Iglesia, política y ciudadanía II: la fuerza de la razón.

 

Por P. Sergio Buenanueva.

En un artículo anterior planteé algunas cuestiones acerca del compromiso político cristiano, inspirándome en los números 26-31 de la encíclica Dios es amor del Papa Benedicto XVI.

La Iglesia se inserta en la lucha por la justicia -afirma el Papa- recorriendo dos senderos convergentes: la argumentación racional y el despertar de las fuerzas espirituales del hombre.

Quisiera ahora referirme al primer sendero: “La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano.” (Dios es amor 28,5).

Mi reflexión será en cuatro tiempos, tratando de responder a la pregunta: ¿Qué implica: “argumentar desde la razón y el derecho natural”?

1. El primer tiempo es el de la sabiduría del corazón. La experiencia religiosa conlleva siempre un encuentro sapiencial con ese misterio que es el hombre. Que somos cada uno de nosotros.

Esta sabiduría que la fe hace posible tiene una repercusión política de largo alcance. Basta pensar en la línea que une la declaración bíblica del hombre como imagen de Dios y el concepto moderno de los derechos del hombre, sujeto personal único e irrepetible.

Al entrar en el debate político, los cristianos lo hacemos desde la experiencia de la común condición humana que compartimos con las demás personas, creyentes o no. De cada cristiano habría que decir lo que Pablo VI afirmó de la Iglesia: “experto en humanidad”.

Cuando la Iglesia apela al orden natural, que se descubre a la razón que busca con honestidad la verdad, está haciendo apelación a este fondo humano común. Apela a la fuerza de la razón.

Podría añadir que muchos de los desafíos que hoy tenemos los cristianos en nuestra vida ciudadana tienen que ver más con nuestra condición humana que con fórmulas de fe. Pensemos sino en los problemas vinculados a la familia, el significado de la sexualidad, la dignidad del nacer y del morir, etc.

La fe viene en auxilio de la razón. No es extraño que el peso del egoísmo hagan al hombre ciego ante las exigencias más elementales del bien, de la verdad y la justicia. La fe centra nuestra mirada en la Persona del Hombre nuevo, Jesucristo.

Por eso, purifica y eleva nuestra mirada. Nos da fortaleza para perseverar en la realización del bien.

2. El segundo tiempo de nuestra reflexión tiene que ver con la formación de la conciencia autorresponsable del ciudadano.
Objetivo ambicioso y de largo alcance: lograr que el ciudadano actúe a conciencia cuando se suma a la tarea de edificar ese espacio común de convivencia que es la sociedad. La Iglesia -escribe el Papa- “quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales.”

Aclaremos que “obrar a conciencia” no es sinónimo de: “yo hago lo que quiero”. Conciencia quiere decir: el espacio interior donde la verdad se hace transparente a la persona, muchas veces imponiendo sus exigencias de justicia a los propios gustos, emociones o tendencias espontáneas. Para el creyente, la conciencia es el espacio en el que resuena la voz de Dios, donde Él se transparenta al sujeto.

Nada puede sustituir esta experiencia humana fundamental. Pocas cosas son tan fatigosas e imprescindibles como la formación de una conciencia madura. Es este un campo privilegiado de la acción pastoral de la Iglesia.

Lo que se reclama de cada ciudadano es este alto ideal cívico: entrar en la tarea cotidiana de construir la sociedad, aportando lo que en conciencia se considera lo mejor, lo más noble, lo más justo y verdadero, lo que es más conforme con la propia condición humana.

Cuando ese ciudadano es además un discípulo de Cristo, su conciencia se encuentra orientada decisivamente por la fe.
En los primeros siglos, cuando los cristianos eran enfrentados a la exigencia de adorar al Emperador romano, su respuesta solía ser: “Nosotros no rezamos al César, sino por el César”.

Esta es la conciencia cristiana. Solo Dios es su Señor. Y este señorío da al hombre libertad interior y vigor moral.

3. El tercer tiempo de nuestra reflexión tiene que ver con el diálogo sereno y respetuoso. Porque “argumentar desde la razón” es hablar del diálogo, como medio específicamente espiritual de encuentro humano. Se argumenta cuando se está en diálogo con otro, buscando juntos, a partir de perspectivas y visiones diversas, la verdad, el bien común y lo que es justo, aquí y ahora.

La Iglesia cuando apela al diálogo tiene como meta de su acción pastoral la amistad social como la realización más perfecta de la vida ciudadana. Es verdad que, hoy por hoy, otras corrientes de pensamiento político consideran que no es el diálogo, y menos aún la amistad social, el motor de la vida social, sino el conflicto, la confrontación y la lógica que distingue amigos de enemigos.

La Iglesia sabe muy bien que no puede ni debe hacer valer políticamente su enseñanza social. Ella apela a las coneiencias y a la buena voluntad. Propone, ilustra y explica. Confía en la fuerza misma de la verdad, capaz de abrirse camino en la conciencia humana.

4. El cuarto tiempo es la conciencia ciudadana como punto fundamental de convergencia entre la fe y la política.
No hay una línea directa entre el Evangelio y las realidades sociales, políticas o económicas. La fe no ofrece una cultura política completa. La distinción entre valores religiosos, morales y políticos constituye un logro del pensamiento laico y de la reflexión teológica.

Son los integrismos -de diversa índole- los que suelen difuminar estos límites hasta la identificación completa entre religión, política y moral.

Es aquí donde queda abierto el espacio para la conciencia autorresponsable del ciudadano. Aquí se inserta la responsabilidad cristiana frente al mundo. Aquí la fe ofrece su servicio a la razón: la purifica de la ceguera ética frente a las exigencias del bien y de la verdad. Le ofrece libertad.

De esta libertad habla el canon 227 del Código de Derecho Canónico. Dice así:

“Los fieles laicos tienen derecho a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctrina de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables”.

Este es uno de los derechos que la legislación canónica de la Iglesia reconoce a los fieles cristianos laicos. No es una concesión graciosa, sino el reconocimiento de la condición de sujeto responsable que el bautismo y la confirmación conceden a cada cristiano.

Desglosar su contenido excede los límites de esta reflexión. Solo quisiera anotar tres cosas.

Primero, el reconocimiento de un amplio espacio de libertad al fiel cristiano laico en materia política. En segundo lugar, la apelación a la inspiración evangélica de su empeño ético en este campo. Tercero, una fidelidad al magisterio de la Iglesia que, por su propia naturaleza, lleva al fiel laico a un difícil pero irreemplazable discernimiento moral a la hora de actualizar las exigencias de la justicia en el terreno siempre contingente y lábil de las opciones políticas.

Cualquier forma de teologización de la política, o de politización de la fe son más bien atajos que, a la larga, nos desvían del camino recto, fatigoso y nunca acabado de ser fieles al Evangelio en un mundo cambiante, pero siempre abierto a la acción transformadora de la fe.