Fiesta Diocesana 2007

 

Homilía de Mons. José María Arancibia. Solemnidad de la Virgen del Rosario, patrona de Mendoza

1. Contemplemos la imagen de María, que abre sus brazos hacia el pueblo

Siempre me admira el cariño y piadoso respeto, con que el pueblo de Mendoza recibe la imagen de la Virgen del Rosario, su patrona. Contemplemos y meditemos:
MARÍA está abriendo sus brazos y sus manos hacia el pueblo, y le muestra a su hijo Jesús, que es la Vida misma,
porque como buena madre conoce las necesidades y miserias de sus hijos.

Como pueblo de Dios, contemplamos la imagen de la Virgen Madre, tierna, hermosa, serena, y recogida en Dios,
ansiosos de conocer por Ella al Hijo, que es la Vida misma, para tener en Él vida abundante, en el duro camino cotidiano.

Junto a una Madre tan sensible y cariñosa, consuela preguntarnos ¿qué vida llevamos? Seguramente Ella se interesa por nosotros.
¿Estamos contentos y felices, o tristes y angustiados?
¿Nos sentimos sanos de cuerpo y alma, o enfermos y dolidos por dentro?
¿Nos sentimos respetados y amados, o por el contrario ignorados o rechazados?
¿Nuestra convivencia es de amistad, justicia y paz, o de desencuentros y rencores?
¿Creemos y esperamos en el Dios de la Vida, que se acerca para ofrecerla?

Cuando los discípulos dudaban por dónde caminar, Jesús les dijo “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Al escucharlo y andar con Él, llegaron a reconocerlo, como “el Mesías, el hijo del Dios vivo” (Mt 16,16). En el momento en que algunos dudaban, Pedro contesto por todos: “Señor ¿a quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Así aceptaba de corazón el anuncio del mismo Jesús: “Las palabras que les dije son Espíritu y Vida” (Jn 6,3). Y viendo llorar a la hermana de Lázaro, su amigo muerto, le reveló: “Yo soy la resurrección y la vida ... todo el que vive y cree en mi no morirá jamás” (Jn 11,25-26).

2. María nos enseña a vivir de Jesús, Palabra y Evangelio de Dios

MARÍA “conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Ella, nos educa en la escucha de la Palabra, para ser discípulos-misioneros del Señor. “Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios ... sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, ... íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella puede llegar a ser madre de la Palabra encarnada” (DCE 41).

Miremos de vuelta la imagen de María, que lleva en su mano el ROSARIO. Nos invita a rezar, recorriendo los misterios por los que Jesús ofrece su vida para reparar la nuestra y enriquecerla. Así “el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la madre del Redentor” (RVM 1). El Papa Benedicto nos dijo en Aparecida, después de rezar el Rosario con obispos y peregrinos: “Permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, les envía desde lo alto”.

3. Mendoza, tierra mariana, quiere ser “casa y escuela de María”

Agradezcamos a Dios la vida que nos regala. Seamos agradecidos con quienes cuidan la vida de niños, jóvenes y ancianos. Nuestro pueblo sabe gozar de la vida y hacer fiesta. Ama la música, la danza, la poesía, el arte y el deporte, aún en medio de muchos problemas. La dignidad humana, a su vez, padece hoy muchos agravios: cuando no se respeta la vida desde la concepción hasta la muerte natural; por tantas formas de agresividad y violencia; por la desnutrición y el cuidado insuficiente de la salud; a causa de la falta de justicia y de equidad, en tantos órdenes de la vida; por la contaminación del medio ambiente.

La presencia materna de María nos exhorta a hacer lo que Jesús nos diga, para que Él pueda derramar su Vida en nuestra tierra (cf DA 364). Ella nos alienta a construir un pueblo de hijos y hermanos, guiados y alimentados por la Palabra. La Iglesia, como pueblo de Dios, quiere ser la casa de María, y por tanto la casa de los pobres, a quienes Ella llenó de esperanza con su canto.

“Con los ojos puestos en sus hijos y en sus necesidades, como en Caná de Galilea, María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además, cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada comunidad cristiana, “se sientan como en su casa” (NMI 50). Ella crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado. En nuestras comunidades, su fuerte presencia ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión materna de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierte en “casa y escuela de la comunión” y en espacio espiritual que prepara para la misión.” (DA 272)

¡María, Virgen del Rosario!: bajo tu mirada maternal, y reconociendo en tu hijo al Salvador del mundo, te rogamos confiadamente que intercedas por estas necesidades nuestras:

• Que la vida humana sea agradecida y respetada por todos, en cualquier tiempo y circunstancia

• Que la fe cristiana ayude a reconocer la dignidad de la vida

• Que la familia pueda acoger la vida, y educar siempre en amor verdadero

• Que las leyes y los gobiernos respeten la vida, la defiendan y procuren el bienestar de todos en justicia y equidad social

• Que todos tengan trabajo digno y bien pagado; y que lo realicen con responsabilidad

• Que los ciudadanos y gobernantes quieran a su tierra y a su Nación; se jueguen por ella, con un compromiso honesto y de real servicio

• Que los cristianos sean auténticos discípulos misioneros de Jesucristo, abiertos a la vida que proviene de Él, testigos ante el mundo del amor de Dios que sana las heridas, consuela los corazones, y ofrece su amistad como vida eterna y plena de felicidad.