mundo justo: pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos”

En realidad, el Papa no dice nada nuevo, ni en lo que se refiere a su pensamiento personal, ni en lo que se refiere a la doctrina de la Iglesia. En efecto, ya en el año 1979, el Papa Juan Pablo II aprobó e indicó que fuera publicada, otorgándole su propia autoridad, una carta a los Obispos, de la Congregación de la Doctrina de la Fe (de la cual aún no era Prefecto el cardenal Ratzinger), sobre algunos temas de escatología que, entre otras cosas, dice: “La Iglesia, en una línea de fidelidad al Nuevo Testamento y a la Tradición, cree en la felicidad de los justos que estarán un día con Cristo. Ella cree en el castigo eterno que espera al pecador, que será privado de la visión de Dios, y en la repercusión de esta pena en todo su ser”.

Si de “diferencia” se puede hablar, en realidad habría que señalar el lenguaje utilizado por el Papa: dialogal, cálido, el de un hombre profundamente creyente en Dios Amor, que se dirige a sus hermanos en la fe; lenguaje brotado de la gozosa esperanza en que “Dios existe y Dios sabe crear la justicia en un modo que nosotros no somos capaces de concebir” (Encíclica Spe Salvi, 43). En efecto, el núcleo de su respuesta no es el infierno, sino la esperanza. Sí, se refiere al infierno, pero no como “lugar” de tormentos eternos, sino fundamentalmente como radical y definitiva incapacidad de amar. Para ello, recurre a las palabras de su encíclica, que creo oportuno reproducir textualmente: “La opción de vida del hombre se hace en definitiva con la muerte; esta vida suya está ante el Juez. Su opción, que se ha fraguado en el transcurso de toda su vida, puede tener distintas formas. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Esta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno. Por otro lado, puede haber personas purísimas, que se han dejado impregnar completamente de Dios y, por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo; personas cuya comunión con Dios orienta ya desde ahora todo su ser y cuyo caminar hacia Dios les lleva sólo a culminar lo que ya son” (n 45). Y el mismo Papa – que ha usado el condicional para las personas cerradas al amor y a la verdad – se preocupa en destacar que ni unas ni otras son el caso normal de la existencia (n 46).

En la misma respuesta, el Papa hace notar que “hoy estamos acostumbrados a pensar: qué es el pecado, Dios es grande, nos conoce y, por lo tanto, el pecado no cuenta, al final Dios será bueno con todos, Es una bella esperanza. Pero existe la justicia, existe la verdadera culpa”. La idea de una salvación absolutamente universal y, diríamos, “indiscriminada” se presentó con distintos matices en la reflexión teológica, a lo largo de la historia, pero nunca fue aceptada por la Iglesia que, fundada en la Escritura, confía, inseparablemente, en la gracia y en la justicia divinas. El mismo teólogo suizo Hans urs von Balthasar, habiendo reflexionado profundamente sobre este tema, percibe su seriedad y las dificultades que presenta, por lo cual finaliza invitando a no caer “en las regiones de lo que no-puede-ser-pensado”, a limitarnos “a estar bajo el juicio de Dios”, ya que “lo que nos queda no es un saber sino la esperanza cristiana” (H. U. von Balthasar, Tratado sobre el infierno, Edicep. Valencia 2000, pp. 197-199).

Tratando este tema, Benedicto XVI dice en su encíclica que “la imagen del juicio no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza”, “una imagen que exige la responsabilidad” (n 44). Aquí el Papa toca un tema fundamental en la concepción cristiana del hombre, que está en la base de las respuestas al clero romano: la libertad humana. Ya en una obra sobre el tema – según él mismo el más logrado de sus escritos – J. Ratzinger señalaba que “Dios respeta absolutamente la libertad de su criatura”; queda en el hombre la posibilidad de negarse al amor. ¡El gran misterio de la libertad humana, don y tarea, don y riesgo!: “Cristo va al infierno y sufre hasta dejarlo vacío, pero no trata a los hombres como menores de edad, que no pueden, en definitiva, ser responsables de su propia suerte, sino que Su cielo descansa en la libertad, que hasta a los condenados les deja el derecho de querer su propia condenación” (J. Ratzinger, Escatología, Herder, Barcelona 1984, p. 202).

Dios, dice el Papa, no deja nunca solo al hombre. De hecho, responde al clero de Roma, “un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado. Y esta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: hay una posibilidad de renovación, de ser nuevos: El Señor comienza de nuevo con nosotros y nosotros podemos recomenzar también así con los otros en nuestra vida. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, tienen necesidad no sólo de consejos, sino de una verdadera renovación, que sólo puede venir del poder de Dios, del poder del Amor crucificado”.

Es desde esta perspectiva del “juicio de Dios” que Benedicto XVI recuerda a los cristianos que no es posible sustraerse a la tarea de la edificación del mundo: sólo conociendo a Dios el hombre se conoce a sí mismo y encuentra los criterios justos para trabajar bien por la tierra. De hecho, afirma, “la edificación de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, sólo se puede realizar reencontrando a Dios en el alma, con los ojos abiertos hacia Dios”. Los criterios para la vida y para la acción no vienen del “temor al infierno”, sino del encuentro de amor con Aquél que “quemándonos, nos transforma y nos libera” (Spe Salvi, 47). Así, les recuerda a los sacerdotes de Roma: “El Paraíso es la esperanza, es la justicia finalmente realizada. Y nos da también los criterios para vivir, para que este tiempo sea, de alguna manera, paraíso, una primera luz del Paraíso”.