Fiesta de la Purísima: Homilía de Mons. Marcelo Colombo en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

 

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El pasado sábado, 8 de diciembre, tuvo lugar la Fiesta con motivo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, cuyo lema rezaba: “María Purísima, acompaña, cuida e integra a nuestras familias”. La misma tuvo lugar en la Pquia. Sagrada Familia de Guaymallén e inició a las 18hs. con confesiones, rezo del rosario y adoración eucarística. La procesión con la imagen de la Virgen inició en la Capilla de la Purísima (Murialdo) y se dirigió hasta dicha parroquia, para dar inicio a la Santa Misa en la explanada del templo. La misa fue presidida por Mons. Marcelo Colombo, Arzobispo de Mendoza, y concelebrada por sacerdotes del Decanato Guaymallén, con la presencia de seminaristas, diáconos y un importante número de fieles.

Ofrecemos a continuación la homilía de Mons. Marcelo Colombo

Mis queridos hermanos,
Con mucha alegría, en esta Eucaristía de hoy celebramos la obra de Dios en María, nuestra Madre Santísima. Aquél que la preservó de la mancha del pecado original y la convocó a la maternidad divina, hoy nos invita a dar gracias por la obediencia y fidelidad de esta criatura sencilla y generosa que dio su sí al Autor de la Vida. “Totalmente conducida por la gracia, pudo dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 490)

Esta solemnidad nos lleva con la memoria del corazón a otros momentos de nuestra vida, sobre todo de la infancia, en los que la fiesta de María Inmaculada constituía el marco inolvidable de la primera comunión, de celebraciones llenas de fervor en el seguimiento del Señor.

El dogma proclamado en 1854 por Pío IX declaró lo que la fe del pueblo sencillo había venido profesando desde los primeros tiempos: “Que María llena de gracia por Dios (Lc. 1, 28) había sido redimida desde su concepción.” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 491).

En su tradición oriental, los Padres de la Iglesia la llaman la toda Santa. Orígenes con admiración y sentido fervor subrayó: «… digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más completa santidad, perfecta justicia, ni engañada por la persuasión de la serpiente, ni infectada con su venenoso aliento» (Orígenes «Hom. i in diversa»). Y aquí, como en tantos de nuestros pueblos y ciudades la evocamos, simple y rotundamente, como la Purísima. Así celebramos la obra de Dios en ella mientras anhelamos vivir en esa señalada experiencia de respuesta generosa al Plan de Dios para nosotros.

Llena de amor a Dios, toda del Señor, le responderá con su sí pleno y vital, a la invitación del ángel Gabriel. “(…) dando su consentimiento a la Palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención”. (LG 56)

“María respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que "nada hay imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38).” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 494). Con su sí libre y generoso expresión de su entrega a Dios, "por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano". (San Ireneo, contra los herejes, 3)

En tiempos intensos, complejos, desconcertantes, como los que vivimos, esta fiesta de la Inmaculada Concepción nos pide una evaluación interior sobre nuestra respuesta a Dios. Si frágiles y quebradizos por nuestras inconsistencias y debilidades, contestamos con ambigüedades y traiciones el amor de Dios, María nos interpela a mirar nuestro interior, a reconocernos obra del Señor, tierra amada y bendecida por su voluntad creadora y redentora.

Somos fecundos y plenos toda vez que perseveramos en nuestra fidelidad al Señor. Como María, nuestro sí, madurado y animado por el amor de Dios, puede hacer cosas nuevas y expresar la vitalidad divina que nunca se deja ganar en generosidad. El sí de Dios en el origen de la vida junto al sí de nuestra Madre en la Anunciación, esperan nuestro propio sí, en nuestra vida personal, familiar y social, sin condiciones ni fisuras, sin traiciones ni ambigüedades, en la conciencia que somos convocados por Dios a obrar el bien y a sembrar de amor la tierra que se nos ha encomendado.

- Sí a Dios y a la Vida que nos viene de Él, ante los interrogantes y los errores que provienen de la confusión cultural y de la secularización que todo lo arrasan; sí que nos llama a responder profética y resueltamente que la Vida es don de Dios y no somos sus dueños, sino administradores y servidores.
- Sí a Dios y a la Vida que nos viene de Él, ante las injusticias y miserias humanas que dejan a tantos hermanos sin alimento, sin techo, sin futuro; sí que nos convoca a obrar solidaria y generosamente para que a nadie le falte lo necesario porque Dios creó la tierra y sus bienes para todos.
- Sí a Dios y a la Vida que nos viene de Él, para enfrentar decidida y creativamente la cultura del descarte y el desencuentro entre argentinos.
- Sí a Dios y a la Vida que nos viene de él frente a la hipócrita negación de la dimensión religiosa del hombre y las raíces cristianas de nuestro pueblo, mientras se lo induce y determina a la religión del dinero, del hedonismo y del individualismo prepotente.
- Sí a Dios y a la Vida que nos viene de Él, en la educación de nuestros hijos; sí donde nos comprometemos como Iglesia y como familias, a formarlos para vivir responsable y serenamente su vida afectiva y su sexualidad.
- Sí a Dios y a la Vida que nos viene de Él, en el cuidado de la Casa común, la tierra, el agua, el aire, asumiendo un estilo de vida sobrio y respetuoso de los recursos naturales, conocedores de su limitación, sabiendo que a tantos les falta.

Mis queridos hermanos, en este día de nuestra Madre Inmaculada, no quiero dejar pasar la oportunidad para agradecer a Dios por la vida y el ministerio de mi predecesor, Mons. Carlos María Franzini, fallecido hace justamente un año luego de una penosa enfermedad. Ahora, desde Dios, nos acompaña y sostiene con su oración intercesora de buen pastor.

Lo queremos recordar en su amor a la Iglesia, en su entrega generosa a la formación inicial y permanente de los sacerdotes, en su eficaz contribución a esta Arquidiócesis, con numerosos gestos de buen gobierno pastoral frente a las exigencias de la realidad. Dios le dé el premio reservado a los servidores buenos y fieles.

Que la Virgen Inmaculada proteja y acompañe la vida de nuestro pueblo mendocino. En sus manos amorosas dejamos las nuestras, vacilantes e inseguras, para que nos sostenga confiada en la Gracia de Aquél “que nos amó primero” (1 Jn. 4, 19).

Algunas fotos de la celebración (Foto: Cristian García)

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