Hoy se cumplen 10 años de la partida a la Casa del Padre del P. Jorge Contreras

 

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Hoy día se cumple el 10 aniversario de la partida a la Casa del Padre Celestial del P. Jorge Contreras, quien falleció el 24 de agosto de 2008. Por tal motivo se celebrará una Santa Misa a las 19hs. en la Pquia. Virgen Peregrina del Bº La Gloria (Vélez Sarfield 2521- Bº La Gloria - Godoy Cruz).

Canción al Padre Jorge Contreras – Diego Rodríguez


Compartíamos en este mismo medio, hace 10 años…

Hoy 24 de agosto, a los 83 años y después de 46 años de sacerdocio, el Pbro. Jorge Contreras, querido pastor de esta tierra mendocina y padre de los pobres de Jesús, ha partido a los brazos del Padre en el privilegio de los hijos de Dios.

El P. Jorge nació en Mendoza, el 27 de abril de 1925 y fue ordenado sacerdote el 15 de julio de 1962.

El velatorio se realizará en la capilla de la parroquia Virgen Peregrina, su casa por muchos años, en el Barrio La Gloria, de Godoy Cruz.

La Misa de cuerpo presente se celebrará en el lugar, mañana lunes 25, a las 16:30 horas, presidida por Mons. José María Arancibia. El sepelio se realizará a las 18:00 horas, en el Parque de Descanso, de Guaymallén.

Mons. Arancibia ha expresado su profundo dolor ante la partida de este querido sacerdote. En el siguiente testimonio hace un recuerdo agradecido de su vida y de su ejemplo, destacando también el gozo de su paso por esta vida.

"La memoria de este padre bondadoso -dijo el obispo- y hermano muy querido, seguramente hace brotar muchas lágrimas de dolor, de emoción y de gratitud. Desafiando su modestia, damos gracias a Dios, que nos ha regalado este signo de Su presencia viva y eficaz. Si bien, no sólo queremos guardar en la memoria y el corazón, el recuerdo de su paso, sino el intenso deseo de imitar su bondad y sus virtudes, que han sido como el paso de Jesús y de su Evangelio en medio nuestro".

Testimonio agradecido del Obispo sobre el P. Jorge Contreras

Como muchos mendocinos, tengo la tristeza de ver partir al querido padre Jorge Contreras. Y, aunque parezca contradictorio, me brota del corazón el deseo intenso de agradecerle a Dios por el regalo de su vida, y por tanta gente que llora su partida, pero está contenta de haberlo conocido, escuchado y seguido.

Conocí a Jorge en 1956, estudiando filosofía y luego teología, en el Seminario Nuestra Señora de Loreto de Córdoba. Allá dimos juntos todos los pasos de preparación al sacerdocio, aun perteneciendo a diócesis diferentes. ¿Qué recuerdos tengo de aquel tiempo? Jorge era para nosotros un buen hermano mayor, porque había ingresado al Seminario con unos cuantos años más que sus compañeros. Antes, había completado en Mendoza el profesorado universitario en Historia, y comenzado a ejercer la docencia. Conocía muy bien la realidad social y religiosa de Mendoza, en su pasado y en el presente. Seguía con vivo interés todos los acontecimientos de su tierra y del país, comprometido con una situación por lo general difícil, que él sabía interpretar mejor que los demás estudiantes.

Habiendo caminado en la vida más que sus condiscípulos, manifestaba una convicción firme por el sacerdocio, al cual se preparaba como joven maduro y responsable. Sus compañeros y profesores, veíamos en él un hombre de arraigada fe cristiana, sencillo de corazón, siempre sereno, y amable con todos. Dispuesto para ayudar a cualquier en la circunstancia que fuera. En las discusiones y arrebatos propios de nuestros pocos años, lo he visto poner palabras acertadas, sabias y tranquilas, participando al mismo tiempo y con vivo interés, en la búsqueda de respuestas para tantas cuestiones e inquietudes planteadas.

Al concluir nuestra formación, se abrió el Concilio Vaticano II (1962-1965), que despertó y encauzó en la Iglesia Católica una renovación completa y comprometedora para todos. Fuimos ordenados por nuestros respectivos obispos, precisamente poco antes de comenzar aquel evento providencial. Fueron años de mucha expectativa, controversias frecuentes, y de audaces propuestas. La Iglesia fue madurando poco a poco proyectos de renovación, que a la luz de la Palabra y de la tradición, fueran una respuesta de mayor fidelidad a Cristo y a la misión en el mundo, encomendada por Él. Me complace recordar a Jorge en aquellas ocasiones, como un hermano entusiasta y respetuoso al mismo tiempo, apasionado y prudente a la vez; audaz y libre de corazón pero seguro del camino emprendido como sacerdote en la Iglesia.

La vida nos separó después, por muchos años. En varias ocasiones nos encontramos o escribimos, pero ya no compartimos de cerca la vida y el trabajo pastoral. Con aquellos hermosos recuerdos, lo volví a encontrar en 1993, destinado a Mendoza como obispo coadjutor. Fue una inmensa alegría volver a estar juntos, y a ser compañeros de camino en la misión apostólica, que se estaba realizando en esta tierra, tan querida para él. ¡Cómo he apreciado desde entonces, para mi nueva tarea, su palabra esclarecedora sobre la historia de Mendoza y la condición de su gente!

El padre Jorge cumplió el año pasado 45 años de sacerdote. Lo recordamos en un saludo fraterno y emocionado. Pero este testimonio no puede ser continuo y completo. Me falta mucho tiempo de cercanía con él. Período convulsionado y difícil, para la Iglesia y para toda la sociedad. Otras personas, familias y grupos, podrán hablar en detalle de aquellos años. No obstante, me emociona poder completar estas líneas, mirando la figura del padre Jorge en sus últimos años. Tiempo de mayor sabiduría, de entrega completa y sufrida de la vida; querido y venerado por quienes tuvieron la dicha de conocerlo y de gozar de su servicio pastoral. Me complace también poder hacerlo como obispo de esta diócesis, que él me enseño a querer, entender y servir. Es hermoso representar, aunque pobremente, el reconocimiento agradecido de los hermanos sacerdotes, de religiosos y religiosas, de laicos de toda condición, e incluso de muchos no católicos y no creyentes.

No hay palabras suficientes para agradecer al padre Contreras su ejemplo de vida y su abnegada preocupación por las dolencias y sufrimientos de la gente. Tuvo corazón sensible, manos generosas, y palabra valiente, para defender y asistir a los más pobres, olvidados, y excluidos; a los enfermos, afligidos y privados de libertad. Defendió la dignidad humana y los derechos de la persona, en circunstancias muy difíciles y hasta peligrosas. Muchos trabajadores, y aún gente sin trabajo, lo han buscado, para encontrar en él consuelo, orientación y ayuda para defender sus derechos. Quiso privarse de bienes honestos y de ventajas legítimas, para estar más cerca de los que sufren, y ser para ellos simplemente hermano, y servidor humilde. Las personas, familias, e instituciones que en estos días manifiestan su dolor y su gratitud, será sin duda un signo ingente del respeto y del amor que supo ganarse entre los mendocinos.

El padre Jorge fue por encima de todo, un hombre de Dios. No sé si todos pueden y se disponen a reconocerlo así. Para mí y para la Iglesia, fue un cristiano cabal, cuya fe en Jesucristo lo movió y guió en su amor al pueblo; sobre todo, a darse a los más pobres y dolientes. Jesús prefirió a los pobres, pecadores y enfermos, como signo de un amor grande, gratuito y misericordioso. Así lo enseñó a sus discípulos y seguidores. Estoy seguro que Contreras, siguiendo el mandato de Jesús, lo quiso encontrar a Él en quienes carecían de bienes materiales y espirituales. Como buen sacerdote, quiso ofrecer a todos no sólo ayuda o consejo, sino la Palabra de Dios, el Pan de la Eucaristía, y el perdón de los pecados.

En este hermano, pues, respeto y reconozco: a un hombre amigo de los más pobres y sufridos; a un auténtico creyente, y a un sacerdote de Jesucristo. Como también a un fiel hijo de la Iglesia Católica. Un servidor generoso y entregado en muchas tareas apostólicas que la Iglesia le confió. Con libre honestidad, tomó parte en situaciones de conflicto, cargadas de desencuentros e incertidumbres dentro de la misma Iglesia. Admiro que siempre supo jugarse por sus convicciones. Sin embargo, nos dio ejemplo de respeto y serenidad frente a las diversas posturas y tendencias. De fidelidad a su vocación sacerdotal, y a la atención debida al pueblo de Dios. De comunión fraterna y filial con los pastores de la Iglesia.

La memoria de este padre bondadoso y hermano muy querido, seguramente hace brotar muchas lágrimas de dolor, de emoción y de gratitud. Desafiando su modestia, damos gracias a Dios, que nos ha regalado este signo de Su presencia viva y eficaz. Si bien, no sólo queremos guardar en la memoria y el corazón, el recuerdo de su paso, sino el intenso deseo de imitar su bondad y sus virtudes, que han sido como el paso de Jesús y de su Evangelio en medio nuestro.

José María Arancibia, Arzobispo de Mendoza

Mendoza, 24 de agosto de 2008