¡Descálzate!

 

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La iglesia a la que estás ingresando podrá parecerse, un poco más o un poco menos, al resto de las construcciones de la cuadra. De algún modo, este edificio, como Jesús en Nazaret, pasa por uno de tantos.
Pero nuestra Fe nos avisa que no. Y nos previene, una vez más, de la terrible ceguera en la que podemos incurrir si no aprendemos a ver las certezas invisibles más allá de la apariencias. Como nos ocurre con la Eucaristía que parece pan cuando en verdad no lo es.
Por eso, los constructores de iglesias inventaron los “atrios”. Son una suerte de transición, de presurización, que nos obliga a detenernos y a caer en la cuenta de dónde estoy, a qué lugar voy a entrar. Porque no se trata de un cambio de baldosa sino de un cambio de dimensión.

La iglesia a la que estás por ingresar no es un espacio de este mundo. No pertenece a este universo. Es una parcela –un lote municipal– literalmente expropiado por el Creador. No es simplemente un espacio dedicado a asuntos religiosos. No señor. Acá hay un Misterio mucho más grande, abismal, vertiginoso. Una iglesia consagrada es un agujero en el cosmos; un fragmento creatural que, casi como con un sacabocados, Dios lo extrae, lo quita y se lo queda para Sí, lo hace Suyo. Suyo no sólo como propietario sino como parte de Sí Mismo. Un espacio sagrado no es sólo “de Dios” como pertenencia sino como consistencia. Es una realidad divina. Está ahí, lindando con la parrilla o el dormitorio del vecino, pero es absolutamente discontinuo con esa realidad extensa del continuo barrial.

Un templo, este templo es el Cielo en la Tierra.
Es la Eternidad incrustada en el Tiempo.
Es lo divino acampando entre nosotros.

Como Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es Persona Divina con un cuerpo de carne y hueso como el nuestro. Así esta iglesia –que es su Cuerpo– está hecha de ladrillos y de hierros de este mundo, pero no es de este mundo.
Una analogía posible es el caso de las embajadas de los países: no son una mera “representación” de un país en otro. Traspasado el umbral de la vereda, uno ingresa a la embajada de la Argentina en cualquier rincón del planeta, y está en la Argentina. No “simbólicamente” sino con todo el realismo legal y emocional que implica.
Del mismo modo, al traspasar este umbral, usted ya no estará ni aquí ni ahora: estará en el Cielo. Estará entre ángeles y santos, ante la Madre de Dios y la Santísima Trinidad misma. Esta es la Casa de Dios Quien nos recibe en Su propia casa a nosotros, su Pueblo. No es la Casa del Pueblo de Dios que recibe a Dios, sino al revés. Cuando leo el Evangelio en mi cuarto, recibo a Dios en mi casa. Pero cuando vengo a la iglesia, Dios me recibe a mí en Su Casa. Somos los invitados de Dios, él es nuestro anfitrión que nos recibe y nos acoge. Dicho de otra forma: a veces, se juega de local, y otras, de visitante… aquí, definitivamente, jugamos de visitante.

Por eso todo es diferente aquí: ni el espacio se organiza como en el resto del planeta, ni el tiempo siquiera corre con normalidad. Es el peculiar Mundo de Dios. Aquí nadie ha de hablar, más que con el Dueño de Casa. Es un ámbito de profundo silencio y recogimiento. Ni siquiera es apto para asuntos “relacionados” con Dios: no señor. Es exclusivo y excluyente del trato con el Señor y sus vivos Misterios. No es una extensión del salón parroquial. Es una extensión del eterno Diálogo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Por eso, no ingresamos a él linealmente, sin siquiera cambiar el paso. Otras religiones directamente se descalzan y dejan todos los zapatos en el atrio. Como Moisés ante la Zarza ardiente que recibió esta escueta y filosa consigna: ¡Descálzate! ¡El lugar que estás pisando es Sagrado!
Nuestro modo cristiano de concretar este gesto consiste en hacer una exhaustiva, calma y profunda genuflexión (tocando una rodilla o ambas en tierra) y haciéndonos una nítida y ceremoniosa señal de la Cruz. ¡Estamos en el Cielo! Con vértigo y estupor, sin permitirnos el acostumbramiento, una vez más debemos caer en la cuenta (sí, caer) en las honduras de tan desproporcionado Misterio.

Por último, parte de esta conciencia de dónde estamos, hemos de poder expresarla (a nosotros mismos, a Dios mismo y a los otros) con la forma de vestirnos. La vestimenta es un lenguaje. Tenemos que poder conjugar el verbo “adorar” en este idioma.
Entrar bien vestidos no es una cuestión de castidad y pudor, de paso avisamos que eso rige para todo momento y todo lugar, para grandes y jóvenes, para varones y mujeres. Tampoco se trata de vestirnos anticuadamente, se puede ser moderno, vistiendo con armonía y belleza, como, sin duda, lo hacían María y Jesús que nada tenían de “anticuados” o “ridículos” en su tiempo. Su vestimenta era acorde a la moda de su tiempo pero, además era imagen de su belleza interior.
Aquí hay algo más: se trata de estar acorde con el lugar; se trata de estar “a la altura de los acontecimientos”. Nunca más oportuna la expresión coloquial: se trata de ser “ubicado”. La ropa dice dónde estoy. A nadie se le ocurre ir a la pileta con traje, ni participar de un cumpleaños en pijamas. Ciertamente alguien que va a un velorio disfrazado de payaso no es una mala persona pero decimos que “se desubicó”. Por lo tanto, tengo que pensar si la ropa que tengo puesta dice que estoy en Misa o en otro lado. Otra forma de plantearlo es ¿para qué más utilizo la ropa que llevo puesta? ¿Me sirve también para ir a ver un partido de fútbol o para ir al supermercado?
En esto los más humildes de entre nuestros hermanos, como en otras tantas cosas, suelen darnos el ejemplo: les resulta casi impensable ir a Misa vestidos de entrecasa o con la misma ropa de trabajo que usan en la semana. Son expertos en el lenguaje indumentario. Por el contrario –lamentable y paradojalmente– sectores más instruidos de la sociedad a veces pueden llegar a ser casi analfabetos en este idioma…

Si nos resulta muy relativo o subjetivo o arbitrario definir qué vestimenta es “acorde” y cuál no, valga una regla de tres bastante simple: un casamiento, una fiesta de quince, una colación de grado, una asunción de autoridades, visitar a un Papa o a un monarca, ¿es más o es menos que visitar a Dios? Y si Aquí hay Alguien que es más… ¿cómo he de expresar ese “más”, esa plusvalía?
Entrar a la iglesia con ojotas, bermudas, malla o con shorts, en camiseta o con remeritas de playa no es que esté moralmente “mal”. No es un onceavo mandamiento. De suyo no es pecado sino que, siguiendo con la analogía del lenguaje, digamos: es una falta de ortografía. Es una mala gramática para expresarle al Señor que nada ni nadie vale para mí lo que significa Él en mi vida. Y que por eso lo quiero honrar y adorar no sólo en espíritu y verdad, no sólo con mi conducta y con mis plegarias sino con el esmerado y amoroso gesto de estar bien vestido.
Ningún matrimonio se construye con el regalo de una rosa. Pero ningún matrimonio subsiste sin esas rosas…
Para quien objetara: “A Dios le importa mucho más que la mera vestimenta”, valga una antiquísima respuesta: ¡Exacto! A Dios le importa más; no menos.
Y a la segunda y bien conocida objeción que es la del tórrido calor que sufrimos los mendocinos en verano, se pueden dar tres respuestas: la primera es que muchas veces estamos dispuestos a sufrir incomodidades con la indumentaria como usar tacos o tener que usar el saco en días de calor y lo hacemos con fines meramente estéticos y aquí hay alguien que es mucho más; la segunda es que hoy fácilmente se puede acceder a vestimentas frescas y acordes al templo sin mayor perjuicio; y en tercer lugar pero es lo más importante: es que si no estamos dispuestos a sufrir un poco de calor por el Señor poco estaremos a sufrir por el Señor en otras instancias. Bien vale aquello de “quien es fiel en lo poco será fiel en lo mucho”.

Lo más supone lo menos. Empecemos por lo menos. O, por lo menos, empecemos por ir a Misa bien vestidos.
Cayendo en la cuenta de estar entrando al Cielo: al Cielo en la Tierra.

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