Cuaresma y conversión en la Iglesia

 

Por Pbro. Sergio O. Buenanueva

Con el rito de la imposición de las cenizas, la Iglesia católica ha dado inicio a la Cuaresma. En la tradición bíblica, el número cuarenta indica el tiempo óptimo para que las cosas lleguen a su punto justo segùn Dios. Cuarenta años peregrinó Israel por el desierto para entrar a la tierra prometida. Cuarenta días estuvo Jesús en el desierto antes de iniciar su misión. Cuarenta días de oración, penitencia e intensa caridad vive la Iglesia para unirse más plenamente a Cristo.

Una palabra clave de este tiempo es: “conversión”. En su raíz significa: cambio de mentalidad, del modo de pensar y de ver la realidad. Es la otra cara de la fe en Dios. El rito bautismal lo expresa bien: antes de pronunciar el “sí, creo”, el creyente ha de decir: “sí, renuncio”. No está demás recordar aquí que la fe es algo más que afirmar la existencia de Dios. Supone una toma de posición frente a la vida; implica siempre un cambio, un trastocar los criterios de vida, empezando por el modo de mirar y de mirarnos. La fe en Dios -como la no creencia- definen toda la vida.

La conversión tiene una dimensión personal. Cada cristiano está llamado a ella, y no solo en Cuaresma, sino a lo largo de toda la vida. Es un proceso nunca acabado del todo.

Hoy hablamos también de conversión pastoral de la misma Iglesia. No solo los individuos, sino la Iglesia como comunidad visible, inserta en un tiempo y lugar concretos, debe purificarse intensamente. El Documento de Aparecida de los obispos latinoamericanos habla de emprender con decisión “reformas espirituales, pastorales y también institucionales” (nº 367).

El cambio que aquí se pide -y el único que realmente interesa- es el que le permita a la Iglesia ser más ella misma, vale decir: comunidad de discípulos de Cristo, portadora de la esperanza del Evangelio para el mundo de hoy. Como un eco de las palabras de Cristo: “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia”. Y la vida del hombre es Dios. Comunciar esto es la misión de la Iglesia.

Es también uno de los compromisos más fuertes que ha asumido la Iglesia católica aquí en Mendoza.