Navidad: Fiesta de la Esperanza Grande

 

Mensaje del Arzobispo de Mendoza, Mons. José María Arancibia

Si alguno está leyendo la última carta del Papa, comprenderá enseguida el título de este Mensaje. De mi parte, y como obispo de Mendoza, me siento comprometido a sostener la esperanza del pueblo que me fue confiado. Vivir esperando, es imprescindible. De lo contrario, la vida misma se hace insostenible.

¿Esperar es exclusivo de los cristianos? Pareciera que no. He conocido gente animosa, luchadora, entusiasta, que no se siente motivada por la fe. Hay personas que no creen, y sin embargo mantienen en su vida y en su trabajo diario, una actitud serena, esforzada y alegre. Me complace reconocerlo, y respetar el secreto que los anima. Ojalá puedan ellos mismos descubrirlo, y contagiar a muchos más.

La fiesta de Navidad se ha convertido en un torbellino de compras y regalos; de despedidas y saludos. Los símbolos navideños se utilizan tanto para vender, como para adornar y festejar. Reuniones de amigos y parientes suelen alegrar y agobiar al mismo tiempo. En esta fecha del año, el merecido descanso es ansiado por todos.

Siempre me ha caído bien, que en semejante vorágine, no falten los buenos deseos de paz y bienestar que intercambiamos. Es una forma de alentarnos, esperando para los demás, y con buen corazón, que les vaya bien en todo. Algunos lo harán confiando sólo en el dinamismo de la vida misma. Otros, desde su fe religiosa, están como suplicando a Dios que bendiga a sus amigos, conocidos o vecinos. Quizás con timidez o tibieza, porque la cultura ha secularizado casi por completo la Navidad.

No puedo dejar de pensar, en la enorme multitud que hoy manifiesta todo lo contrario: tristeza, dolor, angustia o desaliento. El temor o el desánimo, como la triste e inexplicable depresión, invaden la vida de grandes y chicos, de ricos y pobres, de sanos y enfermos. Me preocupa muchas veces, encontrar personas molestas e irritables; otras cansadas al extremo, sin entusiasmo para seguir adelante; y aquellos otros que están enojados, con heridas profundas, porque no logran perdonar o perdonarse.
Más allá del problema grave de la inseguridad y la violencia, tan mencionado en estos días, me preocupa la situación tremenda de falta de esperanza que viven esos hermanos.

Puede no ser suficiente, que alguien se acerque para decirles: “todo va a salir bien”. Frase escuchada a menudo en situaciones desesperantes. Posiblemente, tampoco les basta el testimonio cercano de gente optimista, y una que otra palabra de aliento. ¿En qué se puede fundar entonces una esperanza verdadera y sólida?

Ante esta pregunta, es cuando me siento en la urgencia de volver a impulsar la convicción, que es propia de la fe cristiana. Heredamos, celebramos, y hasta transmitimos una fe que es portadora de una gran esperanza. Es verdad: la fe cristiana lleva consigo un impulso decidido de confianza y fortaleza. Sin embargo, en no pocos casos, parece vivida con poco entusiasmo y sin convencimiento; como si no lograra impregnar ni transformar la vida de los que la profesan.

Por supuesto que la fe no se impone a nadie. Pero a quien la ha recibido como don inmerecido, le cuestiona la existencia; lo mueve a vivir de otra manera. Y a quienes nunca la recibieron, se la debemos como un regalo que nunca obliga, pero que cada uno ha de tener siempre delante, como una hermosa invitación a la esperanza grande. Este es el sentido de poner a la Iglesia en estado de misión, porque ha descubierto un valioso tesoro, que no puede dejar de presentar a la sociedad de hoy, aunque respete su condición pluralista.

Navidad es la fiesta de la esperanza grande: ya que por encima de toda forma de expectativa humana, anuncia el amor de un Dios, eterno y todopoderoso, que envía a su hijo Jesucristo, para salvarlos de yerros, culpas y dolores; de soledad y desaliento. Aquel que puede amarnos con amor infinito, porque es el Creador y Señor de cielo y tierra, se ha dignado compartir nuestra pobre condición humana, para ofrecer el perdón, y una renovación desde muy dentro. Es la vida que los hijos reciben de un Padre, que nunca pudo dejar de amarlos y buscarlos.

La esperanza cristiana no es la promesa de un bien indefinido, a recibir vaya a saber cuando. La fe introduce en una esperanza grande y segura, porque es certeza de haber sido querido, perdonado, levantado en los brazos del Padre de Jesús de Nazaret. Con este Niño nacido de María Virgen, somos abrazados y cuidados por Dios, desde ahora, en la actual experiencia de creyentes, y por todo el tiempo que abarque nuestra vida; hasta la eternidad. Creer en Jesucristo, es comenzar a vivir de nuevo; a tener vida eterna, no por interminable en el tiempo, sino por dichosa y plena, a través de cualquier tiempo; desde el presente y hasta un futuro sin término.

La humanidad comprueba el crecimiento vertiginoso de las ciencias y de la técnica; de la comunicación y de las artes. Pero el progreso resulta siempre ambiguo, porque puede ser usado para bien y para mal. Así también la riqueza y el bienestar. Por eso la esperanza grande se funda en el amor de Dios, y en sus dones de gracia. Son felices, como dice el Evangelio, aquellos que así lo descubren y creen; que se atreven a esperar, y a amar con la fuerza nueva de lo alto.

Sólo con una esperanza semejante, se puede afrontar la nunca acabada tarea de realizar el bien y la justicia, con aquellas energías espirituales y morales que han ennoblecido a tantos hombres y mujeres que, esperando en Dios, han sido constructores de humanidad. A lo largo de su historia, nuestra Mendoza ha conocido el testimonio espléndido y el servicio generoso de gente creyente, y por ello esperanzada. Ante los nuevos desafíos que hoy tenemos, los católicos queremos compartir con todos, y en beneficio de todos, esta gran esperanza.

A todos les deseo muy feliz Navidad, rogando a Dios les conceda una fe madura, una esperanza firme y un amor que los haga realmente felices. Si se animan, en los encuentros de Navidad y Año Nuevo, compartan entre amigos y en familia, pero con toda franqueza, cuáles pueden ser para cada uno, los motivos de una esperanza que nunca defrauda. Dios los bendiga con su amor incomparable.