La Iglesia de Mendoza celebró con alegría la ordenación de 4 nuevos diáconos. Homilía del Arzobispo de Mendoza

 

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El sábado 29 de septiembre, Mons. Marcelo Colombo confirió el Sagrado Orden del Diaconado a Carlos Alberto Moreno y José Alejandro Gudiño (diáconos permanentes) y a Marcelo Andrés Regal y Matías Emir Brain (diáconos camino al sacerdocio).

La celebración litúrgica tuvo lugar en la Pquia. Ntra. Sra. de los Dolores de Ciudad, iniciando a las 10hs., presidida por el Arzobispo de Mendoza y concelebrada por los Obispos Auxiliares, Mons. Marcelo Mazzitelli y Mons. Dante Braida, y un buen número de presbíteros de la diócesis. También hubo un número importante de diáconos permanentes, seminaristas, consagrados/as y fieles laicos.

La animación de la santa misa estuvo a cargo del Coro Diocesano “San Juan Pablo II”.


HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DIACONAL DE JOSÉ ALEJANDRO GUDIÑO, CARLOS ALBERTO MORENO, MATÍAS EMIR BRAÍN Y MARCELO ANDRÉS REGAL
(MENDOZA, NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES, 29 DE SETIEMBRE DE 2018)


Queridos hermanos,

Hoy la Iglesia en Mendoza se alegra por la ordenación diaconal de José, Carlos, Matías y Marcelo. Estamos felices de acompañarlos en esta fiesta de toda la Iglesia en la que serán constituidos servidores del Pueblo de Dios. No es una decisión improvisada; se presentan ante la comunidad cristiana luego de madurar durante varios años esta invitación de Cristo, el Servidor, para ser signos vivos de una Iglesia samaritana presente entre los hombres.

A punto de dar su vida en la Cruz, el Señor nos testimonia su vocación servidora en el contexto de la Eucaristía, poniéndose a los pies de los discípulos para servirlos, haciéndose pan y vino para alimentarlos. La entrega de Jesús, sin retaceos ni condiciones, es el modelo para la consagración diaconal de Uds. Háganse disponibles y cercanos a todos los hombres sin consideraciones mundanas y superficiales. Expresen la entrega diaconal de Jesús en sus propios gestos y palabras. Sean pan partido para la vida de nuestra comunidad eclesial.

Carlos y José, provenientes de nuestra Escuela diocesana de Ministerios, serán ordenados diáconos con carácter permanente; por la sagrada ordenación se incardinan en la Iglesia diocesana y expresan con su entrega, la vitalidad de la relación entre la comunidad eclesial y la propia comunidad familiar, llamadas a complementarse en viva interacción en sus corazones de diáconos, esposos y padres.

Como leemos en el nro. 2 del Directorio para el Ministerio y la Vida de los Diáconos Permanentes, “el servicio de los diáconos en la Iglesia está documentado desde los tiempos apostólicos. Una tradición consolidada, atestiguada ya por S. Ireneo y que confluye en la liturgia de la ordenación, ha visto el inicio del diaconado en el hecho de la institución de los «siete», de la que hablan los Hechos de los Apóstoles (6, 1-6). En el grado inicial de la sagrada jerarquía están, por tanto, los diáconos, cuyo ministerio ha sido siempre tenido en gran honor en le Iglesia. San Pablo los saluda junto a los obispos en el exordio de la Carta a los Filipenses (cf. Fil 1, 1) y en la Primera Carta a Timoteo examina las cualidades y las virtudes con las que deben estar adornados para cumplir dignamente su ministerio (cf. 1 Tim 3, 8-13) (…) El Concilio Vaticano II determinó que «se podrá restablecer el diaconado en adelante como grado propio y permanente de la Jerarquía... (y) podrá ser conferido a los varones de edad madura, aunque estén casados, (…)« Las razones que han determinado esta elección fueron sustancialmente tres: a) el deseo de enriquecer a la Iglesia con las funciones del ministerio diaconal que de otro modo, en muchas regiones, difícilmente hubieran podido ser llevadas a cabo; b) la intención de reforzar con la gracia de la ordenación diaconal a aquellos que ya ejercían de hecho funciones diaconales; c) la preocupación de aportar ministros sagrados a aquellas regiones que sufrían la escasez de clero(...)”

Para Matías y Marcelo, que se han formado en el Seminario Arquidiocesano, el diaconado es una etapa importante en el camino hacia el presbiterado; ordenados sacerdotes en algunos meses más, siempre tendrán en sus vidas la exigencia de vivirlas con esta dimensión servicial. Jesús nos lo enseñó con sus gestos y palabras, no sólo a los pies de los apóstoles en la Última Cena sino, sobre todo, en su entrega existencial, total, en la Cruz. Y ése es nuestro don, el regalo de hacernos como Él, servidores de la humanidad.

Como diáconos a partir de hoy y más adelante en el tiempo como presbíteros, están llamados a alentar la formación de comunidades fuertes en el amor de Cristo resucitado, con vínculos que maduren la entrega libre y plena de quienes la conforman, siempre cercanos a los pobres.

Queridos Carlos José, Matías y Marcelo, en estos días he podido recorrer buena parte de la geografía diocesana para acompañar las reuniones de presbiterio de los distintos decanatos. Ha sido para mí un tiempo providencial de tocar con el corazón la entrega generosa de nuestros sacerdotes, su percepción de las comunidades y los desafíos que entrevén en el horizonte de estos tiempos. Ellos los esperan para sumarse a esta hermosa aventura de testimoniar el Reino de Dios presente entre nosotros. Signos vivos de Cristo servidor, Uds. tendrán en nuestros presbíteros eficaces colaboradores de mi ministerio episcopal y buenos compañeros de camino para la consulta y el diálogo pastoral.

En esta mañana quiero proponerles que consideren el vasto campo de la Iglesia que también los espera, más allá de una comunidad parroquial. La participación en las distintas áreas de la pastoral diocesana: Cáritas, pastoral educativa, pastoral de la salud, carcelaria, de la calle, de la vida, social, de la movilidad humana, juventud y catequesis son algunos de los nombres y rostros concretos de los campos de evangelización que hoy les salen al encuentro para invitarlos a no permanecer indiferentes sino atentos y activos en el servicio de Dios y de su pueblo.

En cambio, el diaconado no es una oportunidad para el lucimiento litúrgico junto al obispo o al párroco. Sería una comprensión reductiva de este ministerio. En cambio, Dios espera de Uds. diáconos disponibles y generosos para la vida del Pueblo de Dios, hombres que se embarren con alegría en los caminos cotidianos de la historia humana, como miembros vivos de una Iglesia en salida. No están llamados a poblar las sacristías y los altares sin antes decir presente a la vida comunitaria en todas sus formas. Que las celebraciones litúrgicas en las que participen como diáconos, expresen una vida donada, entregada, jugada enteramente por Cristo y su Iglesia, principalmente entre los pobres y excluidos.

Agradezco de corazón a quienes han contribuido con su oración y su testimonio para que lleguemos a esta fiesta en Mendoza: A sus familias y comunidades de origen, a sus párrocos, al Seminario y la Escuela de Ministerios, a sus formadores y a las comunidades donde desarrollaron su apostolado en estos años de preparación.

Querida comunidad diocesana, recemos por estos hermanos nuestros para que sean servidores buenos y fieles, discípulos de Aquél que nos amó primero para que tengamos Vida en Él.

Los encomiendo a nuestra Santísima Madre del Rosario, presente incondicionalmente en la vida de sus hijos, en la hora de la Cruz y de la vida misionera de la Iglesia. Que Ella los haga siempre disponibles a acompañar a nuestro pueblo. Y que la intercesión del Apóstol Santiago, nuestro santo Patrono, cuide su inserción en esta Iglesia particular, rostro concreto de la esposa de Cristo, madre de los cristianos mendocinos.

+Padre Obispo Marcelo Daniel Colombo
Arzobispo de Mendoza



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