Gracia para la Iglesia de Mendoza: cinco nuevos diáconos para el servicio de su pueblo

 

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El pasado sábado, 12 de agosto, Mons. Carlos María Franzini ordenó a 5 nuevos diáconos, dos permanentes: Jesús Moisés Lobos y Jorge Roberto Lorenzo, y 3 camino al sacerdocio: Claudio Casoratti, Marcelo Chirino y Emilio Gil.

La celebración litúrgica tuvo lugar en la Pquia. Nuestra Señora de los Dolores (Ciudad) a partir de las 10hs., ante un templo colmado de fieles.

Damos gracias a Dios, por seguir enviando obreros a su mies.

Ofrecemos a continuación la homilía pronunciada por el Arzobispo y algunas fotos de la celebración.


Homilía pronunciada por Mons. Carlos María Franzini, Arzobispo de Mendoza, en la ordenación diaconal de Claudio Casoratti, Marcelo Chirino, Emilio Gil, Jesús Moisés Lobos y Jorge Roberto Lorenzo
(Pquia. NS de los Dolores, 12 de agosto de 2017)

Textos proclamados: Nm 3, 5-9; Sal 22; Hech 8, 26-40; Jn 13, 1-15

Queridos hermanos:

La Arquidiócesis de Mendoza recibe hoy una nueva gracia de Dios en la persona de estos cinco hermanos, que serán ordenados diáconos para el servicio de su pueblo. En una Iglesia toda ella ministerial –es decir servidora- estos hermanos nuestros serán ungidos con el Sacramentos del Orden Sagrado, en el grado de diáconos, para ser en medio nuestro “sacramentos” de Cristo servidor y estímulo para que todos, cada uno según su vocación particular manifieste esta dimensión esencial de la vida cristiana, como claramente lo señaló el Señor en la última cena: “Si yo que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros…”; es decir, deben estar en actitud de humilde y constante disponibilidad al servicio de los hermanos.

Siguiendo al Evangelio y a la insistente enseñanza del Papa Francisco, la Iglesia de Mendoza quiere ser una Iglesia, pobre, servidora de los pobres, las familias y los jóvenes. En este empeño todos estamos convocados a dar un paso adelante, a avanzar para ser cada día más fiel reflejo del Señor y Maestro, que ha querido ser servidor de todos. Todos juntos, en orgánica complementariedad, estamos llamados a responder a esta vocación común. Los textos bíblicos proclamados en la primera y segunda lectura nos hablan de esta diversidad de servicios que confluye en la única misión salvadora: el anuncio de la alegría del Evangelio.

De manera particular el ministerio apostólico, participado de modo diverso por obispos, presbíteros y diáconos, tiene una singular responsabilidad en la vivencia y en la animación de la ministerialidad de toda la Iglesia. A nosotros nos toca ante todo vivir en esta clave servicial, no anteponiendo nunca el propio interés, el propio gusto, la propia comodidad a las necesidades de la comunidad a la que estamos llamados a servir.

Pero al mismo tiempo nos toca servir complementándonos unos a otros. No sirve de la misma manera el obispo, el presbítero o el diácono. Sin embargo cada uno habrá de servir complementariamente y de forma orgánica con los demás ministros sagrados. No se trata solamente de no “cortarse solos”; se trata de valorar y enriquecer a la comunidad con la diversidad de dones y carismas propios de cada ministerio. Además de la riqueza que aporta a nuestro común servicio la diversidad de biografías, trayectorias espirituales y pastorales, dones y talentos e, incluso, limitaciones y carencias.

Concretamente esta mañana serán ordenados estos cinco hermanos para el ministerio diaconal. Cada uno de ellos tiene una historia única e irrepetible; tres de ellos han sido llamados desde su vocación célibe, dos de ellos desde su vocación matrimonial; cada uno ha recibido algunos dones y carece de otros; cada uno está llamado a poner lo mejor de sí al servicio de esta Iglesia que hoy los llama, los ordena y los envía. Por la ordenación son integrados al clero arquidiocesano, que preside el obispo, para sumarse a una rica historia de salvación y misión que habrán de seguir escribiendo con sus vidas y ministerios, junto a todo el pueblo de Dios que peregrina en Mendoza.

Reflexionemos, entonces, brevemente, sobre algunas notas de este ministerio apostólico, del cual participarán estos hermanos nuestros por la imposición de mis manos, y recemos por ellos para que puedan vivir con creciente fidelidad la respuesta a esta llamada que hoy reciben para enriquecer desde su propia realidad al clero arquidiocesano, en favor de todo el pueblo de Dios.

Aunque sea obvio, conviene señalar en primer lugar que la ordenación es una gracia inmerecida, a la que nadie tiene “derecho”. Muy por el contrario, cuanto más viva sea la conciencia de esta gratuidad del don tanto más seria y humilde será la respuesta generosa que día a día estamos llamados a dar. Y esta conciencia es la que nos lleva a los ministros a ser muy dóciles y disponibles al Espíritu Santo que -a través de la mediación eclesial- nos va marcando el rumbo de nuestro servicio, como bien lo testimonia el diácono Felipe en el párrafo del libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado en la segunda lectura. Esta disponibilidad es la que nos hace genuinamente pobres, olvidándonos de nosotros mismos, desprendidos de expectativas y proyectos personales, abiertos a las necesidades de la Iglesia para ir a servir donde haga falta.

La gracia de la ordenación entraña un efecto que jurídicamente llamamos incardinación. Es decir, estos cinco hermanos por la ordenación quedan ligados de una nueva manera a la Iglesia de Mendoza, que cuenta con ellos para siempre como ministros en su servicio. Pero se trata de una realidad mucho más profunda que un mero vínculo jurídico. La vida de fe, toda la vida teologal, de estos hermanos estará desde hoy marcada por este vínculo imborrable que habrá de “teñir” sus existencias. La misma obediencia que hoy prometen es mucho más que una norma disciplinar o funcional. Es la expresión concreta de esta nueva identidad de colaboración y complementariedad con el obispo diocesano que surge de la incardinación a esta Iglesia.

Aparentemente al salir de este templo no habrá sucedido nada en la vida de Marcelo, Claudio, Emilio, Jesús y Jorge. Como todo en el mundo de la gracia, lo más importante acontece de forma discreta y casi imperceptible a la simple mirada humana. Esta nota de discreción, de sobriedad, debería ser otra característica del ministerio ordenado. “Puente que se utiliza y se olvida”, decía Paul Claudel de los sacerdotes, pero se puede decir de todo ministro. Como el diácono Felipe que, una vez cumplida su misión, desaparece de la escena. ¡Cuánto daño hace a las comunidades el excesivo protagonismo de sus ministros! ¡Qué mal nos hace a los ministros la exaltación desmedida por parte de los fieles! También aquí encontramos una misteriosa vía de imitación del Señor, pobre y desprendido, que se escapó cuando querían hacerlo rey.

El evangelista ha querido introducir la narración del lavatorio de los pies con una solemne afirmación: “…sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin…” Los ministros en la Iglesia estamos llamados a reeditar desde nuestra pobreza el amor sin límites ni condiciones, hasta el extremo, por el que hemos sido redimidos. El ministerio, en la comprensión católica, no es una mera función, un trabajo, una dedicación parcial o por un tiempo. Es “oficio de amor”, dice san Agustín. Y, como todo amor verdadero, es para siempre y abarca la totalidad de la persona que lo vive. Quizás en los tiempos que vivimos, de compromisos frágiles, de vínculos inestables y de opciones precarias, esta nota del ministerio eclesial sea de las más interpelantes y cuestionadoras. Por la gracia de Dios, ministros para siempre; ministros en toda circunstancia; no de a ratos o cuando queda cómodo.

Por fin, el ministerio que hoy reciben nuestros hermanos tiene la nota propia de toda realidad sacramental: “ya–todavía no”. Por la imposición de mis manos y la oración consacratoria serán constituidos sacramentalmente diáconos; sin embargo comienza hoy para ellos un camino de progresiva asimilación de esta identidad que durará por toda la vida. A partir de hoy, con la gracia del sacramento tendrán que hacerse existencialmente diáconos, ministros, servidores. Se trata de ir apropiando día a día la identidad recibida: hombres célibes, en el caso de quienes se orientan al ministerio presbiteral, abrazando con creciente entusiasmo este don y esta llamada a un amor generoso y creciente a Dios y a su pueblo; hombres casados, en el caso de los diáconos permanentes, llamados a vivir la doble sacramentalidad que los invita a ser esposos y padres ejemplares como primer servicio a la Iglesia y al mundo.

La Iglesia de Mendoza, que quiere ser cada día más servidora -y así fiel reflejo de su Señor- recibe con gratitud y compromiso el ministerio de estos hermanos. Y ustedes, mis queridos hermanos, acojan con corazón agradecido este don que hoy reciben y dispónganse a responder con creciente fidelidad a esta nueva llamada del Señor. Cuentan con nuestro cariño, nuestra oración y nuestra compañía. La Virgen del Rosario los cuida y el ejemplo y la intercesión de los santos Esteban, Lorenzo, Efrén, Francisco y tantos diáconos santos los anime y fortalezca.

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Algunas fotos de la celebración
Foto: Cristian “Kiki” García

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