Mensaje “Bicentenario de la Independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos” - CEA

 

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El mensaje “Bicentenario de la Independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos” se enmarca en el contexto de la celebración de los 200 años del proceso independentista de nuestro país que se inició con los acontecimientos de mayo de 1810. Por eso la Conferencia Episcopal decidió oportunamente no circunscribir la conmemoración a un momento particular sino prolongarla al sexenio 2010-2016 como un tiempo de oración y reflexión.

Con esta mirada, en noviembre de 2008 la Asamblea Plenaria dio a conocer el mensaje “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad”, compartiendo los aportes, anhelos y preocupaciones de los obispos, como hombres de fe y pastores de la Iglesia, sabiendo que «la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana».

También los obispos decidieron que el Congreso Eucarístico Nacional, que debía realizarse en 2014, se celebrara en Tucumán en el año 2016. Así, la convocatoria en torno a Jesús Eucaristía, fuente y culmen de nuestra vida de fe, se convertirá en la expresión de la celebración de la Iglesia del Bicentenario de la Independencia.

En las Asambleas Plenarias la Conferencia Episcopal se propuso también dar un mensaje con ocasión de esta fecha para que nos ayude a pensar el país que anhelamos a partir de nuestra historia, nuestro presente y las enseñanzas del Evangelio y la Iglesia.

Oportunamente se encargó a una comisión de obispos la redacción de un texto base que fue tratado y discutido en las últimas Asambleas Plenarias y reuniones de Comisión Permanente. Finalmente fue aprobado por el plenario de obispos el 16 de abril pasado durante la Asamblea realizada en la Casa de Retiro de Pilar. En ese momento se vio la conveniencia de que el texto fuera difundido en torno a la fiesta de la Virgen de Luján, patrona de la Argentina.

“Bicentenario de la Independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos” quiere disponer el espíritu ante un acontecimiento de significativa trascendencia. Como se dice en la introducción “estas páginas que ofrecemos son pensamientos que anhelamos compartir para estimular el diálogo desde un hecho histórico que nos dio origen como Nación y que, a su vez, nos interpela a pensar juntos qué país queremos ser” (1).

No es un análisis sociológico ni teológico de la realidad. Se trata de una reflexión pastoral para dar gracias por el legado que nos dejaron nuestros mayores, interpretar nuestro presente a la luz de nuestra fe y decir una palabra esperanzadora, siempre iluminada por el Evangelio. Recrear el espíritu de la Asamblea de Tucumán de 2016 que “inspiró a los legisladores la virtud de abrir el futuro para una Argentina fraterna y solidaria, pacificada y reconciliada, condiciones capaces de crear una Nación para todos” (2).

Hay una imagen que recorre todo el documento que es la de la Casa Histórica de Tucumán como metáfora de la casa común que es nuestro país, nuestra Patria. “La tierra donde nacimos es símbolo de los brazos de Dios que nos han acogido en este mundo, y el pueblo del que formamos parte es una trama que nos contiene, nos otorga una identidad y un sentido de pertenencia” (78).

El texto del mensaje está compuesto por una introducción y cinco capítulos: “Una justa y esperada reparación de la memoria” (capítulo 1); “Organizar la casa común” (capítulo 2), “Algunos males de la casa común” (capítulo 3), “Independencia y educación” (capítulo 4) y “Casas de encuentro” (capítulo 5). Como se indicó, el recorrido de todo el texto se hace a partir de la imagen de una casa que, como la Casa Histórica de Tucumán, alberga los deseos del pueblo con una mirada hacia el futuro.

El primer capítulo es una reseña histórica sobre el “momento fundacional que estamos celebrando”. Se propone “volver la mirada sobre aquella primera generación de argentinos, que interpretando un creciente sentimiento de libertad de los pueblos a quienes representaban, asumieron la grave responsabilidad de encauzar los ideales americanistas”. Se recuerdan los debates por la forma de gobierno para el país, la presencia de numerosos clérigos como partícipes del Congreso y cómo la casa de Tucumán acogió a todos los sectores e intereses, incluso aquellos que no estuvieron directamente representados como los indígenas.

El capítulo dos presenta siete temas vinculados a la realidad política, económica y social del país. Recoge el magisterio de la Iglesia local y universal sobre el sentido social de la democracia, la política, la noción de pueblo, integración de todos los sectores, generación de trabajo, federalismo, economías regionales, bien común y familia.

El capítulo tercero refleja algunos males afectan a los valores sociales y a la vida íntegra de cada argentino y que son un atentado contra la casa común. El principal de nuestros males es el desencuentro que no nos deja reconocernos como hermanos, a lo que le sigue la corrupción generalizada, la plaga del narcotráfico y el descuido del medio ambiente. Estos son algunos ejemplos que muestran que la gran familia de los argentinos está en riesgo y que la casa que compartimos puede resquebrajarse. El mensaje hace aquí un análisis particular de estos tres males: corrupción, narcotráfico y descuido de la casa común.

El capítulo cuarto se centraliza en la educación. “La casa común que formamos todos los argentinos, simbolizada en la casa histórica de Tucumán, no se cuida y se construye sólo preservando el bienestar material de los ciudadanos, sino desarrollando un proceso educativo que, además de ofrecer información y capacitación, forme a los argentinos en valores, los haga capaces de reconocer sus fragilidades y desarrolle en cada uno las virtudes cívicas que conforman una red de compromisos estables.” En cinco puntos, se presentan algunas dimensiones y propuestas sobre educación proponiendo como acentos fundamentales: una educación humanista, una educación para forjar una cultura del trabajo y una educación para las virtudes cívicas propias del ciudadano, cualquiera sea su posición en la sociedad.

En el último capítulo se vuelve a expresar el sentido del documento, destacando las figuras de María Antonia de la Paz y Figueroa (Mama Antula) y el Beato José Gabriel del Rosario Brochero, que serán proclamados por la Iglesia, beata y santo respectivamente. Se pone de manifiesto su tarea pastoral estrechamente unida a lo social. La metáfora de la casa común también lleva a pensar en los grandes Santuarios Marianos de todo el territorio nacional, lugares privilegiados del encuentro entre los hijos y la Virgen Madre. Bajo el manto y cuidado de Nuestra Señora de Luján, que recibe a todos los que la visitan sin hacer distinciones, “confiamos el destino de nuestra Nación”.

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